Después de hablar de la misericordia, Jesús continúa enseñando a sus discípulos y utiliza unas imágenes que resultan tan sencillas como incisivas: un ciego que pretende guiar a otro ciego, una mota en el ojo del hermano y una viga en el propio.

Jesús sabe que una de las mayores dificultades de la vida espiritual consiste en ver correctamente. Podemos tener los ojos abiertos y, sin embargo, mirar la realidad de manera equivocada. Podemos conocer muy bien los defectos de los demás y ser sorprendentemente ciegos para los nuestros.

«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?».

La pregunta parece referirse a quienes pretenden enseñar o corregir a otros sin haberse dejado transformar ellos mismos. El discípulo necesita primero aprender del Maestro. Y Jesús añade: «cuando termine su aprendizaje, será como su maestro».

La frase contiene una llamada muy hermosa. Ser discípulo no significa simplemente aprender unas enseñanzas de Jesús. Significa dejarse formar por Él hasta parecernos a Él.

Y esto cambia completamente nuestra manera de mirar a los demás.

Porque Jesús no nos llama a convertirnos en expertos en descubrir los defectos ajenos. Nos llama a aprender su propia mirada. Una mirada capaz de ver el pecado sin justificarlo, pero también capaz de ver a la persona sin reducirla a su pecado.

Entonces aparece la imagen de la mota y la viga.

«¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?».

La exageración es deliberada. Una pequeña mota en el ojo del otro frente a una enorme viga en el propio. Jesús casi nos obliga a sonreír ante la escena para que podamos reconocer algo de nosotros mismos.

¡Qué fácilmente vemos lo que los demás hacen mal!

Recordamos sus palabras, sus errores, sus contradicciones, sus defectos de carácter. Podemos incluso elaborar mentalmente explicaciones muy precisas sobre por qué aquella persona es como es.

Y, al mismo tiempo, podemos ser extraordinariamente indulgentes con nosotros mismos.

Cuando nosotros fallamos, tenemos circunstancias, cansancio, heridas, buenas intenciones. Cuando falla el otro, simplemente ha demostrado cómo es.

La palabra de Jesús pone delante de nosotros esa desproporción.

Pero hay algo todavía más profundo. El problema no es solamente que juzguemos demasiado a los demás. Es que nuestra propia mirada necesita ser sanada.

La viga impide ver con claridad.

Quizá Jesús está diciendo que no podemos ayudar verdaderamente al hermano mientras nuestra mirada esté deformada por el orgullo, el resentimiento, la envidia o la autosuficiencia. Podemos creer que estamos corrigiendo al otro cuando, en realidad, estamos proyectando sobre él aquello que no queremos reconocer en nosotros.

Por eso Jesús no dice que la mota del hermano no exista. Ese detalle es importante.

Existe una mota.

Hay errores reales. Hay comportamientos que necesitan ser corregidos. Hay ocasiones en las que debemos ayudar a otra persona a ver algo que no está viendo.

Pero antes de hacerlo, hay que sacar la viga propia.

La corrección fraterna solo puede nacer de un corazón humilde.

Cuando queremos corregir al otro para sentirnos superiores, la corrección se convierte en juicio. Cuando lo hacemos porque amamos y deseamos su bien, puede convertirse en una verdadera obra de misericordia.

Jesús no dice: «No ayudes a tu hermano». Dice: «Entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano».

Esta última parte es fundamental.

El objetivo de reconocer nuestra propia pobreza no es encerrarnos en nosotros mismos. No se trata de decir: «Como yo también tengo defectos, no puedo decir nada a nadie». Eso sería otra forma de egoísmo.

La humildad verdadera nos hace más capaces de ayudar.

Quien conoce su propia fragilidad se acerca al hermano de otra manera. No desde arriba, sino a su lado. No como un juez, sino como alguien que también necesita misericordia.

Quizá por eso esta enseñanza se sitúa inmediatamente después de las palabras de Jesús sobre el amor a los enemigos: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso».

La misericordia transforma nuestra mirada.

Cuando Dios nos mira, conoce perfectamente nuestras miserias. No hay nada oculto ante Él. Y, sin embargo, no deja de amarnos. Su mirada no niega nuestro pecado, pero tampoco queda encerrada en él. Dios ve más allá de aquello que somos ahora; ve aquello que su gracia puede hacer de nosotros.

Aprender a mirar así es parte esencial del discipulado.

Tal vez uno de los frutos más hermosos de la oración sea precisamente este: comenzar a mirar a las personas con los ojos de Cristo.

Porque podemos rezar mucho y, sin embargo, conservar una mirada dura. Podemos conocer la doctrina y seguir alimentando juicios interiores. Podemos participar en la vida de la Iglesia y ser incapaces de soportar los defectos de quienes tenemos más cerca.

Jesús nos invita hoy a algo muy concreto: antes de mirar al hermano, déjate mirar por mí.

Deja que yo te muestre tu propia pobreza.

Deja que yo cure aquello que te impide ver.

Solo entonces podrás acercarte al otro sin necesidad de condenarlo.

Quizá sea bueno llevar esta escena a nuestra oración pensando en una persona concreta. No para analizar sus defectos, sino para preguntarnos qué ocurre dentro de nosotros cuando pensamos en ella.

¿Qué me molesta tanto?

¿Por qué me cuesta tanto comprenderla?

¿Hay alguna herida, algún orgullo o algún resentimiento que esté deformando mi mirada?

Y después podemos cambiar la pregunta: ¿cómo la mira Jesús?

Esta última pregunta puede transformar una relación entera.

Porque quizá descubramos que Cristo no mira a esa persona como nosotros la miramos. Y quizá tampoco nos mira a nosotros como nosotros mismos nos miramos.

Al final, la viga no es solamente aquello que hacemos mal. Puede ser también todo aquello que nos impide mirar con misericordia.

Por eso podemos terminar sencillamente delante de Jesús:

«Señor, quita de mis ojos todo aquello que me impide ver al hermano como tú lo ves. Muéstrame mis propias heridas sin desanimarme. Dame humildad para reconocerlas y caridad para ayudar a los demás. Que no quiera juzgar desde arriba, sino caminar junto a ellos como discípulo tuyo».

Y quizá entonces podamos comprender la última palabra del Evangelio: «verás claro».

Ese es el deseo de Cristo para nosotros.

No solamente que veamos mejor los defectos de los demás, sino que aprendamos a ver con un corazón nuevo.

Porque cuando la mirada se convierte, también se convierte la manera de amar.