Hasta hace poco, tuvimos en Madrid la oportunidad de ver en el Cuartel del Conde Duque, obras sobresalientes del barroco español que están en el Hospital de la Caridad de Sevilla, algunos Murillos y un par de Valdés Leal. Como tengo una madre que se lo sabe todo, en uno de nuestros periplos familiares por Sevilla pudimos ver un verano las famosas obras en su lugar de ubicación original. Cuadros que son bellísimos, por otra parte. Me ha dicho un amigo que Murillo le parece un decorador de cerámica de poco valor, que siempre pinta Vírgenes tristísimas y de aspecto como de pasarse la vida en la acequia. Algo de eso puedo compartir, pero los tesoros del Hospital de la Caridad son de darse de bruces por la emoción que provocan. Lo que pasa es que hay algunos que me estragan, me refiero a los Valdés Leal, que comparten una temática barroca muy de su tiempo: cuadros que hablan del momento de morir, de la corrupción de todo cuanto existe, de que todo es nada, de que todo en el fondo es infecundo. En un cuadro hay un esqueleto que apaga con sus carpios y metacarpos la llama de la vida (cuando la vida nunca se apaga, a ella fuimos creados). En otro se ve el final de las glorias del mundo, un final encarnado en un obispo en descomposición, invadido de cucarachas y metido en su ataúd (muy alentador). No sé, a mí no me gusta acercarme a Dios por el horror a la desaparición de las cosas, sino justamente por lo contrario, porque toda realidad grita una sobreabundancia de vida que le será concedida. Aquí se nos da la caparra. ¿Sabes lo que es una caparra? Caparra es una señal, un anticipo, una prenda, una seña, una cantidad que se adelanta en algunos contratos. Lo dice la Real Academia. Esa palabra es la definición exacta de la vida: una caparra de lo que vendrá. Entonces la atracción por las cosas viene motivada por el divino seductor que las hizo para durar. Hoy el Señor siembra, y la semilla crece y se convierte en planta y la planta también crece, y nada termina de morirse porque hay un sembrador atento que nos mira con amor y, si el sembrador es Dios, mira desde la eternidad, nada crece para acabar enterrado entre las piedras. Dice el poeta Eloy Sánchez Rosillo, en unos hermosísimos versos, que “no hay muerte que pueda desdecir ni anular esto que somos, la muerte no mata. Todo otra vez y muchas veces ha de pertenecerte en esta vida, que comienza y que cambia, que retoma y que no acaba nunca”. Esa es la apuesta del sembrador por su trabajo de hacernos crecer. Qué triste sería fijarnos sólo en el polvo de las cosas para convertirnos al Amor: “recuerda hombre que polvo eres y en polvo te convertirás. Es la primera verdad que ha de reinar en vuestros corazones, polvo y ceniza, corrupción y gusanos, sepulcro y olvido. Todo se acaba: hoy somos y mañana no parecemos, mañana somos borrados de los corazones de los hombres”. Palabras atroces y deprimentísimas como pedradas en la cara. Me recuerdan el “pensamiento contrario” de la práctica budista: cuando un hombre se siente tentado carnalmente por alguien que no es su mujer, debe pensar en ella como en una anciana de pelo ralo, sucio, un ser decrépito cuyo aliento porta los hedores de un pozo de aguas negras. Pues que no, que a mí estas cosas no me van, yo prefiero a ese marido dirigiéndose de nuevo a su mujer para regresar al amor primero, guardando celosamente el tesoro de su corazón para aquella mujer que un día lo descubrió como suyo, y desde entonces realizan una vida compartida. La vida que el Señor nos desea es “dar fruto con perseverancia” (es la última frase del Evangelio de hoy), y a eso se le llama sobreabundancia. Y ahí no queda ni una cucaracha.