Edith Stein, carmelita mártir y Patrona de Europa (1891-1942)

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Santos: Amor, Viator, Antonino, Falcón, Firmo, Rústico, Román, Martín, Nicolás, Secundiano, Marceliano, Veriano, Julián, Marciano, mártires; Benigno, Clemente, David, confesores; Maurilio, Domiciano, Veremundo, obispos; Riagán, presbítero; Oswaldo, rey; Cándida María, fundadora de las Hijas de Jesús, beata; Teresa Benedicta a Croce (Edith Stein), religiosa y mártir y Patrona de Europa.

«El 12 de Octubre de 1891 nací yo, Edith Stein, hija del fallecido comerciante Siegfried Stein y de su mujer Auguste Courant, en Breslau. Soy ciudadana prusiana y judía». Así comenzaba su «curriculum vitae». Pertenece a una familia alemana normal que es trabajadora y practicante de la religión judía; tienen seis hijos más.

En el ámbito familiar se observan con escrupulosidad las normas del Talmud. El padre murió pronto; frecuenta la sinagoga, pero su madre notó que solo iba por complacerla. Efectivamente, Edith se confiesa atea a sus veintiún años y abandona la religión por mucho tiempo como consecuencia de una decisión consciente y libre. No obstante siempre mantuvo respeto y admiración hacia el judaísmo.

Se dedica en su juventud al estudio de la filosofía como camino que consideraba apto para el descubrimiento de la verdad, cuya búsqueda le apasiona; en Breslau se enreda con el subjetivismo de Kant y sus seguidores. La lectura de Investigaciones lógicas, obra de Edmund Husserl, supuso para ella un nuevo descubrimiento de la realidad, una recuperación de los principios y el abandono del kantismo imperante. Ha hecho suya la verdad de que, además del yo, existen los demás y muchas cosas más. Busca en la baja Sajonia, en Gotinga, al profesor Husserl, se hace su discípula predilecta y con él trabaja su tesis doctoral llegando a obtener la calificación máxima. También le ayuda en su nuevo camino de pensamiento Adolf Reinach que, aparte de ser un colaborador y discípulo de Husserl, es un cristiano convencido.

Al estallar la primera guerra mundial del 1914, siente la necesidad de ser útil a su país; si sus amigos han marchado al frente, ella se alista como enfermera en el hospital de Märisch-Weisschirchen en Austria. A la vuelta, comienza a trabajar en Friburgo con Husserl como Profesora Asistente de Cátedra; pero, a decir verdad, tampoco el pensamiento fenomenológico saciaba su sed de la verdad en respuestas a las cuestiones últimas acerca del sentido de la vida. El proceso su promete largo y dificultoso; pero va a tener influencia decisiva el contacto con católicos cabales.

Cuando recibe el encargo de custodiar la herencia filosófica de Reinach, que ha muerto en Flandes, el contacto con su viuda le va descubriendo que en el mundo del dolor tienen sitio la fortaleza y la fe; la altura espiritual de esta mujer, su talante ante la adversidad y la esperanza cristiana que vio en ella le impresionaron vivamente. Edith misma escribirá más tarde: «Aquel fue mi primer encuentro con la cruz y con la fuerza divina que esta infunde a quienes la llevan».

También debieron de aportar datos propedéuticos para la fe las conferencias sobre temas religiosos que escuchó a Max Scheler.

Pero lo que definitivamente hizo de puente entre la gracia de Dios y su inteligencia ansiosa de verdad fue la amistad con un matrimonio amigo en cuya casa lee la Vida de Santa Teresa de Jesús. Tenía entonces treinta años. Ella misma dirá: «Comencé a leer, me sentí cautivada inmediatamente y lo acabé de un tirón. Cuando cerré el libro me dije: ¡Esta es la verdad!». La filósofa Stein ha descubierto en los fenómenos del alma de la santa de Ávila la huella de Dios, la Verdad tan buscada. Dios la cautivó y ya no se separó de Él.

No dio largas al asunto. A la mañana siguiente se compró un catecismo católico y un misal, y se puso a estudiarlos detenidamente. Después fue a la iglesia y asistió a la Santa Misa. Al terminar, Edith se dirigió al sacerdote y le pidió que la bautizara. Fijaron la fecha para el 1 de enero de 1922. Pasó con elegancia y firmeza el costoso aprieto de comunicar a la familia su decisión; recibió el bautismo, la confirmación y la primera comunión, habiendo elegido por nombre el de Teresa. Era la fiesta de la circuncisión del judío Jesús.

Continúa desempeñando su labor docente, pero con luces nuevas. Estudia a Santo Tomás, explica conferencias sobre temas religiosos que le piden desde muchos lugares, tiene contactos con Heidegger y no deja de visitar a su antiguo maestro Husserl, que siguió con respeto sus pasos.

Al llegar la persecución nazi, pierde su puesto de trabajo. Ella continúa con amor a su pueblo, hasta el punto de llegar a escribir al papa Pío XI pidiéndole auxilio para los hebreos.

Le ofrecen cátedra en una universidad de Nicaragua, pero contra todo pronóstico toma la decisión de entrar en clausura, asunto que llevaba madurando una docena de años. Tiene ella cuarenta y dos cuando entra en las Carmelitas de Colonia, y comienza a llamarse Teresa Benedicta a Croce: Bendecida por la cruz. También su hermana Rosa entra en el convento. En su completa entrega, descubre y asimila la doctrina de san Juan de la Cruz, dándole tiempo a escribir el bello tratado La ciencia de la cruz.

Ante la persecución nazi, las dos hermanas son trasladadas al convento holandés de Echt; pero los nazis entran en Holanda en 1940. El 2 de agosto de 1942 las apresan dos oficiales de la Gestapo y, el día 9 de agosto, Edith y Rosa mueren en la cámara de gas. La Cruz Roja holandesa publicó una escueta nota: «Edith Stein, nacida en Breslau, fue asesinada el 9 de agosto de 1942 en Auschwitz, con gas».

El papa Juan Pablo II la elevó a los altares, en Colonia, el 1 de mayo de 1997.

En la inauguración de las sesiones del Sínodo de obispos del 1999, cuando se prepara la Iglesia para el comienzo del tercer milenio, el Sumo Pontífice la declaró Patrona de Europa, junto a Catalina de Siena y Brígida de Suecia, queriendo colocar tres figuras femeninas junto a los patronos Benito, Cirilo y Metodio para subrayar el papel que las mujeres han tenido y tienen en la historia eclesial y civil del Continente.