El evangelio de hoy refleja muy bien lo que pasa en el corazón humano cuando se encuentra con Jesús: división, preguntas, resistencia… y también apertura.

La gente escucha a Jesús, pero no todos llegan a la misma conclusión. Unos dicen: “es el profeta”. Otros: “es el Mesías”. Y otros lo descartan rápidamente: “de Galilea no puede salir nada importante”. No es tanto un problema de información, sino de disposición interior. Todos ven lo mismo, pero no todos están abiertos a acogerlo.

Esto también nos toca de lleno en la Cuaresma. Porque este tiempo no va solo de hacer cosas, sino de dejarnos cuestionar de verdad por Jesús. Y eso no siempre es cómodo.

A veces, como esa gente, podemos encerrarnos en nuestras ideas: en lo que creemos saber, en lo que encaja con nuestros esquemas. Y desde ahí, juzgar rápidamente, sin dejarnos interpelar.

Sin embargo, hay dos detalles muy significativos en el evangelio.

El primero, la reacción de los guardias:

«Jamás ha hablado nadie como ese hombre».

No son expertos, no tienen grandes argumentos, pero han sido tocados por algo que no saben explicar. Es la experiencia sencilla de quien se deja sorprender.

El segundo, la figura de Nicodemo. No hace una gran defensa de Jesús, pero da un paso importante: pide que se le escuche antes de juzgarlo. En medio de un ambiente hostil, introduce una pequeña grieta de honestidad.

Quizá la Cuaresma se parezca mucho a eso: no siempre damos pasos espectaculares, pero sí podemos avanzar en sinceridad interior. Pasar del juicio rápido a la escucha, de la cerrazón a la búsqueda.

Porque, en el fondo, el riesgo no es rechazar a Jesús de forma consciente, sino hacerlo casi sin darnos cuenta, por prejuicio, por rutina o por superficialidad.

Este evangelio nos deja una pregunta incómoda pero necesaria: ¿estoy escuchando de verdad a Jesús… o ya he decidido lo que pienso sobre Él sin dejarle hablar?

Aún estamos a tiempo. La Cuaresma es ese espacio en el que Dios sigue abriendo caminos, incluso en medio de nuestras resistencias. Y a veces basta algo pequeño —como la sorpresa de los guardias o la honestidad de Nicodemo— para que empiece a cambiarlo todo.