La primera lectura de hoy es una invitación a crecer. Puede parecer obvio que todo el mundo quiere crecer, pero es una idea irracional pensarlo. No todo el mundo quiere crecer. Sería bueno recordar la novela de Günter Grass El tambor de hojalata.

En nuestro mundo actual, donde todo se mueve vertiginosamente, el móvil de nuestras actuaciones con frecuencia no es la búsqueda del bien, sino la codicia, detrás de la cual hay un excesivo amor a los bienes de la tierra, que no pocas veces ponemos por delante del bien de nuestros hermanos más necesitados y vulnerables.

La codicia incita a prepararse, a luchar, a ser competitivo en todas las ciencias humanas, pero a veces descuidamos la vida de fe.

En este día, al comienzo de la nueva semana, podríamos preguntarnos si tenemos un afán parecido por la vida de fe, por la Palabra de Dios, por las cosas de la Iglesia. El apóstol Pedro nos invita: «poned todo empeño en añadir a vuestra fe la honradez, a la honradez el criterio, al criterio el dominio propio, al dominio propio la constancia, a la constancia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, al cariño fraterno el amor.» Es toda una escalera, y la meta podría ser el verdadero amor, el verdadero afán.

En el evangelio de Marcos aparecen una serie de autoridades que se enfrentan a Jesús (sumos sacerdotes y fariseos) y que tienen miedo de la gente. El pueblo ve en Jesús un profeta y estos protectores del pueblo quieren quitar a Jesús del medio. Lograrán quitarlo del medio, pero resucitado con el poder del Padre, vive en medio de la comunidad y la muerte no tiene poder sobre él.

Hoy todos somos invitados a acumular tesoros para el cielo, no de los que se oxidan y mueren, y a vivir como resucitados.