Hoy lunes santo nos adentramos en la Semana Santa, la semana más intensa que vivió Jesús y que nos revela de una manera definitiva la identidad divino-humana que Dios nos ha regalado a sus hijos y que define nuestra verdadera identidad. Somos todos llamados y destinados a la plenitud, a la resurrección, a la bienaventuranza, pero conviviendo en medio de los límites y las estrecheces de la historia humana. Jesús atraviesa el umbral del domingo de Ramos que le conducirá a la experiencia más intensa de su confianza y abandono en las manos del Padre. Jesús el domingo de Ramos entra triunfador en Jerusalén y a lo largo de la Semana Santa se va desposeyendo, despejando, liberando de todo lo que no es esencial en su vida. A Jesús le es arrebatado, todo lo que ha configurado su vida menos el amor. Cuando aparece el término teológico “kénosis”, se refiere a ese dinamismo de empobrecimiento voluntario.
En el Evangelio de hoy somos invitados a participar de la unción de Betania. El gesto compasivo que solo el corazón apasionado de María, la hermana de Marta y Lázaro puede tener para aliviar la carga del peso de la cruz que sobreviene a la vida de Jesús. La unción de Betania se convierte en consuelo en medio de la oscuridad. Oasis en el desierto del Triduo Pascual. Transfiguración y derroche de luz de Dios camino de Jerusalén. La intuición de María es sanadora, como cada gesto o palabra de amor que se realiza con Jesús. Es una “obra bella” que, pasando por el cuerpo, por la intuición y por los sentimientos de esa mujer la convierte en anunciadora del Evangelio. La escena de la unción de Jesús con perfume debió resultar tan impactante que los cuatro evangelistas decidieron incluirla en sus diferentes versiones. En vísperas de la Pascua. Este hecho provocó el escándalo de los discípulos.
Ver el cuerpo de alguien como vehículo de amor y de ternura, nos sigue provocando rubor y extrañeza. Lo hemos situado en el terreno de la intimidad. Por eso la incomodidad de los discípulos provoca su reacción de darle un sentido utilitarista al perfume. Lo hubieran proferido vender para dar dinero a los pobres. Jesús sin embargo defiende a la mujer, que ha realizado con él una obra bella anticipándose a su muerte. Cada uno de nosotros tenemos que establecer con Jesús un vínculo personal a partir de nuestra individualidad. La mujer del perfume no estaba invitada a la casa, aparece por su cuenta, se cuela en la escena y realiza un gesto que perturba a los comensales. María rompe el frasco, esta decisión implica la voluntad de usar todo el contenido de una sola vez, no lo dosifica, no lo mide, no lo calcula. La opción es definitiva, no tiene vuelta atrás. Así se nos invita a que sea nuestro compromiso con la fe. María no le pide nada a Jesús, no espera nada. Ella encuentra su alegría en la gratuidad absoluta que solo Jesús comprende. Derrama el perfume sobre la cabeza de Jesús. En la vida corriente de los judíos los huéspedes derramaban un poco de perfume sobre la cabeza de sus invitados como señal de hospitalidad. Sólo Jesús es capaz de descubrir el sentido y el alcance del gesto de la mujer. La unción evoca a Jesús como Cordero de Dios. Al derramar el perfume sobre su cabeza, la mujer actúa como la buena pastora que protege y reconforta en la esperanza, antes del sacrificio inminente de la cruz.