La traición es parte del desamor. Cuando el corazón pierde el frescor, cuando se acumulan las decepciones. Cuando se deja de confiar en aquel a quien se ama, ahí el corazón deja de creer y se convierte en traidor. Rompe el vínculo con el amado y el desinterés y la indiferencia sustituyen la admiración y el cuidado. Judas es el deicida (el que mata a Dios), y es el suicida, una de las figuras de la cultura actual, que sigue ninguneando a Dios, que le mata diariamente en la cerrazón y negación de su presencia, y que termina en la cultura del suicidio y de la muerte, porque sin la Vida y el Amor de Dios, el hombre no soporta su existencia y acaba por destruirla. Judas es el único discípulo que tiene la osadía, o la libertad, de plantear preguntas incómodas en la vida de Jesús. Pero Jesús no le impidió participar de aquella última cena, de echo le llama amigo.

Judas amaba a Jesús, captó su mensaje renovador, liberador, de valoración absoluta de la dignidad humana. Lo que no confío en los caminos elegidos por Jesús para llevar a cabo su misión. Judas pensaba en otras estrategias, en otros caminos, tenía su propia opinión e imagen de lo que significa ser “Mesías”. La popularidad creciente de Jesús, el influjo de sus gestos y palabras para el pueblo oprimido de Israel, le hizo interpretar la liberación de Jesús en clave histórica, bélica, con la violencia ejercida contra el poder de Roma. Judas se sentía desconcertado por Jesús. No actuaba como un revolucionario que quiera entablar un alzamiento contra el opresor. Vive Jesús atento a lo que Judas considera una pérdida de tiempo. Juega con niños, entabla conversaciones con enfermos, cura a una anciana encorvada. ¿Pero es así como se libera a un pueblo? Jesús habla con pasión de su relación con su Padre, de cómo es el dinamismo del Reino, pero Judas no acoge esa nueva enseñanza y esa nueva vida que Jesús el ofrece. Y ahí nos podemos sentir muy identificados con él. Nosotros también proyectamos muchas expectativas respecto a nuestra relación con Dios. Si Dios nos quiere tendría que irnos la vida de forma diferente. La salud, el trabajo, la familia, los efectos, todas nuestras aspiraciones se tendrían que ver realizadas si Dios nos quisiera. Es la misma “traición” que vivió Judas.

Impresiona saber que Jesús conocía la intención de Judas. Él sabía lo que hay en el corazón de cada persona. Pero no lo expulsa, no lo rechaza, no escapa de su final inminente. Cómo a nosotros se nos invita diariamente a abrazar la cruz, lo inevitable, sabiendo que Dios lo va a convertir en momento revelador de su amor. Con un beso señaló Judas quien era Jesús. Es tan fácil instrumentalizar un gesto de amor y convertirlo en camino que lleva a la muerte. Cuantas veces con apariencias amables se siguen llenando de víctimas las páginas de la historia. El final de Judas fue el suicidio. No soporté el sentimiento de culpa ante la muerte de Jesús. Que no nos traicionemos a nosotros mismos, ni a nadie a quien amamos.