Hoy la Iglesia celebra con especial cariño el Dulce Nombre de María. Es una fiesta que tiene un eco muy particular en la piedad de tantos pueblos y diócesis. María es invocada con nombres diversos: Valvanera, Lluc, Estíbaliz y tantas otras advocaciones que han nacido de la historia y del corazón creyente de cada lugar.
Los nombres son diferentes, pero detrás de todos ellos está la misma mujer: María, la Madre de Jesús, aquella cuyo nombre ha sido pronunciado durante siglos por generaciones de cristianos como nombre de confianza, de consuelo y de esperanza.
Y el Evangelio que hoy escuchamos parece llevarnos precisamente al corazón de esa experiencia mariana, aunque María no aparezca explícitamente en el relato.
Jesús comienza hablando de los frutos: «Cada árbol se conoce por su fruto».
La imagen es sencilla. Un árbol no necesita explicar qué clase de árbol es. Basta mirar sus frutos. Del mismo modo, la vida de una persona termina manifestando aquello que lleva dentro. «De lo que rebosa el corazón habla la boca».
Jesús nos invita así a mirar más profundamente. No solo importa lo que hacemos exteriormente, sino aquello que va llenando nuestro corazón.
Porque tarde o temprano lo que llevamos dentro termina apareciendo.
Una persona llena de resentimiento termina hablando desde el resentimiento. Quien vive alimentando la envidia acaba mirando el mundo desde ella. Quien atesora gratitud encuentra motivos para agradecer. Quien aprende a amar comienza, poco a poco, a transmitir amor.
Por eso la vida cristiana no consiste simplemente en corregir algunos comportamientos exteriores. Cristo quiere llegar hasta la raíz: el corazón.
Y aquí aparece una hermosa conexión con María.
La Iglesia ha visto siempre en ella un corazón profundamente disponible a Dios. María no fue simplemente una mujer que realizó cosas buenas. Fue una mujer que dejó que Dios habitara en ella. Su vida fue dando fruto porque primero acogió la Palabra.
Cuando pronunciamos hoy su nombre —María— no invocamos solamente a una figura del pasado. Pronunciamos el nombre de una mujer cuyo corazón estuvo abierto a Dios de una manera singular. Por eso su vida se convirtió en fruto.
El Evangelio continúa y Jesús nos lleva todavía más adentro:
«¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?».
Es una pregunta incómoda porque nos obliga a confrontar nuestra fe con nuestra vida.
Podemos llamar a Jesús «Señor». Podemos rezar, participar en la Eucaristía, conocer el Evangelio, venerar a la Virgen y conservar hermosas tradiciones religiosas. Todo eso es bueno. Pero Jesús pregunta algo más: ¿estás viviendo de acuerdo con lo que dices creer?
La fe no termina en los labios.
Tiene que bajar al corazón y llegar después a las decisiones concretas de la vida.
Por eso Jesús utiliza la imagen de una casa. El hombre prudente no se limita a escuchar. Excava. Baja profundamente. Busca la roca y construye sobre ella.
No es una tarea rápida.
Construir sobre roca exige tiempo, paciencia y profundidad. También la vida espiritual necesita ese trabajo escondido. No basta con emocionarse ocasionalmente ante el Evangelio. No basta con tener buenos deseos. Hace falta dejar que la Palabra vaya entrando poco a poco en nuestras decisiones, en nuestras relaciones, en nuestro modo de trabajar, de hablar, de perdonar, de sufrir y de amar.
La casa construida sobre roca no se distingue necesariamente de la otra cuando hace buen tiempo.
Las dos pueden parecer igualmente firmes.
La diferencia aparece cuando llega la crecida.
Jesús no promete que la tormenta no llegará. Al contrario, da por supuesto que llegará. Habrá dificultades, enfermedades, pérdidas, decepciones, cansancio, momentos de oscuridad. Lo decisivo no es vivir sin tormentas, sino tener dónde apoyar la vida cuando llegue la tormenta.
La roca es Cristo.
Y construir sobre Él significa escuchar su palabra y ponerla en práctica.
Aquí podemos comprender mejor la relación entre este Evangelio y la memoria del Dulce Nombre de María. María es, en cierto sentido, la mujer de la casa construida sobre roca. Su vida conoció muchas crecidas: la incomprensión de José, la pobreza de Belén, la huida a Egipto, los años escondidos de Nazaret, la incomprensión de tantos, el dolor de ver a su Hijo rechazado y, finalmente, la cruz.
Pero permaneció.
No porque su vida fuera fácil, sino porque estaba profundamente arraigada en Dios.
En María contemplamos a una mujer que escuchó y puso en práctica. Desde aquel primer «hágase» de Nazaret hasta el silencio doloroso del Calvario, su vida fue una respuesta perseverante a la Palabra recibida.
Quizá por eso el pueblo cristiano ha aprendido a pronunciar su nombre precisamente cuando llegan las dificultades.
«María».
En una ermita de montaña o en un santuario; delante de una imagen querida; en una procesión; en la oración de una madre; en la habitación de un enfermo; al comenzar un viaje o en el momento de una preocupación. El nombre de María se ha convertido para innumerables generaciones en una palabra de confianza.
Y no porque María sustituya a Cristo.
Precisamente al contrario.
María nos enseña a llegar a Cristo.
Su nombre nos recuerda a aquella mujer que escuchó la Palabra y la acogió hasta hacerla carne en su propia vida. Por eso la verdadera devoción a María nunca nos deja instalados en María. Ella siempre nos conduce hacia su Hijo.
Quizá hoy podamos preguntarnos cuál es el fruto que está produciendo nuestro corazón.
¿Qué sale de nosotros cuando estamos cansados? ¿Qué aparece cuando alguien nos contradice? ¿Qué palabras pronunciamos cuando las cosas no salen como queremos? ¿Hay en nuestro interior más gratitud o más queja, más confianza o más miedo, más misericordia o más juicio?
No son preguntas para condenarnos. Son preguntas para dejarnos mirar por Cristo.
Porque Jesús no nos muestra nuestra pobreza para humillarnos, sino para invitarnos a volver a la roca.
Tal vez nuestra casa necesite hoy una reparación. Tal vez hemos construido demasiado sobre nuestras propias fuerzas, sobre la aprobación de los demás, sobre seguridades que parecían sólidas y que, con el tiempo, han demostrado ser frágiles.
Todavía estamos a tiempo.
La roca sigue ahí.
Cristo sigue diciendo: «El que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica…».
Y María puede acompañarnos en ese camino.
Al celebrar hoy su Dulce Nombre, quizá podamos pronunciarlo despacio en la oración: María.
No como una fórmula, sino como quien llama a su Madre.
Y pedirle que nos enseñe lo que ella aprendió: a escuchar sin endurecer el corazón, a confiar cuando no comprendemos, a obedecer cuando Dios nos pide algo que supera nuestros planes y a permanecer firmes cuando llegan las crecidas.
Que nuestro corazón se parezca cada día un poco más al suyo.
Y que, cuando llegue la tormenta, podamos descubrir que nuestra vida está edificada sobre una roca que no se mueve.
Porque la verdadera devoción a María no consiste solamente en pronunciar su nombre con cariño.
Consiste también en aprender de ella a escuchar la Palabra de su Hijo y ponerla en práctica.
Entonces el nombre de María dejará de ser solamente un nombre querido y se convertirá, también para nosotros, en una escuela de confianza, de obediencia y de amor.
María, Madre de Jesús y Madre nuestra, enséñanos a construir sobre la roca.