Te aconsejo que vuelvas a leer el Evangelio de hoy, va en serio. Hasta que no lo hagas, no te pongas con este comentario. ¿No te parece todo de locos? El jefe va pagando a los trabajadores de delante hacia atrás, haciendo que todos coincidan en la misma nómina, aunque unos hayan trabajado diez minutos y otros ocho horas. La tentación es juzgar la decisión del jefe de colocación como conducta arbitraria, o sencillamente la obra de un incompetente, porque no sabe lo que tiene entre manos. El mecanismo de contratación al que asistimos hoy es, para entendernos, un mecanismo profundamente infantil, y lo digo desde la vertiente madura del término infantil. Porque los niños, que son la sección más ejemplar de la humanidad, saben lo que es una justicia verdadera, muy lejos de una justicia distributiva. Me explico. Un niño que está a gusto con sus amigos jugando al fútbol en un rincón del barrio, improvisando con jerséis los palos de una portería (efectivamente, el lector habrá comprobado que me estoy refiriendo a una imagen de los años setenta del siglo pasado. Porque ahora no sé qué porras hacen los pequeños cuando deciden finalmente escaparse al exterior de sus hogares después de salir de las cuevas de los videojuegos). Esos niños felices no saben lo que es el tiempo, porque su justicia es una justicia que no tiene fin. Les darán las doce, la una y las dos y las tres, y seguirán jugando al fútbol, porque lo más justo es andar entre amigos, porque lo más justo es quererse, no buscar una balanza para establecer equilibrios con el fiel, la perfecta proporción. El otro día quedé con un amigo a comer, eran las dos y media de la tarde. No sé en qué momento llegó la misma camarera que nos había atendido, para recordarnos que se acababa de abrir el horario de la cena. ¿Cómo? Habíamos estado hablando más de seis horas sin haber percibido un sólo minuto de tiempo real. Nos sugirió muy amablemente que nos fuéramos, o que volviéramos a echar un vistazo a la carta. Esa es la justicia divina, no funciona de dos y media a cuatro y media, sino que es desproporcionada, “remecida, rebosante”, como dice el mismo Señor en otro lugar del Evangelio. Cuando Pedro acaba de asistir impertérrito a la experiencia del Tabor dice, “qué bien se está aquí, hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. En ningún momento hace un reparto equitativo: una para Santiago, otra para Juan, otra para él. Ellos mismos han quedado fuera de las nuevas proporciones. De nuevo, el Señor pone patas arriba la definición de justicia tal y como funciona en el mundo empresarial, comercial… El “a cada cual lo suyo” en Cristo significa, “a cada cual todo”, porque es un Dios que quiere que todos los hombres e salven y lleguen al conocimiento de la verdad. En Dios no existe la palabra cálculo, no hay en su corazón un sistema de pesos y medidas. Sencillamente conoce los corazones y los quiere llenar hasta arriba, como cuando ponemos gasolina al coche y siempre sabemos que el depósito se puede llenar un poquito más, y le metemos algunos litros extra. Hoy he visto a un hombre desesperado en una cama de hospital, desesperado porque sabe que se va a morir y tiene miedo de Dios, me lo ha contado llorando, como quien se acuerda de una pesadilla reciente. Me ha costado convencerle de que su vida merece una eternidad, y su soledad, una compañía que no termina. Por eso los niños no tienen miedo de vivir, porque viven “una inconsciencia divina”, se saben acompañados por una presencia que entre ellos durará siempre.