Hoy lunes escuchamos a Jesús invitándonos a ser felices, nosotros, los que nos descubrimos perfectamente imperfectos, los que convivimos con los límites propios y con el de los demás. Felices los que construimos nuestra vida en la experiencia real de pobreza, de lágrimas, de situaciones de guerra, de conflictos. Los que ejercemos la misericordia como único camino que permite la convivencia. No fantaseamos con situaciones ideales y paraísos artificiales que se nos ofrecen como espejismos que atajen el camino de hacernos verdaderamente humanos. Lo primero que anuncia esta oferta de dicha es el reconocimiento de una vida que lo recibe todo de Otro. Cuando definimos algo como humano, estamos diciendo que viene de «humus», del polvo de la tierra. Adán, el primer hombre, viene de «adamá», que significa barro. Proviene del hebreo אָדָם (ʼĀḏām), y significa «hombre», «rojizo», «sangre», o bien «hecho de tierra»; hombre de la tierra. De tierra roja.

Recordar nuestro origen como barro, nos introduce es la experiencia de humildad. Es reconocer a Dios como el Alfarero, el que nos modela, el que nos crea, por amor «a su imagen y semejanza». Es reconocernos dependientes y necesitados de aquel que nos cuida y nos va dando lo que necesitamos de forma providente. Seguros de que ese barro que nos constituye, es portador de un tesoro que somos cada uno de nosotros. Y que a lo largo de nuestra vida tenemos que descubrir. «Ese tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que su fuerza superior procede de Dios y no de nosotros.» (2ª Cor 4,7).

Esa es la experiencia de Jesús en las Bienaventuranzas, no son un manual teórico de pautas de comportamientos. Son un compartir existencial y autobiográfico al que Jesús nos quiere y nos invita a introducirnos. No es algo que tengo que «hacer», cómo mérito, como conquista, cómo condición para ser digno de su amor. Es un reconocimiento del «ser». Felices, no los que se hacen pobres, sino los que reconocen que ya lo son. No son un mapa, o un plano, para llegar a un destino. No son un manual de instrucciones, o cómo las indicaciones que nos da Ikea para montar un mueble. Es la invitación que nos hace Jesús, una llamada personal a recorrer con Él un camino en lo concreto de nuestras vidas.