Hoy la Iglesia celebra con alegría el nacimiento de la Virgen María. Es una fiesta que tiene un sabor particularmente entrañable en muchos lugares. Son innumerables las comunidades que en este día celebran a su patrona: la Virgen del Pino, de la Peña, de la Fuensanta, de la Cinta, de la Victoria, de Montserrat, de Covadonga, de la Vega, de Meritxell, de Núria, de Soterraña, de los Remedios, del Coro… Los nombres son muchos, las historias también; pero el corazón de la celebración es uno solo: María, la Madre del Señor, que Dios ha querido poner en medio de su pueblo.

Y, sin embargo, el Evangelio que la Iglesia nos propone hoy puede sorprendernos. No nos habla del nacimiento de María. Ni siquiera comienza con ella. Nos lleva hasta José y hasta un momento desconcertante de la historia de la salvación: María está prometida con él y aparece embarazada antes de que hayan comenzado a vivir juntos.

Mateo nos hace entrar así en el misterio de una familia que, como tantas otras, atraviesa una situación que no comprende. José no sabe qué hacer. Es un hombre justo y precisamente por eso no quiere exponer a María a la vergüenza. Decide apartarse discretamente.

Entonces Dios interviene.

«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer».

Quizá estas palabras sean una de las mejores puertas para entrar en la fiesta de hoy: «No temas acoger».

José tenía razones humanas para tener miedo. Su proyecto de vida estaba cambiando de una manera que no podía comprender. Lo que Dios estaba haciendo superaba completamente sus planes. Y, sin embargo, el ángel le pide que no tenga miedo y que acoja.

También la historia de María comienza bajo el signo de una acogida. Ella ha acogido en su seno al Hijo de Dios. José deberá acogerla a ella y, con ella, acoger el misterio que Dios está realizando.

Dios entra en nuestra historia pidiendo ser acogido.

Esta es una de las grandes paradojas de la Navidad: el Dios todopoderoso no se impone. Se hace pequeño. Se confía a la libertad de una mujer y a la obediencia silenciosa de un hombre. El Salvador del mundo comienza su camino entre nosotros necesitando ser acogido.

Y precisamente por eso la Natividad de María no es una fiesta que nos aparte de Cristo para llevarnos simplemente hacia María. Todo lo contrario. La Iglesia contempla hoy a María porque en ella comienza a prepararse, de una manera única, el camino humano por el que llegará hasta nosotros el Salvador.

El ángel explica a José el misterio: «La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo».

María no es el centro último del relato. El centro es Jesús. «Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».

El nombre de Jesús contiene su misión. Él viene a salvar. Y esa salvación comienza a hacerse presente en la historia precisamente a través de María.

Por eso podemos mirar hoy a la Virgen con una gratitud profunda. Dios quiso contar con ella. Quiso que su Hijo recibiera de ella una verdadera humanidad; quiso que Jesús tuviera una madre; quiso que el Salvador entrara en el mundo por el camino humilde de una familia humana.

La Iglesia sabe que María no es una figura decorativa del Evangelio. Su existencia está íntimamente vinculada al misterio de Cristo. Cuando celebramos a María, celebramos la fidelidad de Dios, que cumple sus promesas y se acerca a nosotros de una manera que supera todo lo que podríamos haber imaginado.

Mateo termina recordando la profecía de Isaías: «La virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».

Este es el verdadero motivo de nuestra alegría.

Dios está con nosotros.

Quizá por eso esta fiesta tiene tanta fuerza en la religiosidad popular. Un pueblo cristiano que se reúne ante su patrona no está simplemente celebrando una tradición local. En el fondo, está confesando que Dios ha querido acercarse a nuestra vida concreta. A nuestra tierra, a nuestras familias, a nuestras fiestas, a nuestras preocupaciones, a nuestra historia.

Cada advocación mariana tiene su propia historia, sus imágenes, sus cantos, sus procesiones y sus costumbres. Pero ninguna de ellas puede encerrar a María. La Virgen del Pino y la Virgen de la Peña; la de la Fuensanta y la de la Cinta; la de Montserrat y la de Covadonga; la de Meritxell y la de Núria… todas conducen a la misma Madre. Y todas, en último término, nos conducen hacia el mismo Jesús.

Es hermoso que un pueblo pueda decir «nuestra Virgen». No porque María pertenezca a un lugar determinado, sino porque la fe sabe convertir una imagen concreta, un santuario, una ermita o una fiesta en un lugar de encuentro con Dios. María se deja encontrar en la sencillez de la piedad de sus hijos y siempre nos conduce más allá de ella misma.

Por eso quizá hoy no sea necesario complicar nuestra oración. Podemos sencillamente contemplar a María y agradecer.

Agradecer que Dios haya querido necesitar su «sí».

Agradecer que, en medio de nuestra historia humana, haya una mujer que acogió plenamente el plan de Dios.

Agradecer que, gracias a ella, podemos llamar a Jesús Enmanuel: Dios-con-nosotros.

Y podemos mirar también nuestra propia vida. Porque la palabra dirigida a José sigue resonando de alguna manera en el corazón de todo discípulo: «No temas acoger».

Acoger a Dios cuando sus caminos no coinciden con los nuestros. Acoger aquello que no comprendemos todavía. Acoger a las personas que Dios pone a nuestro lado. Acoger incluso nuestra propia historia, con sus desconciertos y sus preguntas, confiando en que Dios puede estar obrando en ella de una manera que todavía no alcanzamos a ver.

María nos enseña precisamente eso. Su grandeza no consiste en haberlo comprendido todo, sino en haber confiado. Ella permitió que Dios hiciera de su vida un lugar de encuentro con nosotros.

Y quizá podamos terminar la oración contemplando simplemente el rostro de la Virgen de nuestra propia tierra, de aquella advocación que aprendimos a querer desde niños. Podemos dejar que esa imagen concreta despierte en nosotros el cariño, la memoria y la gratitud. Y después mirar más allá de María, hasta Jesús.

Porque eso hace siempre la verdadera devoción mariana: nos toma de la mano y nos conduce hacia Cristo.

Hoy celebramos que nació aquella mujer que sería la Madre del Salvador. Y la Iglesia, junto con todos sus hijos, puede repetir con alegría la palabra del Evangelio:

Enmanuel. Dios-con-nosotros.

Ese es el regalo que comenzó a prepararse en la vida de María y que hoy, tantos siglos después, seguimos celebrando con la misma esperanza: Dios no se ha alejado de nuestra historia. Dios ha querido quedarse con nosotros.