El evangelio de hoy nos mete en un momento de fuerte tensión. Jesús no solo está haciendo signos, sino que empieza a revelar algo mucho más profundo: su relación con el Padre. Y eso desconcierta, incluso escandaliza.

«Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo».

Es una afirmación que cambia la manera de mirar la realidad: Dios no es alguien lejano o pasivo. Sigue actuando, sigue sosteniendo la vida, sigue implicado en la historia… y Jesús es la expresión viva de esa acción de Dios.

Por eso insiste tanto en algo que se repite varias veces: Él no actúa por su cuenta, sino en total comunión con el Padre. Todo lo que hace nace de esa relación. No busca su propio interés, no va por libre, no improvisa: vive escuchando y respondiendo.

Aquí hay una clave muy concreta para nuestra vida, especialmente en este tiempo de Cuaresma. Muchas veces vivimos desde la autosuficiencia: decidimos, actuamos, reaccionamos… sin preguntarnos demasiado de dónde nace lo que hacemos. Y eso, poco a poco, nos desgasta y nos desorienta.

Jesús, en cambio, vive de otra manera. Su fuerza no está en hacer mucho, sino en estar profundamente unido al Padre. De ahí brota todo.Y en medio de este discurso aparece una promesa impresionante:

«Quien escucha mi palabra y cree… ha pasado ya de la muerte a la vida».

No dice “pasará”, como algo futuro. Dice “ha pasado ya”. Es decir, la vida nueva no es solo algo que esperamos para el final, sino una realidad que empieza ahora, en quien escucha y confía.

A veces identificamos la “muerte” solo con el final biológico, pero el Evangelio habla de muchas muertes cotidianas: el vacío, la falta de sentido, el vivir sin horizonte, la desconexión interior. Y frente a eso, Jesús ofrece vida, pero no de cualquier tipo: una vida que nace de la relación con Dios.También habla de una voz que despierta:

«los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la hayan oído vivirán».

Es una imagen muy potente. La fe no es solo cumplir o saber cosas, sino escuchar una voz que nos llama por dentro y nos pone en pie. Como si, en medio de nuestras rutinas o cansancios, alguien pronunciara nuestro nombre y nos devolviera la vida.

Este evangelio nos invita a revisar algo esencial: desde dónde vivimos. Si desde nosotros mismos, con nuestras fuerzas limitadas… o desde esa relación viva con Dios que transforma todo.

Porque, en el fondo, la propuesta de Jesús no es simplemente mejorar un poco nuestra vida, sino pasar de la muerte a la vida, ya desde ahora.