Hay palabras de Jesús que nos resultan consoladoras y otras que nos inquietan. El Evangelio de hoy pertenece claramente a las segundas. «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian».

No es fácil escuchar estas palabras sin sentir una cierta resistencia. Hay heridas que duelen de verdad. Hay personas que nos han hecho daño y situaciones en las que parece imposible olvidar. Jesús, sin embargo, no rebaja la exigencia. Nos lleva hasta el corazón mismo de la vida cristiana: amar cuando no somos amados.

Pero conviene comprender qué significa aquí «amar».

Jesús no nos está pidiendo que sintamos afecto por quien nos ha hecho daño, ni que neguemos la injusticia sufrida. Tampoco significa aprobar el mal o renunciar a poner límites ante quien nos perjudica. El amor cristiano es algo más profundo: negarse a devolver el mal recibido con otro mal.

Por eso Jesús habla de acciones concretas: «haced el bien», «bendecid», «orad». Quizá no podamos controlar inmediatamente nuestros sentimientos, pero sí podemos pedir la gracia de no alimentar el rencor, de no desear el mal, de no convertirnos nosotros mismos en aquello que nos ha herido.

La oración por el enemigo es especialmente exigente. Cuando rezamos por alguien que nos ha hecho daño, ocurre algo misterioso: dejamos de colocar a esa persona únicamente bajo nuestra mirada y comenzamos a ponerla delante de Dios. Ya no somos nosotros quienes tenemos la última palabra sobre ella.

Y quizá ahí comienza la libertad.

Jesús continúa con palabras que pueden parecer todavía más desconcertantes: «Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra».

No se trata de una invitación a buscar el sufrimiento ni de una prohibición de defenderse. Jesús mismo, durante su pasión, no permaneció indiferente ante la injusticia: cuando uno de los guardias lo golpeó, preguntó por qué lo había hecho. Lo que Jesús rechaza es la lógica de la represalia, esa necesidad tan humana de devolver el golpe para recuperar nuestro orgullo.

El discípulo de Cristo está llamado a romper esa cadena.

Porque el mal tiene una terrible capacidad de reproducirse. Una ofensa engendra otra; una palabra hiriente provoca otra; una humillación busca ser compensada con una nueva humillación. Y así el dolor pasa de una persona a otra.

Jesús propone detener la cadena en nosotros.

No porque el mal no importe, sino precisamente porque importa demasiado como para seguir multiplicándolo.

Después nos entrega una regla sencilla: «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten».

Es una frase conocida, pero en labios de Jesús adquiere una profundidad nueva. No dice simplemente: «No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan». Nos invita a tomar la iniciativa del bien.

El cristiano no espera siempre a ser amado para amar. No espera a recibir para dar. No espera a ser perdonado para comenzar a perdonar.

¿Por qué?

Porque así es Dios.

Jesús nos conduce hacia la razón última de esta forma de vivir: «Amad a vuestros enemigos… porque él es bueno con los malvados y desagradecidos».

Aquí está el centro del Evangelio.

Dios es bueno incluso con quien no lo merece.

Esta afirmación puede parecernos escandalosa. Pero si dejamos que penetre en el corazón, descubrimos que también nosotros vivimos de ella. ¿Quién de nosotros podría presentarse ante Dios diciendo que merece su amor?

La misericordia de Dios no comienza cuando nosotros nos hacemos dignos de ella. Comienza porque Él es bueno.

Y Jesús nos invita a parecernos a nuestro Padre.

Por eso la frase que resume todo el pasaje es: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso».

No dice simplemente: «Sed buenos». Tampoco: «Sed perfectos». Nos pide algo mucho más concreto: sed misericordiosos.

La misericordia es el modo de mirar al otro cuando conocemos su pobreza y, en lugar de utilizarla para condenarlo, decidimos acercarnos con compasión.

Quizá aquí aparezca uno de los mayores desafíos de nuestra vida espiritual. Podemos ser muy exigentes con los demás y extraordinariamente comprensivos con nosotros mismos. Conocemos nuestras circunstancias, nuestras heridas y nuestras intenciones; de los demás vemos solamente sus errores.

Jesús nos invita a cambiar esa mirada.

«No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados».

No significa renunciar a discernir el bien y el mal. Significa no apropiarnos de un lugar que pertenece a Dios: el de pronunciar la sentencia definitiva sobre el corazón de otra persona.

Solo Dios conoce completamente una vida.

Por eso el discípulo aprende a dejar espacio para la misericordia.

Y Jesús termina hablando de una «medida generosa, colmada, remecida, rebosante». La imagen es preciosa. Es la medida con la que Dios mismo nos trata.

Quizá esta última imagen nos permita volver sobre todo el Evangelio. Jesús no nos está proponiendo simplemente una serie de comportamientos difíciles. Nos está invitando a vivir desde una lógica distinta: la lógica de quien sabe que ha recibido gratuitamente.

Quien sabe que ha sido perdonado aprende a perdonar.

Quien ha recibido misericordia aprende a tener misericordia.

Quien sabe que Dios no lo abandona en su pobreza puede comenzar a dar sin calcular tanto lo que recibirá a cambio.

Por eso este Evangelio no puede vivirse solamente con fuerza de voluntad. Si intentáramos amar a nuestros enemigos únicamente a base de esfuerzo, probablemente terminaríamos agotados o frustrados. Necesitamos primero contemplar cómo nos ama Dios.

La oración puede comenzar precisamente ahí.

Quizá haya una persona cuyo nombre nos cueste incluso pronunciar delante del Señor. No hace falta forzar sentimientos. Basta presentarla a Jesús.

«Señor, tú conoces lo que ha sucedido. Tú conoces mi herida y conoces también el corazón de esta persona. Yo no puedo amar como tú me pides. Pero quiero aprender. Enséñame a no devolver mal por mal. Enséñame a perdonar. Enséñame a mirar con misericordia».

Y entonces podemos escuchar de nuevo las palabras de Jesús:

«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso».

No se trata de convertirnos en personas incapaces de sufrir o de indignarse ante la injusticia. Se trata de no permitir que el mal recibido tenga poder para decidir quiénes somos.

Cristo ha vencido el mal no devolviéndolo, sino entregándose.

Y cuando el discípulo comienza, aunque sea muy lentamente, a vivir de esa misma manera, algo del rostro del Padre se hace visible en él.

Quizá ese sea el verdadero milagro que Jesús quiere realizar en nosotros: que un corazón herido no se convierta en un corazón endurecido; que el mal recibido no nos haga incapaces de amar; que podamos llegar un día a descubrir que la misericordia no nos hace más débiles, sino más semejantes a Dios.

«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso».

Podemos llevar hoy solamente esta frase a la oración.

Y permanecer ante el Padre que ha sido misericordioso con nosotros.