Hay una mujer de mala vida delante de la casa de un fariseo de mucha reputación, obsérvese la descomunal antinomia. Decir “de mala vida” o “de mala reputación”, es usar un eufemismo banal, porque es la peor etiqueta con la que se puede vestir a una mujer palestina. Pero ella, a pesar de la poca luz del umbral, lleva una claridad meridiana en la frente. Dentro de la casa sabe que hay un huésped que no es como los demás hombres, porque cuando mira no juzga, y además usa la misma voz del Dios que ella aprendió en su infancia cuando sus padres le contaban la historia de su pueblo. Un Dios sediento de alianza, trato, vínculo, relación, confidencia, proximidad. Si a esta mujer le hubiera aterrorizado la prudencia, se habría vuelto inmediatamente a casa. Pero no, está decidida a convertirse en la invitada que todos esperan, como si fuera una gran señora. Cruza el umbral, nadie la detiene porque los siervos de la casa están paralizados por la escena. Está tan decidida, y lo demuestra su paso firme, que no hay quien se interponga a su decisión de entrar en el salón principal. Es hermoso ver a una mujer que ha abandonado la prudencia, esa virtud cobarde de quien lleva las manos en los bolsillos porque no sabe qué hacer. Nuestra sociedad es una sociedad prudente, no puedes nadar en la piscina a las 10.55 de la mañana, tienes que esperar a que el socorrista te lo diga cinco minutos más tarde, “por favor, cuando usted quiera”. Con la prudencia nunca hay ganancia. Siempre me digo que Mary Oliver tiene razón, no me importa que ahora mismo no sepas quién es Mary Oliver, pero algún día deberías leer, por tu bien, alguno de sus poemas, “no hay nada más patético que la cautela, cuando precipitarse puede salvar una vida, incluso, posiblemente, la tuya”. Cuando Mary Oliver habla de precipitación no se refiere al arrojo adolescente de quien tiene todavía el lóbulo frontal a medio hacer, sino a la precipitación de quien dice algo o hace algo y detrás de aquello va todo el corazón. Hoy me han hablado de un anciano que ha muerto hace poco, cuya vida ha sido precipitarse detrás de la mujer a la que acompañó más de sesenta años. ¿Qué es rezar? Rezar no es entrar en una capilla con un programa de gobierno y salir feliz de mi capacidad de concentración. Es tener la pasión por ver al Señor de cerca, no importa el programa, no importa la concentración, no importa el resultado, sólo entrar para decirle en silencio que sin Él todo se convierte en ceniza. Pero sigamos a la palestina de mala reputación. Se acerca a Jesús, se pone a su lado, llora, le lava los pies con el pelo, y se los besa, ojo. Los presentes pensaron, “es normal, es el ritual de toda meretriz, ¡qué escándalo es éste, que alguien eche a este despojo de humanidad!”. Entonces Jesús habla y dice que ella es el ejemplo de santidad. Todo su pasado queda pulverizado, y su futuro es blanco y nítido. Es el elogio absoluto de la precipitación, porque precipitarse es poner el corazón. Hoy un novio, que está a una semana de casarse, me ha dicho que su trabajo en el banco está muy bien, porque tiene puestazo y nómina de infarto, pero que lo suyo es ser pastelero, y que más pronto o más tarde irá donde le lleve su corazón de pastelero. Qué bien entendería este joven a la mujer de mala reputación, porque quien ama no se frena, “mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,/ que son dos hormigueros solitarios”, como escribía el primer Miguel Hernández. Precipitados como la Encarnación de Dios. Precipitados como el sí de María. Precipitados como Pedro arrojándose al lago. Precipitados como la mujer de mala reputación que una noche se convirtió en princesa.