El evangelio de hoy nos sitúa en un ambiente extraño: tensión, sospecha, medias verdades. Jesús está en peligro, la gente murmura, unos dudan, otros juzgan… y, en medio de todo eso, Él sigue adelante, aunque sea “a escondidas”.

Hay algo muy cuaresmal en esta escena.La Cuaresma es un tiempo en el que muchas cosas se vuelven más claras… y otras más incómodas. Como en el evangelio, aparecen las dudas, los juicios rápidos, las ideas preconcebidas: “sabemos de dónde viene”, “esto no puede ser así”.

También nosotros, sin darnos cuenta, podemos caer en esa actitud: pensar que ya conocemos a Jesús, que ya sabemos cómo actúa Dios, que no tiene nada nuevo que decirnos. Y desde ahí, cerrarnos. Pero Jesús rompe ese esquema con una afirmación muy fuerte:

“Yo no vengo por mi cuenta… el que me envía es el verdadero”.

Es como si dijera: no me podéis entender solo con vuestros criterios. Hay que ir más allá, hay que abrirse a Dios.

La Cuaresma es precisamente esa invitación: dejar de mirar solo con nuestras ideas para empezar a mirar con más profundidad. No quedarnos en lo superficial, en lo que creemos saber, sino dejarnos sorprender.

Hay otro detalle importante: intentan detener a Jesús, pero no pueden, “porque todavía no había llegado su hora”. Eso nos recuerda algo esencial: la historia no está en manos del azar ni del miedo. Jesús camina hacia la cruz, sí, pero lo hace desde una libertad profunda, sabiendo que todo tiene un sentido en el plan de Dios.

En nuestro propio camino cuaresmal, también puede haber momentos de confusión, de oscuridad o de resistencia interior. Momentos en los que parece que Dios no encaja en nuestros esquemas o en los que no entendemos bien por dónde va.

Este evangelio no da respuestas fáciles, pero sí deja una invitación clara: seguir buscando de verdad, no conformarnos con una fe superficial, atrevernos a entrar más a fondo.

Porque, en el fondo, la pregunta sigue siendo la misma ¿creemos que ya conocemos a Jesús… o estamos dispuestos a dejarnos encontrar de nuevo por Él?