La Madre de Jesús está presente en Pentecostés, cuya solemnidad celebramos ayer. Los Apóstoles se encuentran reunidos en el Cenáculo cuando aquel día se hace realidad lo prometido por Jesucristo: el Padre envió el Espíritu Santo a su Iglesia. La recreación de la escena en la historia del arte sitúa a la María en el centro, señalando su relevancia y el puesto que debe ocupar en la Iglesia: en el centro de la comunidad de creyentes. No es casualidad.

Jesucristo ha venido al mundo para unir a sí mismo a todos los creyentes y llevarlos —unidos a Él— a la casa del Padre. Y de este modo, construye la Iglesia como una comunión: no sólo es la persona de Cristo, sino que el Espíritu Santo injerta en Cristo, mediante la gracia, a todos los creyentes. Por eso la Iglesia es un cuerpo constituido no por uno, sino por muchos miembros. Es el Cuerpo místico de Cristo: Jesús de Nazaret es la cabeza, pero mediante la gracia bautismal, Cristo está también en el cuerpo, en los miembros santos. De este modo aparece el “Cristo total”: es Cristo como cabeza, y los santos como los miembros, como el resto del cuerpo.

María es la Madre biológica de Jesús de Nazaret. Pero el Señor, clavado en la cruz y a punto de morir, ensancha la maternidad de María más allá de la mera concepción biológica y le añade una extensión universal, o mejor dicho, sobrenatural: convierte a su madre en madre de una multitud de hijos, representados al pie de la cruz por el discípulo amado: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Esa maternidad universal sólo es posible por la acción del Espíritu divino.

María, en el momento más dramático y doloroso de su existencia, descubre otro paso más en su vocación, en el misterio de su vida. Como fiel creyente, busca cumplir la voluntad de Dios, que se le revela en los momentos oportunos. En toda su vida, el Señor ha ido manifestándole su designio en momentos especiales: cuando Gabriel la visita en Nazaret para anunciarle que va a ser madre; cuando han de huir a Egipto y luego volver a Nazaret; cuando pierden a su hijo en el templo; cuando le llegan rumores de la “locura de su hijo”. Pero en el momento de mayor sufrimiento, el dolor inmenso de la pasión de Jesús desgarra el velo más oscuro de la muerte, y sólo entonces deja pasar una luz nueva, un horizonte nuevo. Otra vez, como ha sucedido durante toda su vida, la Providencia divina ha ido más allá, ha manifestado realidades que antes no se veían, sentidos nuevos, designios nuevos: sólo a través de la Cruz del Hijo, María ha podido encontrar su nueva vocación como Madre de la Iglesia.

Y nosotros nos consideramos afortunados de participar es este maravilloso designio divino: Jesucristo nos ha encomendado que cuidemos a su madre, y que la convirtamos también en madre nuestra. Sigue diciéndonos a cada uno: «Ahí tienes a tu madre». Nuestra relación con María hunde su raíz en la misma acción del Espíritu Santo, que nos ha unido a Cristo, Cabeza de la Iglesia, y hace que lo propio suyo sea también muy nuestro: “Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio”.

En Guadalupe, nuestra Señora, en la persona de san Juan Diego, nos abre su corazón materno a todos nosotros: “No se turbe tu corazón, no temas […] ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra?”

¡Qué suerte tengo, María, de ser tu hijo!

Juan Pablo II culminó la imaginería de la Plaza de San Pedro con el mosaico de “Maria, Mater Ecclesiae”: