Domingo 10-5-2020, V de Pascua (Jn 14,1-12)

“Yo soy el camino”. Conforme va alargándose la sobremesa después de la Última Cena, el discurso de despedida de Jesús va adquiriendo un tono cada vez más solemne. En aquella inolvidable velada, finalmente, una pregunta tímidamente hecha por Tomás le permite a Jesús alcanzar el clímax de su discurso: “Yo soy”. Ningún judío podía pronunciar estas palabras sin estremecerse. En hebreo, eran el nombre de Dios revelado por Él mismo a Moisés: “Yo soy el que soy; esto dirás a los hijos de Israel: Yo soy me envía a vosotros» (Ex 3,14). Cada vez que Jesús pronuncia estas palabras, está manifestando claramente su condición divina. Sí, Él es Dios, Él es “yo-soy”. Pero Cristo va más allá. Cada vez que dice “yo soy”, muestra quién es Dios. “Yo soy el camino”: Dios mismo ha venido a la tierra a recorrer el camino de los hombres. Nuestro Creador y Redentor no es alguien lejano, que quizás podemos recluir en una vitrina o en un escaparate. Dios no es una bonita teoría o una idea. Él es el misterioso caminante que va a nuestro lado, como hizo con los discípulos de Emaús. Él ya ha recorrido por entero nuestro camino: desde el nacimiento hasta la muerte, manchándose los pies con el polvo y cansándose por los senderos de Palestina. Él es el camino para los hombres porque nos guía por una senda que él ya ha transitado antes. Por eso, tú y yo conocemos nuestro camino en la vida: es Jesús. No hay atajos ni rutas alternativas. Si queremos llegar al Padre, al cielo, a nuestra felicidad plena y convertirnos en hombres de verdad, sólo hay un camino: Jesucristo.

“Y la verdad”. ¡Cuánto se ha escrito sobre estas palabras! ¡Cuánto se ha dicho y hecho en nombre de la verdad! Hoy en día, esta afirmación de Jesús esboza una sonrisa de indiferencia en la mayoría. “Eso lo dirás tú… es TU verdad, no la MÍA. Y sea como sea, no es LA verdad”. Cuántas veces hemos tenido que escuchar a algún amigo decirnos: “Nadie puede estar en posesión de la verdad absoluta”. Pero la verdad no es una cosa que yo pueda poseer, como un cofre guardado en mi caja fuerte. La verdad no es algo; es Alguien: “Yo soy la verdad”. No se coge, sino que se encuentra. O, mejor, somos encontrados por ella, por su mirada, por la fuerza de su amor. Cristo es la verdad porque Él revela la verdad al mundo: la verdad del amor infinito de Dios, la verdad de la ley del amor que mueve el Universo. Sólo en Jesús sabemos cuánto valemos y cuánto valen los demás. Esta es la verdad.

“Y la vida”. Jesús no sólo es el camino, sino también la meta. La verdad y la vida hacen referencia al término de nuestra peregrinación por este mundo. Jesús es aquel que nos lleva de la mano por las sendas de esta vida, pero también es el que nos espera con los brazos abiertos al final de nuestro viaje. Sólo Cristo nos da la verdadera vida, la vida que merece la pena ser vivida, la vida que nos colma de alegría. Por eso, los cristianos sabemos que lo decisivo para nosotros no es estar vivos o muertos, sino estar con Cristo o no: “Yo soy la vida”. Podemos abandonar este mundo, pero estamos junto a Dios y vivimos para siempre; o podemos vivir en este mundo de espaldas a Dios, siendo muertos en vida. La medida de la vida no es un número de años, sino nuestra cercanía a Cristo. El Camino, la Verdad y la Vida son una persona con un nombre y un rostro: Jesús de Nazaret.