SALVA

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Libro de los Reyes 2. 1. 6-14; Sal 30, 20. 21. 24 ; san Mateo 6, 1-6- 16-18

Salva era un chaval que conocí cuando él contaba unos nueve y a mí me quedaban por delante todos los años de seminario. Desde pequeño era el matón del barrio, el que se juntaba con los “malotes” mayores que él, decía más tacos y presumía de hacer las locuras más grandes. Sacaba las peores notas, rompía más cosas que nadie y, por supuesto, fumaba más que nadie. Vacilón, pendenciero, abusón y arriesgado. Esa era la imagen que daba Salva y que, en parte, se había ganado a pulso, aunque cuando había que cruzar algún río en alguna excursión había que llevarlo de la mano pues se moría de miedo, aunque jamás lo reconociese. Unos años después fui a verle a un psiquiátrico y era entrañable ver al “matón” preocupándose de los otros enfermos, compartiendo sus chocolatinas y dando conversación (las más de las veces sin demasiado sentido) a los otros internos. Cuando a veces venía a verme cuando estaba en la parroquia en la sierra decía que quería ser monaguillo (se le hubieran caído las vinajeras por temblor de las manos) y pasaba sus ratitos en la Iglesia contándole “sus cosas y las de los demás” a Jesús. A veces se escapaba de su casa con su “colega de la vega” a ver si podían pasar el fin de semana en mi casa, con el riesgo de que se les ocurriese ir a darse un baño a un pantano a las tres de la mañana. La última vez que le vi fue en el tanatorio, pidiendo por su eterno descanso y que le contase, ya cara a cara, todas sus cosas a Jesús a quién descubrió en la enfermedad y en los amigos.
Nadie diría que Salva rezaba (tal vez ni él mismo), pero lo hacía. Cuando alguien se me acerca y me dice presumiendo la cantidad de horas que reza me echo a temblar y, si me encuentra con la “caridad un poco baja”, le digo que son pocas, que se pueden rezar veinticuatro horas de las veinticuatro del día.
“Tu Padre, que está en lo escondido, te lo pagará.” La piedad, la caridad y el sacrificio huyen de la presunción. Se descubre rápidamente cuando la “caridad es una farsa.” O nace del amor al corazón de Jesús traspasado por nuestros pecados o se queda estéril, sin fruto, vacía. Descubre la inmensa humanidad de los santos, que huyen de ser “raritos,” de proclamar a los cuatro vientos lo que ellos hacen y sólo muestran lo que Dios hace en los que le aman, aunque sea sin merecerlo.
“Amad al Señor, fieles suyos: el Señor guarda a sus leales y paga con creces a los soberbios.” ¿Crees de verdad que cuándo te presentes ante el Señor le vas a presentar una lista con la de cosas que has hecho por Él? ¿Le vas a pedir cuentas del tiempo “perdido” en su servicio? No será más cierto que descubrirás todo lo que Dios ha hecho por ti y cómo ha tenido que superar todos los obstáculos que tú y yo le hemos puesto.
Si algún día te entra la vanidad por lo bueno que eres te aconsejo que busques una Iglesia, ponte delante del sagrario, “ocúltate en el tabernáculo,” y pide perdón por poner tantos obstáculos a la Gracia y, después, mortifícate un poco para bajarte los humos.
Dios da su Gracia a quien quiere, hasta a Salva, y a quien la pide con humildad. Pídele a la Virgen que te conceda de su Hijo los dones de ser caritativo, piadoso y entregado pero que nunca te creas que es una conquista tuya: aunque creas que te ha costado mucho más le ha costado a nuestro Dios.

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