Afrontamos hoy la última semana del tiempo Pascual, el próximo jueves (o domingo) celebraremos las Ascensión del Señor, y las lecturas que nos propone hoy la liturgia nos salen al encuentro sugerentes y desafiantes como lo hacen siempre. El final de uno de los tiempos fuertes del año trae consigo preguntas como ¿habré puesto todo mi empeño en vivirlo con intensidad? ¿qué me he perdido durante estos días? pero tal vez la pregunta más importante venga hoy de la mano de la carta de de san Pedro, que nos invita, a dar razón de nuestra esperanza. Desde mis tiempos de estudiante de teología esta pregunta de Pedro a los cristianos de su época, a los cristianos de cualquier época me ha acompañado en mi itinerario de vida cristiana, incluso en los exámenes de conciencia al llegar el fin de mi jornada. Podría responder a esta pregunta, podría dar razón de mi esperanza con palabras, pero sé que sólo en una vida entregada puedo dar respuesta verdadera, pues mi amor y mi esperanza es el Señor, aquel que llena de sentido mis días, escribirlo o decirlo es fácil, vivirlo.. no tanto.

Ciertamente la pregunta por el sentido de fe y de la vida cristiana se ha convertido hoy en algo habitual, ya no es el Apóstol el que nos interroga, sino nuestro entorno, pueden ser nuestros hijos, cuantos padres sufren porque sus hijos se alejan de la Iglesia y sienten la impotencia, incluso a veces cierta culpabilidad por que sus hijos, sus nietos no conocen a Jesús… A veces son nuestros amigos, los que nos interrogan inquisitivos sobre nuestra fe, o puede que incluso esa nueva categoría de creyentes que sólo creen en aquello que les resulta cómodo y confortable los que nos interroguen… Estamos llamado a dar una respuesta, no sólo porque ellos necesiten de nuestros labios esas palabras consoladoras, sino porque nuestra propia madurez cristiana se juega ahí, en nuestra esperanza.

Cuando era niños, una de las carmelitas de la caridad que me daba clase siempre preguntaba oralmente en clase, y yo, de verbo fácil, respondía escurridizo sin responder… y ella me reprendía cariñosamente diciéndome, que eres como el hortelano, que se cruzó en la calle con un amigo, y tras el saludo este le preguntó ?dónde vas? y el hortelano le respondió: Naranjas traigo. Sí amigos, muchas veces, cuando la sociedad, en sus diferentes formas y modos, nos pregunta inquisitiva por nuestra fe, respondemos de formas peregrinas que ni siquiera a nosotros mismos nos convencen.

Pablo y Bernabé en sus predicación se encontraron en multiplicidad de ocasiones con este problema, sin embargo hoy en el libro de los Hecho se nos indica que tras la predicación, la ciudad entera se llenó de alegría. Es un buen criterio para saber si hemos sido capaces de dar razón de nuestra esperanza. El fruto primero de la presencia del Evangelio es la alegría, pero no un disfrute tonto, o una cierta satisfacción pasajera, sino la alegría que uno siente brotar de lo más profundo de las entrañas y que cambia todo, porque es más contagiosa que el CoVid 19. Una alegría que “obsesiona” al Papa Francisco porque la mayoría de sus encíclicas y exhortaciones apostólicas hace referencia a ella. Una alegría que no supone ausencia de problemas, que no supone soluciones inmediatas, que no evade de la realidad… una alegría que llena de sentido y transforma cualquier situación.

La alegría que nace del Amor verdadero de Cristo, a quien, como nos dice el Evangelio de hoy, el mundo no conoce, y no ve, por eso pregunta constantemente a quienes nos sabemos no-huérfanos por él, porque el mundo está sediento de esa divina compañía, esta sediento de esa alegría definitiva, esta sediento de sentido. Miremos pues al futuro inmediato con ojos esperanzados en aquella promesa del Defensor que varias veces hemos oído a lo largo de la semana y que nos sale al encuentro ante los desafíos e incertidumbres de cada mañana.