Domingo de la 13ª semana de Tiempo Ordinario. – 26/06/2016

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Comentario Pastoral

DOS VOCACIONES

Es clásica la relación entre “las vocaciones” o llamadas de la primera lectura y del Evangelio de este domingo. Se describe, en primer lugar, la llamada de Eliseo. El manto es el símbolo del carisma profético que se transmite como una investidura. El arado, símbolo del trabajo de Eliseo, se convierte en el signo del nuevo trabajo de¡ apóstol, ya que “ninguno que ha puesto su mano en el arado y después se vuelve atrás es digno del reino de Dios”. Ésta es la principal diferencia entre la perícopa de Elíseo y la perícopa evangélica.

La vocación al Reino, que pide Jesús, es exigente y radical. Es necesario no apoyarse en medios humanos y naturales. Es necesario que haya prontitud de respuesta y abandono del pasado. Es necesario mirar al futuro, hacia la Jerusalén de la entrega total. “Si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”.

San Pablo dice que nuestra vocación es la libertad, por eso la libertad es el gran don de la redención, ya que hemos sido librados de la esclavitud del pecado. Es la libertad que supera el egoísmo y nos centra en el amor.

La vocación cristiana es cortar con un pasado cómodo o con costumbres aceptadas. La vocación cristiana es renuncia y distanciamiento de los bienes materiales, de los afectos poco convenientes y de las decisiones superficiales. La vocación cristiana es contraria a la nostalgia.

La vocación cristiana nos lleva siempre al terreno del amor auténtico y de la fe comprometida. Nos abre a los demás liberándonos de estar encerrados en nosotros mismos. La vocación cristiana nos mueve a caminar por la senda del Espíritu liberándonos de los deseos de la carne.

La vocación cristiana nos hace encontrar al Señor como lote y heredad perfecta, como bien supremo, que nos sacia de gozo en su presencia y de alegría perpetua.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Reyes 19, 16b. 19-21 Sal 15, 1-2a y 5. 7-8. 9-10. 11
san Pablo a los Gálatas 5, 1. 13-18 san Lucas 9, 51-62

de la Palabra a la Vida

Después de llevar a cabo su ministerio mayoritariamente en la región de Galilea, Jesús toma la decisión de bajar a la región de Judea, de capital Jerusalén, donde consumará su sacrificio, donde el profeta concluirá su misión de anunciar el evangelio del Reino de Dios entregando su vida. Ni siquiera la oposición que encuentra en el territorio de Samaria será un obstáculo para que pueda llevar a cabo su misión. Hay una determinación imparable en quien sabe que es su momento, que es la hora del Padre, que un proyecto cumple la voluntad de Dios y ha de ser llevado a cabo superando cualquier adversidad.

Así, lo primero de lo que nos hablan las lecturas de hoy es de una gran determinación. El evangelio no puede seguirse, ni creerse, ni vivirse, de forma tibia. Si no hay convencimiento, no se podrá realizar y la vida no reflejará el poder de Dios. Nada puede retrasar su fuerza, y si el hombre no acoge plenamente el poder de la Pascua de Cristo, este no brillará como verdaderamente es.

De ahí la exigencia de Cristo: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el reino de los cielos”. Y es al escuchar esta sentencia cuando viene a nuestra mente el episodio de Elías con Eliseo: “Ve y vuelve, ¿quién te lo impide?”. Con Eliseo, en los tiempos del Antiguo Testamento, la salvación se va haciendo “a fuego lento”. Hay tiempo hasta para ir y despedirse. Pero la urgencia ha llegado con Cristo. Antes no se había manifestado plenamente el poder de Dios, pero ahora ya sí, ahora no hay lugar para retrasos. El seguimiento de Cristo es una tarea que requiere decisión.

En la vida cristiana, multitud de elementos pueden diferir un anuncio que es urgente, y eso no puede ser. La conversión no es aplazable. ¿Qué obstáculos, qué “peros”, qué esperas le proponemos nosotros a Dios en nuestra vida cristiana? En aquel que sigue al Señor, sólo cabe repetir, una y otra vez, lo que decía el salmo: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa. Mi suerte está en tu mano”. Confiar en el Señor, en aquel al que se sigue, dejar que sea el Señor el que vaya marcando sacrificios y tiempos, significa favorecer el plan salvador.

La segunda lectura en el Tiempo Ordinario no va en relación con las otras, es una enseñanza aparte de la que traen la primera y el evangelio, y sin embargo las palabras de Pablo hoy dan continuidad al mensaje evangélico: “andad según el Espíritu”. Esa elección coopera con el deseo de Cristo. En ese dejarse llevar por la guía del Espíritu Santo, el hombre participa acertadamente de la misión que Cristo ha decidido llevar a cabo en Jerusalén, para la cual uno tiene, como advertía el domingo pasado, que negarse a sí mismo, a la voluntad que nace del cuerpo, y dejar que el Espíritu Santo ilumine a la persona entera.

¿De qué manera aprende el cristiano a seguir al Señor guiado por el Espíritu Santo? En la oración, claro, y especialmente en la oración litúrgica. En ella, el Espíritu modela a nuestro espíritu, le dice qué responder, qué decir, cómo moverse, qué rezar, qué escuchar… y esto, de violentarnos o de sernos ajeno, nos educa a lo que tiene que ser toda nuestra vida, liturgia de alabanza según la voluntad de Dios, que es la que sigue Cristo en su decisión de ir a Jerusalén. Hoy es día para aprender, por tanto, la fortaleza de una decisión, el convencimiento de que, ni el obstáculo del rechazo a Cristo o el pecado, podrán parar el deseo de Dios.

Diego Figueroa

 




al ritmo de las celebraciones


San Pedro y San Pablo, apóstoles. Solemnidad

Desde antiguo, san Pedro y san Pablo han sido celebrados juntos en la vida de la Iglesia. Sobre su guía y su martirio, ambos en la ciudad de Roma, la Iglesia fundamenta aquella fe reconocida por Pedro: “Tú eres el Mesías”, anunciada por Pablo a los pueblos paganos.

Tanto en la misa de víspera como en la del día, con diferentes formularios para las lecturas, se resalta, en la primera lectura, el testimonio de san Pedro (Hch 3; Hch 10) y en la segunda, la llamada y anuncio hasta el fin de su vida de san Pablo (Gal 1; 2Tim 4). Los evangelios hacen referencia ambos a san Pedro y a dos momentos cruciales de su vida: en la víspera, la llamada de Jesús a pastorear a su Iglesia tras la triple negación y la triple confesión de fe, en el día, su proclamación en Cesarea como “Piedra” sobre la que se fundamentará la Iglesia.

Es por esto que, en este día, la Iglesia ora por el sucesor de Pedro y se encomienda a su magisterio y al de los sucesores de los apóstoles. Se trata de un magisterio sellado con la sangre de Pedro y Pablo. En este día las oraciones de la misa piden para la Iglesia la fidelidad a la enseñanza recibida de estos apóstoles y el valor para vivir según lo confesado.

 


Diego Figueroa

 

Para la Semana

Lunes 27:
Am 2,6-10.13-16. Revuelcan en el polvo al desvalido.

Sal 49. Atención, los que olvidáis a Dios.

Mt 8,18-22. Sígueme.
Martes 28:

Am 3,1-8;4,11-12. Habla el Señor, ¿quién no profetiza?

Sal 5. Señor, guíame con tu justicia.

Mt 8,23-27. Se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma.

Por la tarde: san Pedro y san Pablo, apóstoles. Solemnidad.

Hch 3,1-10. Te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar.

Sal 18. A toda la tierra alcanza su pregón.

Gal 1,11-20. Dios me escogió desde el seno de mi madre.

Jn 21,15-19. Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas.

Miércoles 29:
San Pedro y san Pablo, apóstoles. Solemnidad.

Hch 12,1-11. Era verdad: el Señor me ha librado de la mano de Herodes.

Sal 33. El Señor me libró de todas mis ansias.

2Tim 4,6-8.17-18. Ahora me aguarda la corona merecida.

Mt 16,13-19. Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos.
Jueves 30:
Am 7,10-17. Ve y profetiza a mi pueblo.

Sal 18. Los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Mt 9,1-8. La gente alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.

Viernes 1:
Am 8,4-6.9-12. Enviaré hambre, no de pan, sino de escuchar la palabra del Señor.

Sal 118. No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Mt 9,9-13. No tienen necesidad de médico los sanos; misericordia quiero y no sacrificios.
Sábado 2:
Am 9,11-15. Haré volver los cautivos de Israel y los plantaré en su campo.

Sal 84. Dios anuncia la paz a su pueblo.

Mt 9,14-17. ¿Es que pueden guardar luto, mientras el novio esté con ellos?

 

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