Paulino de Nola, confesor (c. a. 353-431)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

Santos: Paulino de Nola, Adán, Nicetas, Juan, Liberto, obispos; Juan Fisher, cardenal; Tomás Moro, Canciller y mártir; Pompiano, Galación, Heraclio, Saturnino, Albano, Flavio, Clemente, mártires; Inocencio V, papa; Consorcia, virgen; Lamberto, abad; Arón, eremita; Domiciano, monje.

Uno de los primeros santos no mártires venerados y conocidos en la Cristiandad. Parece ser que, por más que quiso ocultarse y pasar desapercibido, tanto más se le conoció y se aireó su curiosa y poco frecuente personalidad.

Poncio Meropio Paulino nació en Burdeos hacia el año 353, de padres que pertenecían a la nobleza romana y recibió una educación esmerada como correspondía a su condición. La familia de Paulino era pagana.

En el año 378, cuando ya era cónsul con solo veinticinco años, se casó con Terasia o Teresa, que de los dos modos se llamaba a su hermosa esposa hispana; ella sí es cristiana.

Su tacto hábil en las cuestiones administrativas le ayudó a resolver con acierto determinados conflictos políticos hasta el punto de hacerse conocido por el emperador Valentiniano y ser nombrado prefecto de Roma. Quince años se pasó recorriendo Italia, la Galia y la Hispania. En estos desplazamientos y contactos tuvo la ocasión de tratar con eminentes figuras de la Iglesia como fueron, entre otros, Agustín y Ambrosio. Dicen sus biógrafos que uno y otro quedaron prendados de la formación, desenvolvimiento, amplia visión de las cuestiones generales sobre el mundo y la historia, de su honradez y educación.

Su encuentro con la fe cristiana fue como era de esperar a través de la convivencia con Terasia, su esposa, de quien estaba profundamente enamorado. La oración persistente de ella iba a ser escuchada por el buen Dios que le puso por delante al obispo Delfín –venerado por los franceses como santo– para que sus frecuentes encuentros terminaran en bautismo cristiano.

Luego se avivó el deseo de intimar más con Dios y de profundizar en la vida de oración. Fue en Barcelona donde comenzó a hurgarle la idea de vivir pobremente, vendiendo sus bienes y posesiones, dándolos a los pobres, y renunciando a sus cargos y honores. Así fue como comenzó de común acuerdo el matrimonio a buscar la soledad. Era el 390. La muerte de un hijo a los ocho días de nacer acabó por decidirle a romper las últimas amarras que le ataban a este mundo.

El obispo de Barcelona lo ordenó sacerdote en el 393. Se retiraron a la única posesión –la de Nola– que retuvieron, junto al sepulcro de san Félix, que tanto le había impresionado tiempo atrás, para vivir allí en soledad, oración y penitencia el resto de sus días.

Su nombre corre de boca en boca entre la clase alta en Roma, donde era suficientemente conocido por su anterior cargo en la Prefectura; los murmullos son de asombro y extrañeza; en Milán, Ambrosio lo propone como modelo ante su clero y fieles; pero el papa y del clero romano lo miran con recelo por el hecho de haberse ordenado saltándose a la torera lo que prescribían los cánones, aunque admiten la excusa de que la falta de desobediencia, si la hubo en alguien, fue en el obispo que lo ordenó. Todos estos comentarios acentuaron más la determinación de refugiarse en Nola y esconderse para siempre de las miradas de los hombres.

Junto al sepulcro de san Félix hicieron unas pequeñas celdas para vivir en soledad, oración y penitencia. Pero cuando parecía que se iban a cumplir sus deseos, sucedió que se les unió gente deseosa de llevar vida solitaria, porque Terasia y él vivían separados de común acuerdo, con continencia voluntaria, si bien ella se ocupaba de las tareas de la casa.

Poco a poco se fueron añadiendo más celdas –todas orientadas al altar mayor de la iglesia– y levantaron una esbelta basílica en honor del santo. La parte baja servía para refugio de caminantes o pobres y albergue de peregrinos. Los que habían elegido aquel tipo de vida solitaria se levantaban para cantar de noche maitines, ayunaban con frecuencia, y cultivaban el huerto para subsistir.

Entre rezo y canto, Paulino cultivó su afición poética, destacando los poemas natalicios, en honor de san Félix de Nola, y otros que enviaba a sus amigos Martín, Jerónimo, Ambrosio, Sulpicio Severo, Ausonio, el emperador Teodosio y el papa Anastasio. Él y Aurelio Prudencio están considerados como los últimos poetas latinos.

Su forma de vida levantó comentarios para todos los gustos: mientras los paganos lo juzgaban extravagante, los políticos juzgaron demencia su apartamiento que privaba de sus cualidades a la sociedad; los pobres clamaban por la pérdida de oportunidades en favores y servicios; los ricos se quejaban y calificaban la situación como absurda y anormal quizá porque en Paulino retirado veían señalado su apego a las riquezas.

Entre creyentes eminentes se aplaudía su retiro con un coro de alabanzas: el popular obispo Martín de Tours ensalzará su actitud heroica al posponer las grandezas humanas y el poder a la soledad y a la pobreza; Ambrosio de Milán lo pondrá por modélico ejemplo de grandeza de alma cristiana; Agustín le envió a sus mejores discípulos para que aprendieran la verdadera virtud cristiana; finalmente, el nuevo papa Anastasio (398-401), apenas elegido, enviará una carta a los obispos de Campaña en la que se pierde en elogios a Paulino.

También Jerónimo, el impulsor del monacato en Occidente, será uno de los principales admiradores y panegiristas. Parece que en toda esta aureola solo se escuchó una voz discordante: la del propio Paulino, por el bajo concepto que tenía de sí. Es cierto que rechazó con obstinación y fuerza que se le hiciera el retrato pedido por Septimio Severo.

Los de Nola lo eligieron obispo y siendo obispo se murió, después de que, en el año 410, Alarico con sus visigodos se apoderara de Roma y a continuación de Nola, y Paulino quisiera quedarse como rehén de los vándalos en África, en el lugar del hijo de una viuda pobre. Murió, ya devuelto en su tierra, en el 431.

Yo soy el primer descolocado por la hagiografía que acabo de escribir. Probablemente mi esquema sobre el sacramento del matrimonio –la consideración de su altura y profundidad dentro de la fe y de la Iglesia como llamada a la santidad de la mayor parte de los cristianos–, y también el otro esquema que tengo sobre la posibilidad y obligación de que cada uno se haga santo en el lugar y estado en que Dios le ha puesto, me despiste algo más.

Pero el caso es así: Paulino, pagano, cristiano, casado, sacerdote y obispo está en los altares. Debe ser muy buen intercesor, aunque su vida pueda ser imitada por pocos.