Clotilde, reina (470-545)

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Santos: Carlos Lwanga y sus compañeros mártires de Uganda; Cecilio, David, Lifardo, Alberto, Atanasio, confesores; Pergentino, Laurentino, Luciniano y los niños Claudio, Hipacio, Pablo y Dionisio, mártires; Hilario, Adalberto, obispos; Isaac, monje; Paula, Olivia, vírgenes; Clotilde, reina; Juan Grande, Patrono de la Diócesis de Jerez (España); Juan XXIII, papa (beato).

Vivió en medio de la barbarie más acentuada, rodeada de odios y asesinatos sin fin; pero el espíritu evangélico pudo abrirse camino en Clotilde a pesar de las frecuentes luchas, incendios, saqueos, sangre y despojos.

El rey de los borgoñones es Gondealdo, un ser feroz. Para poder reinar tranquilo mató a sus hermanos uno a uno. En su castillo inexpugnable de Ginebra, entre picas, espadas, criados, soldados, corazas y escudos vive su sobrina Clotilde, hija de Chilperico, rey de los burgundios, porque su padre había muerto a traición, a su madre se la llevó el agua y sus hermanos habían sido pasados por la espada en aras de los intereses reales. Además, todos son arrianos menos ella; sufre con dolor e impotencia conviviendo con los asesinos de su familia; hay en Clotilde una mezcla de odio y de resignación. No es extraño que pase las frecuentes fiestas del palacio rezando, lavando los pies a los pobres o llevándoles unos mendrugos.

Un día resultó que uno de aquellos mendigos era un mensajero que portaba un recado del rey Clovis desde el reino franco. Enterado de su bondad y belleza, quiere tomarla el rey por esposa; las gestiones hechas ante la corte de Gondealdo no habían dado resultado y hubo de recurrirse a la gestión directa y particular; como señal, le entrega un anillo real.

Clotilde ve el cielo abierto; ha llegado la hora de la venganza. Está también en ella toda esa naturaleza salvaje con las pasiones desatadas y libres que dejan al descubierto el instinto inexorable que se da entre los bárbaros. El encuentro se produjo en Villery, cerca de Troyes, antes de que pudieran ser alcanzados por las huestes de Gondealdo, capitaneadas por Aredio, uno de los principales, que desde hacía tiempo la pretendía.

Ha llegado a un mundo nuevo; la corte tiene un estilo mas fino y hasta las casas son diferentes; no vive el rey en un castillo, pero no le falta esbeltez y hermosura a su casa, que a su vez está rodeada por otras donde viven los magnates, servidores de palacio, criados, artesanos y menestrales. En el 493 se casaron, profundamente enamorados y Clotilde se impone por su sencillez, dulzura y bondad ganándose el cariño de los francos.

Pero la reina está triste por la abominación; allí solo se habla de Odín, Thor, Imer, Friga y de toda la corte de los peleones dioses paganos y hay una plaga de magos y agoreros con sus continuos conjuros. Solo de vez en cuando escucha la doctrina de Cristo por la presencia de Remigio, un obispo de Reims que le hace llegar el rey en deferencia; le escucha sin cansancio y le pide oraciones para que su marido, noble y bueno, reciba la fe.

Ha pasado a ser la celosa catequista de su casa con su marido, los nobles, magnates y domésticos. Pero aquello parece inútil a todos, principalmente al rey. ¿Un Dios en la cruz? ¿Humillado, abandonado y sin defensa? ¿Sin tropas? ¿Sin ejército? Más le parecía a Clodoveo un cobarde que un guerrero. Y peor se puso la situación al morírsele el hijo primogénito que había permitido se bautizara. Clodoveo le echó la culpa al Dios de su esposa, diciendo que, si se hubiera puesto bajo la custodia de Odín, viviría.

Hasta que los francos y alemanes se enfrentaron en Tolbiac (a. 498). Mal le iban las cosas a las desorganizadas tropas de Clodoveo que las veía derrotadas y huidas en desbandada, presagiando un desastre guerrero. Acude al Dios de Clotilde de quien decían que no abandona a los suyos, con la promesa de hacerse cristiano si recibía ayuda del cielo. La suerte cambió hasta llegar a la derrota de los alemanes con su rey muerto y los leales pidiendo clemencia en su rendición. No podía esperar más Clodoveo, a pesar de perder en la batalla a su hijo mayor, que dejaba huérfanos a dos niños que habían de ser los herederos.

Recibió el bautismo en compañía de un buen número de nobles, los bautizó Remigio, el obispo amigo de la familia; y con el paso del tiempo, se convirtieron más. Cuando murió Clodoveo en el 509, el reino franco era cristiano.

Clotilde quema sus días entre París y su monasterio de Tours, cuidando de sus dos nietos, hijos del mayor, muerto en la pelea. Pero tuvo que ver aún más desgracias y tragedias; sus otros dos hijos, Childeberto y Clotario, se habían repartido el reino de Clodoveo y también quisieron verse libres de rivales, liberándose del estorbo de los nietos. ¿Sabes qué hicieron? Les sacaron los ojos para que no pudieran reinar siendo ciegos.

Los restos de Clotilde se enterraron en la iglesia de santa Genoveva en París.

Entre escalofriante crueldad, envidias, odios, ansias de poder y más cosas, una mujer –en palabras de Gregorio de Tours, «asidua en las limosnas, infatigable en las vigilias, perfecta en la castidad»– fue el instrumento para que Dios se luciera. La ruda fe de Clotilde, su paciencia y dulzura con mezcla extraña de antiguos residuos bárbaros sirvieron de instrumento.