Hoy celebramos el V Domingo de Cuaresma, el último antes de entrar en la Semana Santa. Y el evangelio nos coloca ante una de las escenas más intensas de todo el Evangelio: la muerte y resurrección de Lázaro.

Todo en este relato es profundamente humano. Hay enfermedad, espera, desconcierto, reproches, lágrimas. Marta y María dicen lo mismo:

«Señor, si hubieras estado aquí…».

Es la oración que también nosotros hemos hecho muchas veces. Cuando algo no sale como esperábamos, cuando llega el dolor, cuando Dios parece ausente. Este evangelio no disimula ese sentimiento. Lo acoge.

Y hay un detalle que impresiona: Jesús se echa a llorar. Dios no es indiferente al sufrimiento. No mira desde lejos. Se conmueve, se estremece, se acerca hasta el fondo del dolor humano.

Pero el relato no se queda ahí. En medio de esa situación límite, Jesús pronuncia una de las frases más fuertes del Evangelio:

«Yo soy la resurrección y la vida».

No dice solo que dará vida, sino que Él mismo es la vida. Y plantea una pregunta directa, que también hoy se nos hace a nosotros:

«¿Crees esto?»

La respuesta de Marta es sencilla y enorme: “Sí, Señor, creo”. No lo entiende todo, no ve todavía el final, pero confía.

Y entonces Jesús llega a la tumba. Todo parece definitivo: “lleva cuatro días”. Es decir, ya no hay nada que hacer. Pero justo ahí, donde humanamente no hay salida, Jesús actúa.

«Lázaro, sal afuera». Es un grito que rompe la muerte, pero también es una imagen muy fuerte de lo que Dios quiere hacer en nuestra vida. Porque no solo habla de la muerte física, sino de todas esas “tumbas” en las que a veces nos quedamos encerrados: el pecado, el desánimo, la desesperanza, la falta de sentido.

En este último tramo de la Cuaresma, el evangelio nos invita a mirar de frente esas zonas de muerte… y a escuchar la voz de Jesús que sigue llamando: sal afuera.

Hay un último detalle muy concreto:

«Desatadlo y dejadlo andar».

Jesús da la vida, pero la comunidad ayuda a desatar. Nadie sale solo del todo. También necesitamos a otros que nos acompañen, que nos ayuden a caminar.

A las puertas de la Semana Santa, este evangelio es una promesa: la última palabra no la tiene la muerte, sino la vida que nos trae Cristo. Pero para acogerla, hace falta dar ese paso de fe, incluso cuando todo parece cerrado.

Porque la pregunta sigue resonando hoy, con toda su fuerza: ¿crees que Jesús puede dar vida también ahí, en lo que tú das por perdido?