imageMuchos dirían, malo el sitio para encontrar un nuevo cristiano, y mala la profesión. Un lugar así, como de pecadores oficiales, y además un tipo que es recaudador de impuestos, es decir, obsesionado con el dinero, porque todo el que se dedica al dinero más pronto o más tarde se queda con sus patitas de mosca prendido en la miel. Dice Natalia Ginzburg que a los hijos no habría ni que hablarles de dinero, porque el dinero es sólo una intermediación, importan los bienes que se consiguen con él. Esas familias que reducen la enseñanza de la austeridad al dinero no manejan bien los cuidados de la educación. Los hijos deberían saber lo valioso de las cosas, no lo que cuestan, el disfrute de los bienes, no la acumulación ni su amontonamiento caprichoso.

Pues Leví, Mateo, era recaudador de impuestos, una personalidad impresentable, enemigo entre los suyos, daban ganas de escupirle más que de darle conversación. Y el Señor, en vez de reprocharle sus intereses personales por encima del bien de la comunidad, le nombra apóstol, testigo de la resurrección, confidente de su Vida, abanderado de su Persona, y todas esas cosas que entienden los que llegan a penetrar hasta el fondo del alma de otro.

No terminamos de creer eso de que “las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos”. El Señor no tiene reparos en hacerse amigos donde quiere, porque todos “lo valen” y todos le valen. Los cristianos bien sabemos lo que nos repele eso de ser considerados una casta con intereses comunes, con idénticos gustos musicales, como si lleváramos en común el entretenimiento, la ropa y el trabajo. Pues más bien no. Los apóstoles eran tan diferentes entre sí como un cristiano de Camberra y otro de Écija. Sólo llevaban en común su entusiasmo personal por Aquél que les deslumbró, que desde el primer momento su amistad se hizo prioritaria. Por eso Mateo le siguió inmediatamente, nadie le había mirado así, ni había dicho su nombre con tanta familiaridad.

El teólogo Dietrich Bonhoeffer usaba la imagen del cantus firmus, ese contrapunto musical de la polifonía clásica (una especie de línea musical latente) para explicar cómo el encuentro con Dios permite al creyente contemplar el mundo, los hombres y las tareas a desarrollar con una actitud contemplativa en cualquier cosa que realiza, cualquier cosa.