Moisés recuerda al pueblo de Israel que, en medio del desierto, Dios les dio un alimento desconocido hasta entonces: el maná. Fue un pan nuevo, que ni ellos ni sus padres habían conocido, y que les permitió vencer la escasez y continuar el camino. En ello encontramos una enseñanza profunda para nuestra propia vida.
También nosotros atravesamos desiertos. No se trata solo de las dificultades o incomodidades que encontramos en el camino, pues esas existen en todas partes. El verdadero desierto aparece cuando sentimos que ya no podemos seguir adelante, cuando parece agotarse la esperanza, el sentido de la vida o incluso las ganas de vivir. Quien ha experimentado alguna vez esa sensación comprende mejor el significado de aquel pan que Dios concedió a su pueblo: un alimento capaz de sostener la vida cuando todo parecía perdido.
Por eso la Iglesia ha visto siempre en aquel maná una figura de la Eucaristía. El mismo amor que impulsó a Cristo a entregar su vida por nosotros es el que sigue comunicándonos vida cuando todo lo demás se debilita o desaparece. Los mártires ofrecen un testimonio particularmente elocuente. Ante la perspectiva terrible de la tortura y la muerte, muchos encontraron fortaleza en el Pan del Cielo. Su último acto fue recibir la comunión y, con ese viático —verdadero «alimento para el camino»—, cruzaron el umbral hacia la vida que nadie puede arrebatarnos.
Pero es un mismo Cristo quien alimenta a todos. Por eso somos verdaderamente uno en Él. La comunión es personal, porque Cristo se entrega a cada uno; pero no es individualista, porque lejos de aislarnos, nos une más profundamente a nuestros hermanos.
San Pablo lo recuerda en la segunda lectura de hoy: «El pan que partimos, ¿no nos une a Cristo por medio de su cuerpo?». Descubrir que estamos en Cristo ya es un gran paso, pero todavía queda otro más: descubrir que los demás también están conmigo en Cristo. Esta verdad puede transformar nuestras relaciones. Nos ayuda a purificar el afecto hacia quienes amamos y también a vencer las antipatías, resentimientos o enemistades. Contemplar a quien considero adversario bañado por la misma Sangre que me redime es un camino espiritual —y también humano— de enorme fuerza para superar divisiones y reconciliar corazones.
Aunque durante el Ciclo A el Evangelio suele tomarse principalmente de san Mateo, hoy escuchamos un pasaje de san Juan situado después de la multiplicación de los panes. Este detalle es significativo. Los demás evangelistas narran el milagro, pero es Juan quien desarrolla su sentido más profundo, conduciéndonos del pan material al Pan que da vida. Así, el milagro no termina con la multitud saciada, sino que se prolonga en una enseñanza que lo engrandece y, al mismo tiempo, lo acerca a nuestra propia experiencia.
Es admirable que unas pocas hogazas de pan alimentaran a una multitud. Pero más admirable aún es que un solo Cristo siga alimentando a todos los creyentes. Es maravilloso que cerca de cinco mil familias pudieran comer hasta saciarse; pero mucho más grande es contemplar a la familia de Dios reunida en torno al altar para recibir el alimento de la vida eterna. Es grande que Cristo repartiera aquel pan bendecido; pero infinitamente más grande es que se entregue a sí mismo en la Eucaristía.