Hay preguntas que parecen muy generosas hasta que Jesús las escucha.
Pedro se acerca y pregunta: «Señor, si mi hermano me ofende ¿Cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
Hasta siete.
Pedro probablemente piensa que está llegando muy lejos. Siete veces parece una cifra suficientemente generosa. Es como si preguntara: «Señor, ¿hasta dónde tiene que llegar mi paciencia? ¿Dónde puedo poner el límite?».
Y Jesús responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».
No está buscando una cifra mayor.
Está cambiando la pregunta.
Pedro pregunta cuántas veces.
Jesús responde que el amor no puede vivir pendiente de contar.
Porque cuando empezamos a llevar la cuenta de las ofensas, aunque perdonemos muchas veces, seguimos viviendo atados a ellas. El corazón continúa mirando hacia atrás, haciendo cálculos: «Ya lo he perdonado una vez. Y otra. Y otra…». Jesús quiere llevarnos a una libertad diferente.
El perdón cristiano no consiste en olvidar matemáticamente las ofensas, sino en renunciar a hacer del mal recibido el centro de nuestra relación con el otro.
Y entonces Jesús cuenta una parábola.
Un hombre tiene una deuda inmensa con su señor. No puede pagarla. La situación es desesperada. Y, sin embargo, el señor se compadece de él y le perdona la deuda.
Hay algo que conviene contemplar despacio.
El hombre no consigue el perdón porque haya pagado. No puede hacerlo.
Es perdonado porque su señor tiene misericordia.
Esta es la primera verdad que Jesús quiere grabar en nosotros: antes de aprender a perdonar, necesitamos descubrir que somos personas perdonadas.
A veces hablamos del perdón cristiano como si consistiera principalmente en hacer un esfuerzo extraordinario: «Tengo que perdonar». Y ciertamente existe una decisión, un acto de voluntad, un camino que a veces puede ser largo.
Pero el Evangelio nos propone comenzar en otro lugar.
Comenzar mirando la misericordia que nosotros mismos hemos recibido.
Porque quizá no comprendamos lo que significa perdonar hasta que comprendamos lo que significa ser perdonados.
El hombre de la parábola sale libre.
Su deuda ha desaparecido.
Pero inmediatamente encuentra a otro que le debe una cantidad mucho menor. Y entonces sucede algo terrible: aquel que acaba de recibir misericordia se convierte en un hombre incapaz de tener misericordia.
No hay en él ninguna correspondencia entre lo que ha recibido y lo que está dispuesto a dar.
Aquí aparece la gran pregunta de la parábola:
¿Qué ocurre cuando recibimos la misericordia de Dios pero no dejamos que esa misericordia transforme nuestro corazón?
Podemos rezar, pedir perdón, acudir al sacramento de la Reconciliación, experimentar la paciencia de Dios con nosotros y, sin embargo, seguir siendo implacables con los demás.
Podemos pedir: «Señor, perdóname», y al mismo tiempo pensar: «Pero a este, que no se le ocurra pedirme que lo perdone».
La parábola nos pone delante de esa contradicción.
El problema del siervo no es que su compañero tenga una deuda. La deuda existe.
El problema es que ha olvidado la deuda que a él mismo le había sido perdonada.
Quizá esta sea una de las claves más importantes para nuestra vida espiritual.
Cuando nos cuesta perdonar, tendemos a mirar solamente lo que el otro nos ha hecho.
Jesús nos invita a levantar la mirada y recordar lo que Dios ha hecho con nosotros.
No para comparar pecados.
No para decir: «Lo que me han hecho no importa».
Hay heridas que son profundas y reales. Hay injusticias que necesitan ser reconocidas. Hay relaciones en las que será necesario poner límites. Perdonar no significa llamar bueno al mal ni negar el daño sufrido.
Pero sí significa algo decisivo: no permitir que el mal que otro nos ha hecho termine ocupando el lugar de Dios dentro de nuestro corazón.
El rencor tiene precisamente ese poder. Se instala dentro de nosotros y continúa haciendo daño incluso cuando la persona que nos hirió ya no está presente.
Seguimos conversando con ella interiormente.
Seguimos respondiendo a cosas que sucedieron hace meses o años.
Seguimos esperando que algún día comprenda cuánto daño nos hizo.
Y así, sin darnos cuenta, seguimos entregándole espacio en nuestro corazón.
Jesús quiere liberarnos.
Por eso el perdón no es solamente un regalo que hacemos al otro. Es también una gracia que nos devuelve la libertad.
Pero hay algo todavía más profundo.
Jesús no dice simplemente: «Perdona porque perdonar es bueno».
Nos lleva hasta Dios.
El señor de la parábola perdona una deuda que aquel hombre jamás podría haber pagado. Y al final Jesús deja claro que la cuestión decisiva es la misericordia recibida y transmitida.
Por eso la pregunta que quizá deberíamos llevar hoy a la oración no es únicamente:
«¿A quién tengo que perdonar?».
Podríamos comenzar por otra:
«¿De cuánto me ha perdonado Dios?»
No para hacer una lista de pecados, sino para recuperar el asombro ante su misericordia.
Porque quizá hemos dejado de sorprendernos de que Dios nos perdone.
Nos hemos acostumbrado.
Pedimos perdón, recibimos la absolución y seguimos adelante. Pero el Evangelio nos invita a detenernos: yo también soy ese hombre cuya deuda era demasiado grande para pagarla.
Todo cristiano vive de una misericordia que no ha comprado.
Todo cristiano está sostenido por un perdón que no ha merecido.
Y desde ahí comienza la posibilidad de perdonar.
Tal vez por eso el perdón es una de las formas más concretas de parecernos a Cristo. Cuando perdonamos, no estamos simplemente siendo personas tolerantes. Estamos dejando que la misericordia que hemos recibido de Dios pase a través de nosotros hacia otra persona.
Eso no significa que el perdón siempre produzca inmediatamente reconciliación.
A veces podemos perdonar y seguir necesitando distancia.
A veces podemos perdonar y todavía sentir dolor.
A veces debemos perdonar una y otra vez porque la herida vuelve a doler.
Y eso no significa que nuestro perdón sea falso.
Quizá precisamente ahí comprendemos mejor las palabras de Jesús a Pedro: «setenta veces siete».
Hay perdones que no son un momento, sino un camino.
Una herida puede reaparecer en la memoria y entonces necesitamos volver a entregársela al Señor.
«Jesús, quiero perdonar, pero todavía me duele».
Esa oración puede ser ya una forma de perdón.
No necesitamos sentir inmediatamente lo que todavía no somos capaces de sentir. Podemos comenzar poniendo nuestra voluntad en las manos de Cristo.
«Señor, no quiero hacer daño a quien me hizo daño. No quiero vivir alimentando el rencor. Haz tú en mí lo que yo todavía no puedo hacer».
Y poco a poco puede aparecer una libertad nueva.
La parábola termina con una palabra muy seria: el perdón recibido reclama un corazón dispuesto a perdonar.
No porque Dios lleve una contabilidad de nuestros méritos, sino porque la misericordia que no se comparte termina siendo una misericordia que todavía no hemos comprendido de verdad.
Por eso quizá sea bueno llevar hoy a la oración a una persona concreta.
No hace falta comenzar por quien más nos ha herido. Podemos empezar por alguien con quien tenemos una pequeña cuenta pendiente.
Un enfado.
Una palabra.
Una decepción.
Una antigua ofensa.
Presentémosla ante Jesús.
Y después presentémonos nosotros.
«Señor, tú sabes lo que me ha hecho esta persona. Pero tú también sabes todo lo que yo he recibido de ti. No quiero vivir llevando cuentas. Enséñame a perdonar como tú me perdonas».
Quizá no sintamos nada especial.
No importa.
El perdón puede comenzar silenciosamente, como una decisión delante de Dios.
Y entonces podemos volver a la pregunta de Pedro.
«¿Cuántas veces tengo que perdonar?».
Jesús parece responder:
No vivas contando. Vive recibiendo y dando misericordia.
Porque el cristiano no es alguien que ha aprendido a no necesitar el perdón.
Es alguien que ha descubierto que vive de él.
Y cuando una persona descubre de verdad que vive de la misericordia de Dios, comienza lentamente a mirar de otra manera a quienes le deben algo.
No porque la deuda desaparezca.
Sino porque ya no es la deuda lo que tiene la última palabra.
La última palabra la tiene la misericordia.
Y esa misericordia tiene un rostro.
El rostro de Cristo, que nos ha perdonado antes de que nosotros supiéramos siquiera cómo pedir perdón.
Podemos terminar simplemente diciendo:
«Señor, acuérdame de cuánto me has perdonado. Y enséñame a perdonar».
Quizá sea suficiente para hoy.