“¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿Por qué tiene que sucederme esto a mí?”… A la luz de la parábola del siervo sin entrañas, nos han tratado mal; nos han hecho daño, y pensamos que no lo merecemos… Sin embargo, Dios no permitiría que sufriéramos eso si no fuera para obtener un bien mayor. Incluso en las ofensas que nos hieren hay una palabra del Señor para nosotros:

 – Hay personas que sólo acuden a nosotros cuando nos necesitan. Jamás llaman para darnos una buena noticia, o para preguntar, sencillamente, qué tal estamos… “¿Y no haces nosotros lo mismo? Cuando te ilusionas con algo, metes allí la cabeza y el corazón de tal forma que apenas te acuerdas de Mí. Pero cuando las cosas se ponen mal, no tardas ni un segundo en pedirme auxilio… Yo te perdono y te comprendo. ¿No sabrás tú perdonar y comprender a tus hermanos?”

 – No me agradecen lo que hago… “¿Acaso me agradeces tú a Mí lo que hago por ti?” Yo te perdon, pero… ¿Perdonarás tú?

 – Me han traicionado. Yo confiaba en esta persona, y se ha aprovechado de mí… ¡No me digas nada, Señor! ¡Cuántas veces te fiaste de mí, y me aproveché de tus dones en provecho propio! Tú me has perdonado… ¿Sabré yo perdonar?

Repasemos las ofensas, injusticias y traiciones con que los hombres nos han dañado, y digamos si no son la única forma que Dios ha podido encontrar para que comprendamos lo que hemos hecho con Él… Miramos a la Virgen: nuestros pecados están llevando a la Cruz a su Hijo, y Ella nos abre sus brazos. ¿Sabremos perdonar también? ¿Sabremos dar gracias por las ofensas recibidas?