El Evangelio de hoy nos introduce en uno de los temas más complicados de vivir hoy día para el común de los cristianos: el amar en plenitud, fidelidad y castidad a los hombres, cada cual desde su condición.
Somos alma, pero también somos cuerpo, y de esto vamos a hablar hoy, empezando por afirmar que el cuerpo es sacramento del alma y que, por tanto, amar con el cuerpo reflejar el amor del alma y que, por tanto, la entrega del cuerpo es la entrega del alma. No podemos disorciarnos, no somos compartimentos.
Hemos de pensar, siempre, que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, por tanto, ¡con todo un Dios como modelo! Y, en este sentido, nuestros cuerpos nos hablan de Dios y con ellos estamos llamados a reflejar ese amor puro que Dios nos tiene. Por eso es tan importante cuidarlo y respetar el cuerpo propio… y ajeno.
Los actos puros nos remiten a los actos ordenados al amor y a la voluntad del Creador, de Dios, que es quien mejor nos conoce. De ahí la imperiosa necesidad de ser dueños de nosotros mismos y poner todo nuestro empeño en lograrlo. Como dijo san Pablo VI en la encíclica Humanae vitae, “el dominio del instinto, mediante la razón y la voluntad libre, impone sin ningún género de duda una ascética”. Hemos de perder el miedo a la ascesis. ¡No es algo malo! Es, simplemente, la conciencia de que hemos de entrenar al cuerpo y crear un ambiente favorable a la castidad (el ojo es la lámpara del cuerpo) para ser lo suficientemente fuertes en la hora de la tentación. Sólo así podremos rechazarla.
Y, seamos honestos, hemos de reconocer que una mala vivencia del amor corporal acabar por esclavizar la razón y la voluntad.
Dice el Catecismo (n. 2342): “El dominio de sí es una obra que dura toda la vida. Nunca se la considerará adquirida de una vez para siempre. Supone un esfuerzo repetido en todas las edades de la vida (cf Tt 2,1-6). El esfuerzo requerido puede ser más intenso en ciertas épocas, como cuando se forma la personalidad, durante la infancia y la adolescencia”. ¡No podemos bajar la guardia jamás en este aspecto!

Ahora piensa bien, ¿qué es lo que te hace a ti más feliz en este mundo? A que lo acertamos: amar y ser amado. Es fácil, porque todas las personas llevan ese anhelo profundo en su interior. Es como un manual de instrucciones que compartimos todos. Pero claro, ¿cómo amamos?, ¿con qué amamos?, ¿con qué nos entregamos a otras personas? ¡Pues con todo lo que tenemos! Como se suele decir, nos entregamos en cuerpo y alma, como el mismo Dios en la cruz, que se entregó a sí mismo por completo, sin ahorrarse el más mínimo dolor.
Seguramente has escuchado centenares de veces una frase de Jesús: “Esto es mi cuerpo que se entrega por…”. ¿Te has parado a pensar si esta frase tiene algo que ver contigo? Pues sí tiene que ver. ¡Y mucho! En efecto, los cristianos estamos llamados a entregarnos con nuestro cuerpo también a los demás, ya sea ofreciendo unas habilidades, tiempo libre, un conocimiento, renunciando a unas comodidades o, en el caso del amor matrimonial, entregarnos en el sexo, que es lo más íntimo de nosotros en este sentido.
Vemos, por tanto, cómo sexo y amor están intrínsecamente unidos y no se pueden separar. ¿Hay alguien que se entregue sólo en cuerpo y no en alma? ¡Es imposible en el fondo, insistimos! Porque cada vez que entregas tu cuerpo a alguien hay unas consecuencias para el alma y viceversa. Somos unidad de cuerpo y alma, eso jamás lo podemos olvidar.
Piensa: cuando tu cuerpo tiene frío no dices: “mi cuerpo tiene frío”, sino “YO tengo frío”. Del mismo modo, cuando estás triste y lloras no dices: “mi alma está triste y mi cuerpo llora”, sino: “YO estoy triste y YO lloro”. ¡Es imposible disociar una parte de nuestro ser al todo!
Pidamos al Señor el don de la castidad, que es la virtud de las personas verdaderamente libres y que quieren vivir cada día con un compromiso fuerte de amor y respeto hacia los demás, según la opción personal de cada uno. La virtud de la castidad forma parte de la virtud cardinal de la templanza, que tiende a impregnar de razón las pasiones y los apetitos de la sensibilidad humana.
Acabamos: ¿Qué significa la castidad? Es una consecuencia (un fruto) de la presencia del Espíritu Santo en nosotros que nos lleva a vivir la sexualidad orientada hacia el amor. Para ello, nos hace fuertes para que nuestro cuerpo no nos domine sino que nosotros seamos capaces de dominarlo y tenerlo a nuestro servicio. Es la virtud que nos libera de la esclavitud en la que nuestra sexualidad, a veces, nos inserta. Es liberación de amor y aquella por la cual podemos decir: ¡trae a cuenta casarse!, ¡trae a cuenta vivir el celibato!, ¡trae a cuenta vivir la virginidad!