San Lucas nos dice que Jesús, «levantando los ojos hacia sus discípulos», comenzó a hablarles. Es una escena sencilla, pero merece detenerse en ella. Jesús no pronuncia estas palabras mirando a una multitud anónima. Mira a sus discípulos. Los conoce. Sabe cómo es su vida, conoce sus necesidades, sus luchas y sus esperanzas. Y desde esa mirada comienza a hablarles de la verdadera felicidad.

También hoy podemos imaginar que Jesús levanta los ojos hacia nosotros.

«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios».

Estas palabras pueden desconcertarnos. El mundo suele decirnos que felices son quienes tienen más, quienes pueden vivir sin preocupaciones, quienes disfrutan de abundancia y cuentan con reconocimiento. Jesús, en cambio, comienza por los pobres.

No está diciendo que la pobreza sea buena en sí misma, ni que el hambre, el llanto o el sufrimiento sean realidades que debamos buscar. El Evangelio no glorifica la desgracia. Jesús anuncia algo mucho más profundo: Dios se pone del lado de quienes necesitan de Él y les promete su Reino.

El pobre de las bienaventuranzas es, en primer lugar, aquel que sabe que no se basta a sí mismo. Su seguridad última no está en lo que posee, sino en Dios. Por eso la pobreza evangélica puede existir incluso en quien tiene bienes materiales: consiste en no convertirlos en el fundamento de la propia vida.

Y aquí encontramos una luz preciosa para celebrar hoy a santa María de la Cabeza.

Su vida transcurrió lejos de los grandes acontecimientos. No fue una mujer poderosa ni buscó ocupar un lugar destacado. Vivió como esposa, trabajadora y mujer de fe. Compartió con san Isidro una existencia sencilla, marcada por el trabajo y por la confianza en Dios. Precisamente ahí, en esa vida ordinaria, aprendió a vivir aquello que Jesús llama bienaventuranza.

La santidad no siempre tiene un aspecto extraordinario.

Hay una santidad que crece en silencio: en la casa, en el trabajo, en el cuidado de los demás, en la fidelidad matrimonial, en la oración sencilla, en las preocupaciones de cada día. Es una santidad que quizá el mundo no ve, pero que Dios conoce perfectamente.

«Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados».

Jesús habla de un «ahora». Hay un tiempo presente en el que no todo está resuelto. Hay hambre, hay lágrimas, hay cansancio. La fe cristiana no nos engaña prometiéndonos que nunca sufriremos. Al contrario, mira de frente la realidad y afirma que el presente no tiene la última palabra.

Eso es lo que significa la esperanza cristiana.

El hambre será saciada. El llanto terminará. El Reino de Dios tendrá la última palabra.

También santa María de la Cabeza conoció seguramente las pequeñas y grandes incertidumbres de una vida sencilla. La tradición la ha recordado vinculada a la vida familiar, al trabajo y a la oración. Su santidad no consistió en haber tenido una existencia sin dificultades, sino en haber aprendido a vivirlas sin apartarse de Dios.

Y quizá aquí este Evangelio pueda tocar una fibra muy concreta de nuestra vida.

¿Cuántas veces pensamos que seremos felices cuando desaparezca aquello que hoy nos pesa? Cuando se resuelva ese problema familiar, cuando mejore nuestra situación económica, cuando desaparezca una preocupación, cuando llegue aquello que estamos esperando.

Jesús nos ofrece una esperanza diferente. No dice que todo irá inmediatamente bien. Dice que Dios está ya presente en medio de nuestra pobreza y que nuestra vida está destinada a una plenitud que ninguna circunstancia presente puede destruir.

Después llega una de las frases más sorprendentes: «Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres… por causa del Hijo del hombre».

Aquí aparece el corazón de las bienaventuranzas: «por causa del Hijo del hombre».

El discípulo no busca el rechazo ni el sufrimiento. Pero cuando permanecer fiel a Cristo tiene un precio, Jesús le dice que no tenga miedo. La fidelidad puede resultar incómoda. Vivir según el Evangelio puede hacernos ir contra ciertas corrientes, incluso provocar incomprensión. Pero la aprobación de los hombres no es el criterio último de nuestra vida.

Por eso las bienaventuranzas terminan con una llamada sorprendente: «Alegraos ese día y saltad de gozo».

No porque el sufrimiento sea agradable, sino porque Cristo vale más que aquello que podemos perder por seguirlo.

Las cuatro bienaventuranzas tienen su contrapunto en los cuatro «ayes». Jesús habla ahora a los ricos, a los saciados, a quienes ríen y a quienes reciben la aprobación de todos.

No se trata de una condena automática de quien posee bienes, disfruta de la vida o recibe reconocimiento. El peligro está en convertir esas cosas en nuestro consuelo definitivo: «ya habéis recibido vuestro consuelo».

El problema no es tener. El problema es creer que tenemos suficiente sin necesitar a Dios.

Por eso este Evangelio nos invita a preguntarnos dónde está realmente nuestra seguridad. ¿En lo que poseemos? ¿En la opinión de los demás? ¿En que las cosas salgan como esperamos? ¿O en Dios?

Quizá por eso la figura de santa María de la Cabeza resulte tan cercana para el creyente de hoy. Su vida no nos habla de una santidad reservada a personas extraordinarias. Nos habla de una mujer que encontró a Dios en lo cotidiano.

Y esto tiene un significado especial en Madrid. Cuando la Iglesia celebra a santa María de la Cabeza, no recuerda solamente a una santa del pasado. Celebra a una mujer vinculada a esta tierra y a un matrimonio cristiano cuya memoria ha acompañado durante siglos a generaciones de madrileños. Su santidad nos recuerda que una familia, un matrimonio, una profesión, una casa y una vida aparentemente sencilla pueden convertirse en lugares donde Dios reina.

Quizá ese sea uno de los regalos de esta fiesta: descubrir que Dios no espera que tengamos una vida extraordinaria para llamarnos a la santidad.

Espera nuestro corazón.

Por eso podemos terminar esta oración volviendo a la primera bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres».

Podemos pedir la gracia de ser pobres delante de Dios. Pobres para reconocer que lo necesitamos. Pobres para recibir. Pobres para no vivir esclavizados por lo que poseemos. Pobres para poder agradecer. Pobres para confiar.

Y podemos mirar a santa María de la Cabeza y pedirle que nos enseñe a vivir así: con sencillez, con fidelidad, con alegría y con los pies firmemente puestos en la vida cotidiana, pero con el corazón puesto en Dios.

Quizá la pregunta que Jesús nos deja hoy no sea simplemente si somos pobres o ricos, si sufrimos o disfrutamos. Es una pregunta mucho más profunda:

¿Dónde está mi verdadera felicidad?

Jesús levanta los ojos hacia nosotros y nos recuerda que la felicidad no consiste en tener una vida sin problemas, sino en saber que nuestra vida está en las manos del Padre.

Ese fue el camino de los santos.

Y ese puede ser también el nuestro.