Hoy vivimos en un mundo llenos de miedo. Hay miedo al terrorismo, a enfermedades nuevas o también denominadas “raras”, a problemas económicos, a la violencia, a las guerras… incluso a cosas inesperadas que podrían destruir la vida.

El profeta Jeremías también vivió con miedo. Su propio pueblo no lo entendía y muchas veces lo rechazó. Se sintió solo y sufrió mucho. Pero, a pesar de todo, siguió amando a Dios. Sin embargo, afirmaba: “Pero el Señor está conmigo como fuerte soldado” (Jer 20,11).

Eso es la fe: no significa que no tengamos miedo o dolor. No es como una anestesia que nos hace no sentir nada. La fe es una luz que nos ayuda a ver que Dios nos ama, incluso en medio de las dificultades. Y es una fuerza interior que nos ayuda a seguir adelante, siendo fieles. Como dice la Escritura: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones” (Rm 5,5).

Jesús murió por una conflagración de todas las fuerzas del mal: la injusticia, la envidia, el abuso de poder… pero también hay algo más profundo: el pecado del corazón humano. Aun así, Jesús sabía todo esto y decidió amar hasta el final. Como dice la Escritura: “Habiendo amado a los suyos… los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Y en la cruz, incluso cuando lo estaban matando, oró por nosotros: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

Detrás de tanto mal en el mundo, hay un corazón humano que necesita cambiar. Y Jesús vino precisamente para eso: para salvarnos con su amor. Por eso, lo más importante es reconocer ese amor y dar gracias, porque Él nos amó primero.