Las lecturas de hoy tienen un fondo común claro: el tema de la voluntad de Dios para con nosotros.

Sobre la voluntad de Dios se ha dicho mucho, pero, lo cierto, es que, más allá de lo que aparezca en la Escritura y en la teología de los santos, poco podemos decir. Pero hoy sí podemos hablar de algo de esto, pues san Pablo está revelándonos cuál es el núcleo más profundo de la voluntad de Dios: que seamos santos e irreprochables ante él por el amor. Ni más, ni menos. Este es el primer gran criterio de discernimiento para hallar la voluntad de Dios: ¿me ayuda a la santidad de veras o no?, ¿construyo sobre roca o no?

Una segunda cosa que podemos decir es que Jesús llama, que tiene la voluntad de llamarnos para una misión que, naturalmente, hay que descubrir. Y, ojo, es Jesús el que llama, no otra gente. Nadie se ha tomado un café con el Espíritu Santo en el que Éste le diga a la vocación de un tercero. No. Y, cuidado, que eso puede ser violar una conciencia. ¿Hay que proponer? Sí. Pero nada de erigirnos en portadores de la voluntad de Dios para con los demás. La frase final de la primera lectura es clara. Amos dice: «No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo de Israel». Por tanto, es el Señor quien llama. De cómo habla Dios no procede disertar ahora.

La tercera cosa que podemos destacar es la voluntad explícita del Señor de que nos fiemos de Él. Esto no es algo opcional, es una exigencia de Jesús: que no nos preocupemos por lo mundano, que simplemente estemos preocupados por lo que nos lleve al Cielo, pues lo terrenal Él nos lo asegurará por diferentes vías, muchas de las cuales van destinadas a fortalecer nuestra fe, también. Ojalá hayáis tenido casos cercanos en que, a última hora, algo se haya solucionado, diríamos, milagrosamente. ¡Es esto! Pero muchas veces el Señor no puede hacer porque no le dejamos tomar el control.

El cuarto elemento de profundización en la voluntad de Dios son los frutos que proceden de ella. Dice Marcos que los discípulos salieron a predicar la conversión por mandato del Señor y que echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. Pero, ojo con fiarlo todo a los frutos externos, pues para que haya frutos externos ha de haberlos internos antes. El orden de los factores es importante: primero les dice que deben ir sin nada, ellos se fían del Señor y de sus advertencias y, finalmente, dan fruto. Nadie puede dar lo que no tiene. Es una máxima de suma importancia.

Recapitulando: la voluntad de Dios es que seamos santos; que vivamos esa vocación por un camino concreto; que quiere que nos fiemos de Él prometiéndonos que nos dará lo que necesitemos; y que una prueba de que la estamos cumpliendo son los frutos. A esto añadiremos una premisa: la voluntad de Dios sólo quiere lo que es bueno y santo para nosotros.

Y para ello necesitamos ser libres. Por eso se nos han dictado el Decálogo, la Iglesia nos regala preceptos, tenemos los deberes propios de nuestro estado de vida, etc. Para que podamos custodiar la libertad, que no es otra cosa que la capacidad de hacer el bien, de amar como Dios ama. Asimismo, necesitamos escuchar. Mirad, es imposible hacer la voluntad de Dios con mi propia fuerza. Sólo cuando todo el anhelo de mi corazón es obedecer su voz en lugar de la mía descubrimos que Él está ahí y me da la fuerza para llevar a cabo su voluntad.

También necesitamos conocer lo que Dios ha revelado, sobre todo en la Escritura. ¿Qué papel tiene la Escritura en nuestras vidas?, ¿Vemos la Biblia como una gran carta de amor de Dios a los hombres o como un adorno en la estantería? En la Biblia encontramos el modus operandi de Dios que podremos reconocer en nuestras vidas. Y, ¿cómo vamos de oración?

Por último, urge vivir de la fortaleza, de la paciencia, de la perseverancia. Dice la Escritura que Dios reprende y corrige a quienes ama. Y eso nos lo deberíamos tomar todos en serio. La voluntad de Dios pasa siempre porque nos vayamos puliendo y nos pone muchas veces a personas que nos quieren, pero que nos dicen las verdades del barquero. El que quiere ser santo de verdad es el que da gracias y pide perdón y acoge la ayuda. Por eso es tan importante saber leer en nuestra vida quiénes nos quieren santos y quiénes no; quiénes nos ayudan a vivir en la verdad de las cosas y quiénes nos soban el lomo. ¿Sabéis qué? Que los primeros, aunque a veces nos aticen, estarán con nosotros en las malas y en el Cielo Los otros, como a los discípulos, en las malas ni nos recibirán ni nos escucharán. Desaparecerán. Es lo que también le pasó a Jesús. ¿Qué queremos?