La primera lectura de hoy termina con una frase muy bonita: “aquel día se salvó una vida inocente” (cf. Dn 13,60). En esta historia vemos una vez más que el mal no triunfó. Dios actuó por medio del profeta Daniel para salvar a una persona inocente. ¿Qué podemos aprender de esto? Primero, que ser inocente no significa siempre acabar perdiendo. Al contrario, buscar hacer el bien ya es una victoria. Es una victoria profunda, porque nace del corazón y permanece. Quien no busca el bien, en realidad no ha dejado que Dios actúe en su vida.
También llama la atención lo que pasa con los malvados: el mal que querían hacer se vuelve contra ellos (cf. Dn 13,62). Esto puede parecer duro, pero nos enseña algo importante: el primero que sufre el mal es quien lo hace. Por eso, si queremos aprender a perdonar de verdad, tenemos que mirar al que nos ha hecho daño no solo como alguien que hiere, sino también como alguien que está herido, alguien que es víctima del mal. Así, incluso una ley tan dura en apariencia nos conduce a algo muy importante: a comprender, a tener compasión y a perdonar. De esta manera, el Antiguo Testamento nos prepara para el Nuevo Testamento.
En el Evangelio de hoy, Jesucristo se da a sí mismo un nombre precioso:“Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12). Jesús es la luz que ilumina nuestra vida. La luz nos ayuda a ver el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar. Nos permite reconocer los peligros y encontrar lo que necesitamos. Y todo eso es Jesús para nosotros. Pero no todos aceptan esto. Algunos lo critican y le dicen que su palabra no vale porque habla de sí mismo (cf. Jn 8,13). Jesús responde diciendo que no está solo: el Padre da testimonio de Él (cf. Evangelio de Juan 8,18). Y aquí hay algo muy hermoso: el Padre y el Hijo están unidos. Lo que hace el Padre se ve en el Hijo. Al ver a Jesús, vemos la acción de Dios. Y esto es lo más bello: en Jesús encontramos la luz verdadera, la que nos guía, nos acompaña y nos lleva a la vida.