Antonio de Padua, confesor y doctor de la Iglesia (c. a. 1195-1231)

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Santos: Antonio de Padua, presbítero y doctor de la Iglesia; Ana, Juan Antípatro, Arnobio, Pedro, Asquirón, Argénides, Belfijo, confesores; Felícula, Aquilina, vírgenes; Fandila, Aventino, Primo, Feliciano, Concorde, Fortunato, Luciano, mártires; Trifilio, Prisco, Ceteo, Peregrino, obispos; Jacobo, Gerardo, monjes.

Es el popularísimo santo que se ha sabido granjear la simpatía del pueblo cristiano; no solo las mozas casaderas le miran con ojos suplicantes, también quienes han perdido objetos cuyo uso se precisa elevan preces para que él los haga encontradizos, y su intercesión llega a extenderse ya a cualquier necesidad. Es que su polifacética y rica vida da para eso y mucho más; si te interesa puedes seguir leyendo. La biografía más antigua es Assidua. Los datos que se dan sobre su nacimiento e infancia son de lo más impreciso. Por conjeturas, llega uno solo a la aproximación que deja unos márgenes entre el 1188 al 1195. Nació en Lisboa, cerca de la catedral, y lo bautizaron al octavo día, con el nombre de Hernando. Dice el relator que el primogénito siempre estuvo adornado de una bondad natural y que mostraba inclinación a una piedad acentuada, llamando la atención el cariño a la Virgen María; Surio se desvive en poner de relieve su compasión por los pobres. Todo lo aprendió en la escuela de la catedral, porque no había muchas posibilidades más en aquel tiempo. ¡Ah, otra cosa digna de resaltar! Tuvo unas tentaciones terribles, muy por encima de lo corriente; pero se sabe que –con la gracia de Dios– puso los medios que estaban a su alcance para rechazarlas y no ceder.

Ingresó en el convento de San Vicente de Fora, donde estuvo dos años. Luego, cuando tenía diecisiete, pasó a Coimbra; allí trabajó duramente, rezó a gusto y estudió mucha teología; sobre todo, mostró preferencia por la Sagrada Escritura; pero en el relato de su vida se da a entender que en el monasterio no había buen ambiente, con una vida monacal repleta de intrigas y defecciones que rompían el modo clásico de un convento ideal. Los tiempos no estaban para muchas bromas, porque tanto el prior, como el convento, la diócesis y el mismo reino estaban en entredicho. Le dieron el encargo de hospedero; este encargo le valió que pudiera tener contactos con los franciscanos del eremitorio de San Antonio de Olivares, de Coimbra; incluso estuvo presente, y recibió los cuerpos –considerados como reliquias– de los primeros mártires franciscanos de Marruecos, cuya visión le removió por dentro y le llevó a desear morir así por Jesucristo; como los frailes menores venían con frecuencia a pedir limosna al monasterio, les fue abriendo poco a poco el corazón hasta llegar a exponerles su deseo de cambio con tal de que lo destinaran a tierras de infieles.

La razón de que Hernando se llame Antonio viene por su entrada en el eremitorio que lo había de mandar en 1220 a Marruecos ya como franciscano. No hubo demasiada suerte; todo el invierno tuvo que pasarlo en cama muy enfermo y, cuando lo repatriaban para que recuperara fuerzas, una tempestad lo lleva a Sicilia; allí lo recibieron en el convento de Mesina que, por aquellos días, se preparaba para asistir al capítulo convocado por el fundador. Se vio a Antonio en Asís el 20 de mayo de 1221; se puso a disposición y lo mandaron al eremitorio de Monte Paolo, en busca de una ansiadísima soledad; todo el día lo pasaba en la cueva con el alimento de solo un trozo de pan y un vaso de agua; para regresar por la noche al eremitorio, era tal su debilidad que necesitaba la ayuda de otro fraile en quien pudiera apoyarse.

Le mandaron predicar un sermón ante franciscanos y dominicos en el 1221, sustituyendo fortuitamente a un predicador en Forli; el impacto que causaron sus palabras fue de tamaño real. Inmediatamente el superior se dio cuenta de que estaba desperdiciando una lumbrera en aquellos tiempos de tanta herejía y tan necesitados de doctrina. Por eso lo mandó a predicar por la Romaña, infectada de herejes cátaros; en Rímini, como los herejes no escuchaban la predicación de la sana doctrina, tuvo que recurrir al milagro; se puso a predicar a los peces, y todos los que quisieron pudieron verlos sacando las agallas del agua y escuchar con quietud y orden la predicación de aquel frailecillo franciscano.

Francisco de Asís, el fundador, lo nombró profesor de teología para sus frailes santos, pero incultos; con ello, se presenta a Antonio como el primer profesor de la orden franciscana, que hasta entonces, para servir al Señor, solo había pretendido atender al corazón, dejando de lado la cabeza.

Pero hay otra faceta más en el amplísimo abanico de líneas en la vida de Antonio. El papa tocó a rebato por el acoso de la herejía albigense en Francia; quiso convocar a todos los capaces por santidad y ciencia para que contribuyeran a extirpar aquella especie de cáncer. Por eso fue Antonio a Montpelier, a Toulouse, Le Puy, Bouges y Limoges; dicen que armonizó siempre la clara doctrina con la bondad de la persuasión.

Elegido ministro general de los franciscanos en el capítulo de Asís reunido por fray Elías el 30 de mayo de 1227. Después tuvo que pisar Galicia y Sevilla, residiendo en Lisboa.

También se puso a escribir por mandato del cardenal de Ostia que le encomendó poner en papel sermones para todas las fiestas, los santos y los domingos del año; para eso se encerró en el convento de Arcella, en Padua. Le dio tiempo, además, para comentar el Salterio y redactar otros opúsculos.

Hacía bien eso de predicar; además era su hobby. Quiso predicar los cuarenta días de la cuaresma, encontrándose hidrópico. Aquello fue un espectáculo con la gente amontonándose después de los sermones, queriendo cortar un pedazo de su pobre hábito; hubo que tomar medidas por razones de seguridad física y de orden público, haciendo que saliera escoltado al finalizar cada intervención.

Su última casa estuvo en Camposampiero, gozando de la frondosidad de los árboles, del piar de los pájaros y de la brisa fresca; fue la oportunidad de dar rienda suelta a su exquisito amor a la naturaleza –criatura de Dios– tan propio del buen sentir franciscano.

Recibió los sacramentos al empeorar su enfermedad. Tuvo un éxtasis y cantó a la Virgen. Así se murió el 13 de junio de 1231.

La aclamación popular de su santidad no hubo tiempo, ni fuerza, ni ganas de pararla. Y no digamos nada sobre los milagros probados junto a su sepulcro. Tanto que el papa Gregorio IX lo canonizó antes de que pasara un año desde su muerte.

Pío XII lo nombró doctor de la Iglesia el 16 de enero de 1946.

Con razón se le invoca tanto, ¿no? A un santo que resucita muertos, cura enfermedades, goza de bilocación, habla a los peces, convierte herejes, aligera a los ricos a favor de los pobres, busca novios, habla con sencillez al Niño Jesús –una imagen de san Antonio que no lleve al Niño no es de san Antonio– y ayuda a encontrar las cosas perdidas, bien vale la pena acudir a él y cobijarse bajo su influencia. ¿Que no te lo crees? ¡Inténtalo!