Domingo de la 31ª semana de Tiempo Ordinario – 30/10/2016

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Comentario Pastoral

CONVERSIÓN Y PERDÓN

Dios crea, ama y perdona. Bajo esta óptica hay que meditar el Evangelio de la conversión de Zaqueo, el odiado recaudador de impuestos romanos.

La salvación de Zaqueo por Jesús comienza con el deseo, casi infantil, desafiando respetos humanos, de subirse en un árbol para ver mejor al Señor que pasa. Esta salvación continúa con la sorpresa de la invitación de Jesús, que quiere alojarse en su casa; y culmina con la respuesta de conversión generosa y decidida del rico jefe de publicanos: ‘La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le retribuiré cuatro veces más”.

La conversión radical de Zaqueo se manifiesta sobre todo en la solidaridad efectiva con los pobres y con las víctimas de la injusticia. Por eso la conversión es al mismo tiempo una reorientación hacia Dios y un acto social y comunitario. Cuando se experimenta el perdón de Dios no hay más remedio que encaminarse por una ruta de alegría y de donación.

Como dice el libro de la Sabiduría, Dios se compadece de todos, cierra los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan, ama a todos los seres y a todos perdona porque son suyos, corrige poco a poco a los que caen y a los que pecan les recuerda su pecado para que se conviertan y crean.

Es importante subrayar que el perdón y la salvación de Dios ya estaba presente y actuante en aquel primer movimiento de búsqueda del Señor por parte de Zaqueo. “No me buscaríais a mí si no me hubieseis ya encontrado”, dice Dios. El Dios amigo de la vida y del perdón infunde a todo lo creado un soplo incorruptible de vida. Se trata de seguir ese soplo del Espíritu cuando y dondequiera que nos invada. No hay situación humana en que no pueda sorprendernos la invitación de Dios

El cristiano es el que experimenta todos los días el perdón de los pecados; por eso se debe reconquistar con intensidad el valor del sacramento de la reconciliación y celebrarlo con amor y con pasión.

La conversión continua no es un acto ritual sino vital, comporta una nueva opción por Dios y por el prójimo, un nuevo nacimiento para ser nueva criatura. De esta manera florece la ética cristiana, el empeño por Injusticia y por la construcción de un nuevo orden de relaciones. Así se construye la nueva comunidad humana. La conversión no sólo nos abre a los demás, sino también a Dios.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Sabiduría 11, 22-12, 2 Sal 144, 1-2. 8-9. 10-11. 13cd-14
san Pablo a los Tesalonicenses 1, 11-2,2 san Lucas 19, 1 – 10

de la Palabra a la Vida

Otro publicano. Por segundo domingo consecutivo, el evangelio nos pone ante otro publicano amable del que aprender. El domingo pasado era aquel que subía con humildad al templo a orar. Este domingo es Zaqueo. En un relato sensible y lleno de elementos adorables, un personaje odioso por su tarea, pues era jefe de publicanos, pasa a convertirse en un discípulo generoso de Cristo. A él también se puede aplicar la advertencia del domingo anterior: “El que se humilla será enaltecido”. El camino del que sube al árbol no es un camino de vanidad, sino de humilde acercarse al Señor. Y su corazón arrepentido dará lugar a su reconocimiento.

No podemos leerlo sin recordar la vocación de Mateo (Cf. Lc 5), aquel cobrador de impuestos que el Señor llama de su puesto de trabajo para que se convierta y le acompañe como discípulo, ante el asombro y el escándalo de todos. La conclusión de aquel relato, “no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”, casa muy bien con la de este, “hoy ha llegado la salvación a esta casa, también este es hijo de Abrahám”.

El encuentro de Jesús con Zaqueo supone para el publicano un deseo que, desde lo profundo de su corazón, donde anidaba, ahora puede ser expresado y cumplido, ser llevado a cabo. Y es esa declaración de Zaqueo en la que nos fijamos: Zaqueo no le pide a Jesús que tenga compasión de él, no pide perdón con el corazón contrito por sus pecados, no reclama misericordia. Tampoco Jesús advierte sobre la fe del publicano, ni sobre su arrepentimiento, ni sobre su condición de discípulo. No proclama una palabra de perdón, sino de justificación: “la salvación ha llegado a esta casa”. Jesús proclama, declara lo que ha sucedido.

Eso sí: Zaqueo no se escabulle ante Jesús, de tal manera que el pecador, sin presumir, pero con decisión, advierte de su justicia hacia los pobres, de su reparación por el mal cometido. Jesús cumple así la profecía de Ez 34,11s., donde el profeta advertía de la tarea del Señor de buscar a las ovejas perdidas para reconducirlas.

Es por esta actitud ante Zaqueo que Jesús merece el calificativo “amigo de la vida” que escuchamos en la primera lectura. El que perdona es amigo de la vida: el que perdona permite que el otro saque lo mejor de sí, y que de su mejora se beneficien los que han padecido cualquier tipo de daño o de mal.

Por eso, a la clemencia del Señor se responde con la acción de gracias del pecador. Esta actitud, descrita en el salmo responsorial, pone al hombre rehabilitado en el camino del seguimiento de Cristo. Hace de aquel que se doble por el pecado una persona honesta, recta, deseosa, como Zaqueo, de responder al Señor con una vida generosa entre los suyos. La generosidad del hombre como consecuencia de la generosidad de Dios provoca un movimiento social, permite a otros experimentar la bondad y fidelidad de Dios.

Zaqueo entra en casa como quien entra en la Iglesia, y allí no se siente señalado por otros, no es despreciado o separado por sus faltas y pecados, sino que, por el contrario, se sabe entre testigos de la misericordia y del poder rehabilitador de Dios. ¿Sé verme yo así en la Iglesia? ¿Acepto a los hermanos como a quienes el Señor ha acogido y visitado con cariño? ¿Me alineo con los que miran con recelo o con los que se alegran del encuentro con Cristo? Así, en la Iglesia, ya no se trata de “otro publicano”, sino de “un hijo de Abraham”, un creyente que ha acogido el amor de Dios.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


1 de noviembre: Todos los santos. Solemnidad.

Desde muy antiguo la Iglesia de Oriente honraba a todos los santos con una celebración en un solo día. La Iglesia bizantina, de forma pedagógica, cerraba el ciclo de Pascua el domingo siguiente a Pentecostés con esta solemnidad pues, ¿qué sucede si no a quienes han recibido el don del Espíritu Santo? Que son santificados.

La muchedumbre inmensa que Juan relata en su visión del Apocalipsis (primera lectura) son aquellos que han recibido el Espíritu Santificador y se han dejado hacer en la vida por Él. Hasta tal punto ha sido así, que han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero, han adquirido una comunión, ya en vida, profunda con Jesucristo. El Espíritu Santo nos ha convertido en Hijos de Dios (segunda lectura) para que podamos entrar, no individualmente, no al margen de los otros, sino como grupo, en la presencia del Señor (salmo responsorial).

El impacto de la imagen de esa multitud es una invitación a querer formar parte de la misma, a querer venir a la presencia del Señor. Sin duda, que la liturgia de este día está marcada por el evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5): los santos, los que entrar en la presencia de Dios, son felices. No han vivido según los criterios del mundo, sino que lo han hecho según la enseñanza de Cristo, lo cual les ha acarreado no pocas penurias en esta vida, pero les ha abierto de par en par las puertas del Reino de los Cielos.

Contemplemos en este día a “los mejores hijos de la Iglesia” (prefacio de la misa), a los que se acercan a nosotros en cada misa trayéndonos la Jerusalén celeste, para que se acreciente en nosotros el deseo de vivir así, conformados a Cristo por la acción de su Espíritu.


Diego Figueroa

 

Para la Semana

Lunes 31:

Flp 2,1-4. Dadme esta gran alegría, manteneos unánimes.

Sal 130. Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor.

Lc 14,12-14. No invites a tus amigos, sino a pobres y lisiados.
Martes 1:

Todos los santos. Solemnidad.

Ap 7,2-4.9-14. Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua.

Sal 23. Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

1Jn 3,1-3. Veremos a Dios tal cual es.

Mt 5,1-12a. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
Miércoles 2:

Todos los difuntos. Conmemoración

Job 19,1.23-27a Yo sé que está vivo mi Redentor

Sal 24, 2-3. 4-5ab. 6-7bc. 8-9 A ti, Señor, levanto mi alma

Flp3,20-21 Transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso

Mc 15,33-39; Jesús, dando un fuerte grito, expiró
Jueves 3:

Flp 3,3-8a. Eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo.

Sal 104. Que se alegren los que buscan al Señor.

Lc 15,1-10. Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta.
Viernes 4:
San Carlos Borromeo, obispo. Memoria.

Flp 3,17-4,1. Aguardamos un Salvador; él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso.

Sal 121. Llenos de alegría vamos a la casa del Señor.

Lc 16,1-8. Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.
Sábado 5:

Flp 4,10-19. Todo lo puedo en aquel que me conforta.

Sal 111. Dichoso quien teme al Señor.

Lc 16,9-15. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras?


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