Leo despacio a Leila Guerriero, una escritora argentina que escribe muy bien, el periodismo no le ha estropeado su cadencia de buena prosista. Escribe con frases muy breves que están llenas de caudal. No todo el mundo puede hacer lo mismo, decir mucho en poco territorio. El japonés Basho pronunciaba también frases como saetas que permanecen en el aire un tiempo hasta que cruzan el alma, “qué admirable el que no piensa “la vida huye” cuando ve un relámpago”. Hermosa frase, todo un homenaje a los que saben vivir en el tiempo sin advertir el desgaste del paso de las horas.

A estas alturas ya sabemos que todo lo que dice el Señor es para guardárselo, pero el Señor es el Señor y queda aparte, tiene la “habilidad divina” de decir absolutamente todo lo que necesita el ser humano en tres palabras, y además dejando absortos a quienes le escuchaban. “Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”, decía. Oyes una frase así y es inevitable permanecer petrificado unos minutos y concluir, “o sea que contigo puedo ir ligero aunque me pesen mis tormentos habituales… pues a ese yugo me apunto”.

En el Evangelio de hoy pasa lo mismo con otra de sus frases, “cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?”. Es una pregunta que irremediablemente produce una pequeña fisura en el alma sensible. El que saca pecho como Pedro antes de la Pasión, le promete al Señor el oro y el moro, “claro que sí, cuenta conmigo, yo tendré fe toda mi vida, aunque todos te dejen yo seguiré con una fe indestructible y bla bla bla…” Se nos dan bien las promesas realizadas en una tarde de encendida pasión. Por eso el Señor paró los pies a Pedro, “antes de que el gallo cante…”, porque sabía de su pobre naturaleza, tan agitada por la fragilidad. La parábola de esa viuda pesadísima que molesta día y noche al juez, es la traducción en imágenes de cómo el cristiano tiene que hablar con Dios: obstinadamente, firmísimamente, como la vela prendida en una habitación sellada, sin ruido de viento. Rezar, como dice un amigo mío, es ponerse en todas las opciones de la vida “al lado de Jesucristo”, no a merced de la espontaneidad.

Hace años conocí a una persona muy religiosa pero desesperanzada, y no hay nada más amargo que la desesperanza, el camino más ligero para perder la fe. Ya digo, era un hombre religioso, pero vivía su fe con pesar. Cumplía fervorosamente, pero no hallaba descanso en nada. No esperaba nada de su mujer, a quien no sabía perdonar asuntos del pasado, y cada día era para él la confirmación de que nada merece la pena en esta vida. Se arrastraba. Miraba al Señor con desconfianza, llevaba a cuestas su fe como quien tira de un asno obtuso. Hay muchos que no consiguen que le fe les haga volar porque han sido demasiado dañados por la vida, y parece que no les queda más que irse a morir. Les falta el coraje de la humildad para que el Señor produzca su regeneración.

Una persona con fe vive en las palabras del Señor, en ellas se recuesta día y noche. Se alimenta de la eucaristía con una pasión adolescente. No tiene miedo del coronavirus sino de la desesperanza. Pone sus temores en el altar y se los confía sottovoce a nuestra Madre. No hace grandes juramentos de futuro, le basta el presente como medida de la gracia de Dios.