Celebramos en la Archidiócesis de Madrid un acontecimiento extraordinario: Una asamblea presbiteral, CONVIVIUM, que reúne a 1200 sacerdotes para celebrar y reflexionar, para dar gracias y pedir por nuestro ministerio que es un tesoro de gloria escondido en vasijas de barro.

Somos barro, ciertamente, pero también ¡ministros de la gloria de Dios! Y de esta gloria se nos habla también hoy en la liturgia del día. En la primera lectura de la misa se nos narra el glorioso acontecimiento del traslado del Arca de la Alianza del Señor desde Sión, la ciudad de David, hasta el santuario del templo, el Santo de los Santos, construido en Jerusalén en tiempos de Salomón.

Los sacerdotes acarrearon el Arca hasta el santuario y cuando salieron de allí – pues ya la nube había llenado el templo del Señor – no pudieron permanecer ante la nube para completar el servicio, ya que la gloria del Señor llenaba el templo del Señor.

Me viene a la cabeza y el corazón ese pasaje de San Pablo, que encontramos en su segunda carta a los Corintios, donde se compara el ministerio de la nueva alianza con el de la antigua:

“Nos capacitó para ser ministros de una alianza nueva: no de la letra, sino del Espíritu; pues la letra mata, mientras que el Espíritu da vida. Pues si el ministerio de la muerte, grabado en letras sobre piedra, se realizó con tanta gloria que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés, por el resplandor de su cara, pese a ser un resplandor pasajero, ¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu! Pues si el ministerio de la condena era glorioso, ¿no será mucho más glorioso el ministerio de la justicia? Más todavía, en este aspecto, lo que era glorioso ya no lo es, comparado con esta gloria sobre eminente. Y si lo que era pasajero tuvo su gloria, ¡cuánto más glorioso no será lo que permanece!” (2 Cor 3, 6s).

El sacerdote está llamado a tener también el rostro de la gloria. Siendo ministros del Espíritu Santo contemplamos y descubrimos la santidad de Dios, es decir, su justicia: no es solamente la salvación, sino que es toda la obra de santificación. ¡Somos el rostro glorioso del Espíritu Santo!

Sabemos que “la gloria de Dios es el hombre vivo” (San Ireneo de Lyon). Si el hombre que vive es manifestación de la gloria de Dios, podemos decir, sin duda, que el sacerdote es la expresión más plena de esta verdad. En el segundo canto del siervo de Yahvé (Is 49) se afirma: “tú eres mi siervo, sobre el cual manifestaré mi gloria”. Es el deseo de Moisés: “Manifiéstame tu gloria”.

Y así vemos que sucede en el evangelio. Los discípulos contemplan esta salvación en acto delante de ellos. Hay una muchedumbre que se agolpa en torno a Jesús buscando lo que necesitan: la salud. Conmueve contemplar esa confianza radical, esa fe ciega en su poder y autoridad que se manifiesta en la conciencia de no necesitar más que tocar la orla de su manto para sanar.

Cuando un hombre, una mujer, se acerca a Cristo o a su Iglesia para encontrar la salud que necesita está, quizás sin darse cuenta, confesando implícitamente su fe. Es el reconocimiento de este poder y de esta autoridad que reside en la humanidad de Cristo, como la gloria que se oculta, pero está en el interior de una vasija de barro.

Por eso hoy y siempre, la humanidad entera quiere tocar a Cristo, por eso se amontonan y se agolpan sobre él. Dice el evangelio que los que acusaban cualquier clase de dolencia iban a él, todos sin excepción. Los sacerdotes somos esa orla de su manto; y los que nos tocan se curan. Somos vasijas de barro, pero llevamos en nuestro interior un tesoro de gloria. Somos ministros de la gloria de Dios.