El ángel había dicho a los pastores: “Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”; y ellos “fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre”. Así entramos en el nuevo año, por un lado, yendo a por todas, echándole ganas, imitando la diligencia de los pastores que se apresuraron a comprobar la señal que se les había dado; por otro lado, con confianza absoluta, imitando la fe y la disponibilidad total de María, que “conservaba y meditaba en su corazón” las cosas maravillosas que estaban sucediendo ante sus ojos.

Así queremos comenzar el año, comprendiendo el signo y adorando el misterio como María. El signo es desconcertante: Dios mismo realiza por medio de su Hijo unigénito la plena y definitiva salvación en favor de todos los hombres. Y para eso elige el camino de la suma pobreza y humildad, naciendo donde nadie habría querido nacer para morir un día donde nadie habría querido morir. Y por esta total humillación el Padre lo ensalzará y le concederá la gloria de convertirse por su resurrección en el primogénito de muchos hermanos. Es un misterio demasiado grande para nuestro entendimiento. A Dios no se le comprende, se le ama. Y hoy contemplamos a la Virgen en plena adoración del misterio, en actitud contemplativa, que contrasta con la alegría desbordante de los pastores, exultantes de gozo. Sin embargo, este pequeño contrate nos enseña algo importante, porque por María comprendemos que, a pesar de la gran manifestación de Dios, el hombre está siempre delante del misterio, realidad que debe acoger con el respetuoso silencio de la fe.

Así rezamos hoy a la Virgen: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en lo hora de nuestra muerte”. La reconocemos como Madre del Verbo de Dios, hecho carne de su carne y sangre de su sangre. Pero su maternidad va mucho más allá, además de su función como “Theotokos” (“Portadora de Dios”), está su maternidad espiritual respecto del Hijo y de la nueva humanidad que encuentra en él su comienzo. Como Eva fue la “madre de todos los hombres” en el orden natural, María es madre de todos los hombres en el orden de la gracia. Ella mientras acoge entre sus brazos a Jesús, lo muestra para darlo a todos los hombres. Comienza aquí su entrega personal pues renunció a todos sus derechos sobre su hijo y lo ofreció a Dios y a su pueblo. Esta maternidad espiritual alcanzó su culmen a los pies de la cruz; y comenzó una nueva etapa en pentecostés. María es ahora madre de Cristo y madre de la Iglesia.

Por eso le pedimos a María que interceda por nosotros: “ruega por nosotros, pecadores”. Ella nos da a “Jesús”, que significa: “Dios es salvador”. Nos entrega a aquel que trae la paz al corazón del hombre, porque nos reconcilia con el Padre, con nuestros hermanos e incluso con nosotros mismos. María, la Reina de la Paz, no solo mira con atención y conserva en el corazón las maravillas que Dios lleva a cabo cada día en la historia de su Hijo, sino que también mira con atención y conserva en el corazón las maravillas que Dios lleva a cabo cada día en nuestra historia, la de cada uno de sus hijos. Así nos enseña a reconocer en la trama de la vida diaria la intervención constante de la divina Providencia, que todo lo guía con sabiduría y amor. En este año que comienza, Santa María, Reina de la Paz, ¡ruega por nosotros!