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Mirad

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Ha comenzado la Semana Santa  y estamos en la recta final de la Cuaresma. Celebramos los misterios centrales y fundamentales de nuestra fe. La pasión, muerte y resurrección de Jesús nos ha cambiado la vida y es el desenlace que nos salva. La liturgia en estos días nos presenta los últimos días de la vida de Cristo, su última semana, para que nos preparemos para el Triduo Pascual. Son muy importantes  los pasajes que vamos a escuchar o leer durante estos días porque van a ir desvelando la figura y profundidad de la misión del Salvador.

Hoy, Jesús está en casa de sus amigos donde siempre ha acudido para descansar, reponer fuerzas y disfrutar de su compañía; un paréntesis para seguir adelante el camino de su misión. María, como una premonición, sin saberlo,  prepara el cuerpo de Jesús para ser entregado y sacrificado; lo unge con perfume carísimo que el Señor lo  justifica porque algo así sólo podía guardarse para su sepultura. María, la hermana de Marta y Lázaro, no deja de admirar, de contemplar y escuchar a Jesús, a la Palabra hecha carne, y es para ella el más importante, mostrándolo con el gesto de hoy. Para nosotros, es la invitación a que sea el más importante de nuestra vida, a adorar al que es nuestro único Señor, el que libera de sufrimientos, pesos, culpas y complicaciones nuestra vida pecadora con su oferta salvadora de conversión: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco.

Cristo es el Siervo de Yahvé que describe proféticamente Isaias en la primera lectura. El nos trae la justicia, la verdad. Es la respuesta a nuestras plegarias y el cumplimiento de la promesa de Dios a su pueblo. El Señor nos cuida y conoce nuestra fragilidad. Por ello, la caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Por muy perdidos o apartados que nos sintamos, o si lo estamos pasando mal, el Señor está con nosotros y sabe como ayudarnos. No tenemos que resistirnos, ni tener miedo, no nos quebrantará, ni hará nada que nos perjudique. Así lo creían y sentían los hermanos de Betania. Estar con Jesús, y en estos días que vivimos los cristianos, es llenarse de perfume tan agradable y de tan buen olor en nuestra vida como se lleno la casa de Betania. Este perfume son nuestra fe, nuestra confianza, traducida en buenos pensamientos, palabras y, sobre todo, obras, buenas obras que transforman todo a mejor.

No se si esta cuaresma te ha servido de algo, pero tus sacrificios, decisiones correctas y tu trabajo en buenas acciones por ser cada día más la persona que Dios ama, eso es lo que vale. Vociferar, destacar, o llamar la atención con locuras y utilizando lo que sea, no te va ayudar en tu vida, ni va a salvarte de nada. Mira al que sabe lo que es la vida de verdad, al que nunca te va a engañar, al que te quiere bien de verdad, al que no te abandona, al que ha dado la vida por ti. Mirad, el Señor es mi luz y mi salvación.

Manual

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Comiendo con unos amigos de mis padres en una ocasión, surgía en ellos hablar de su vida religiosa y sus ideas sobre la misma. Siempre que las personas que se dicen creyentes quieren justificar su vida poco o más cristiana, lo hacen diciendo que intentan cumplir los mandamientos y les resulta muy difícil, “es posible sólo para los santos”, o que cumplen los mandamientos porque no matan, ni roban, ni… Para ellos, ser religioso se reduce a una conducta más o menos moral conforme a unas normas que son los mandamientos y ya está.

Pero, podemos afirmar que el llamado “Sermón de la Montaña”, y dentro de él las “Bienaventuranzas”, son el meollo, la médula espinal de todo el Evangelio. Los mandamientos de la Ley de Dios son como “el suelo” por donde caminamos para no “caernos”, lo más básico para vivir moralmente. Ahora, para vivir nuestra fe, la “guía” para caminar en nuestras vidas, para seguir a Jesús y aprender a vivir lo que nos propone, son las Bienaventuranzas.

Ellas, por sí solo, comprimen la Buena Noticia que Jesús ha venido a traer al mundo. Constituyen la línea revolucionaria que trae Dios a la tierra. Las Bienaventuranzas son la norma suprema de conducta del cristiano, seguidor de Jesús. No están redactadas como leyes o mandamientos a manera de imperativo. Son invitación e indicativo de una oferta de transformación en el amor. Son la gran propuesta revolucionaria a la libertad del hombre que, si la acepta, va transformándole en el ideal de persona que Dios proyectó desde su providente plan antes de la creación del mundo. Recordemos aquella cita evangélica que jamás debemos cansarnos de recordar: “por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Efesios 1,4). Para eso hemos sido creados… ¡para nada más!

Las Bienaventuranzas son Evangelio, buena noticia, y por tanto invitación a la alegría. Bienaventurados, dichosos, felices, alegres…Parece que a Jesús se le llena la boca y el corazón de gozo al anunciarlas después de vivirlas Él.

Leyéndolas hoy comprendemos las palabras de San Pablo a los Corintios: lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. La vida cristiana no se trata de vivir normas por las normas, ni de complicarnos la vida. Se trata de hacerse un corazón de pobre, consciente de su vacío que Dios solo puede llenar. Un corazón que no busca poseer sino darse; que se apoya solo en Dios, se pone en sus manos y vive como peregrino, desprendido de lo que no tiene valor absoluto y disfrutando con lo que recibe de Él. Así lo destaca el salmo 145. El corazón de pobre no es orgulloso ni testarudo, ni se hace el centro de nada ni se cree el ombligo del mundo. Dios nos invita a ser pobre de corazón porque este es humilde, sencillo, amable, abierto a los demás y generoso. En mi experiencia, gente así es feliz porque su bondad atrae la simpatía de los demás y recibe lo que da.

Nosotros somos parte de la Iglesia y esta es pueblo de las Bienaventuranzas. Únicamente en ella pueden estas nacer y desarrollarse. Porque en ella Jesús ha puesto los medios necesarios: su Palabra, su presencia real, los Sacramentos, el Magisterio, la Tradición, los santos. No perdamos más tiempo, y en nuestro camino de conversión, pongámonos manos a la obra y utilicemos como guía vital todas y cada una de las Bienaventuranzas.

Autoridad

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¿A quién escuchamos?¿A quien hacemos caso?¿De quién aprendemos?.. Habitualmente cualquier persona lo hace de aquellas personas que tienen autoridad para ella, ya sea por quien es, por el testimonio de su vida, por algo importante que ha hecho, por los vínculos afectivos fuertes que les une, etc.

Nos solemos quejar de nuestra falta de fe, de que no tenemos certeza de que nos preste atención y no vemos que el Señor haga algo. A veces no lo decimos, pero lo pensamos en nuestro interior. Nos cuesta escucharle y aunque en el fondo y detrás de mucha palabrería y justificaciones inconsistentes, sabemos lo que tenemos que hacer. En las lecturas de la liturgia de hoy nos presentan varias personas que reconocen la autoridad, el poder de Dios y tuvieron fe en Él. Por ello, le escucharon, le hicieron caso, le obedecieron y en su vida ocurrieron maravillas, hechos extraordinarias, cosas buenas, acontecimientos importantes que determinaron su vida para bien.

La gente quería escuchar a Jesús, le seguía y acudía a Él. Era tanto y tantos que el Señor pide a los apóstoles que le lleven a la otra orilla para descansar. La verdad es que ante la fe de esta gente por la autoridad que reconocen en Él contrasta la falta de fe de los apóstoles en la barca, su miedo. ¿Con quién te identificas? ¿Cuál es el personaje que más te define? Reflexiona, mira el contexto en el que se encontró en su vida, como se comporta y como responde al final al Señor.

« ¿Pero quién es este? .. » Hasta que no reconozcamos de verdad su poder, su autoridad no podremos convertirnos, no podremos seguirle. La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve.

Encomienda

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Encomienda tu camino al Señor, confía en él, y él actuará; estamos viendo estos días como tenemos que convertirnos constantemente y dar testimonio de vida. La fe nos lleva a la confianza en el Señor y confiar nos ayuda a fortalecer nuestra fe. El salmo de hoy nos invita a tener paciencia y descubrir que el tiempo puede estar a nuestro favor, cuando se le deja actuar a Dios.

La paciencia no es solo un don del Espíritu, sino una virtud que adquirimos por ejercerla de forma asidua en los avatares de nuestra vida cotidiana. Hay que tener voluntad de ser pacientes y eso requiere reflexionar sobre nuestra fe y vivirla con entera confianza y abandono convencido en las manos del Señor.

¿Cómo? Como nos lo enseña la parábola que cuenta el Maestro de Vida, Jesús, en el evangelio de hoy. Las parábolas del reino son también una auténtica escuela de sabiduría para la vida. El sembrador no sabe cómo pero pasa el tiempo y haciendo la voluntad de Dios la semilla va creciendo, germinando y da fruto. Lo mismo sucede en nuestra vida, en nuestro proceso de conversión personal. Tenemos que darnos tiempo y unas veces dejar reposar las cosas y otras afrontarlas sin tardar. Lo que determinará este actuar será nuestro discernimiento de las mismas, preguntarle al Señor como lo ve, que piensa de ello, orarlo y dejarnos aconsejar por Él. Es todo un arte que se aprende con la práctica y la voluntad de querer hacerlo.

Es muy importante ser conscientes y aceptar que los tiempos de Dios no son nuestros tiempos y la humildad ante ello y nuestra paciencia serán nuestras poderosas aliadas. Por ello, encomiéndate siempre al Señor y vivir conforme a esta encomienda, El siempre actúa tarde o temprano, en el momento adecuado. Leamos el salmo 36 una y otra vez, nos ayudará.

Testimonio

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Estamos viviendo en una sociedad que cada día vive más al margen de la existencia de Jesucristo. Cada vez más el ambiente general es más indiferente a la fe cristiana.  Todos lo estamos viviendo y experimentamos lo difícil que es ser natural en medio de este ambiente, hablar de nuestra fe y vivir conforme a lo que nos enseña. Uno de los peligros que corremos es camuflarnos en la masa e intentar pasar desapercibidos, llegando a renunciar incluso a nuestros principios cristianos y convertir nuestra fe en un conjunto de ideas vacías y buenos propósitos.

Cuando hablamos de ello en la parroquia, frecuentemente me comentan que al final es como si vivieras una doble vida o múltiples vidas, según con las personas que estés: en el trabajo, en el colegio, con los vecinos, con amigos, en la familia, en la parroquia en casa, etc.

Hoy más que nunca hay que crecer y madurar en la fe hasta niveles que otros puedan decir de nosotros lo que Pablo escribe a Timoteo del testimonio de su fe y de la de su abuela y su madre. No nos damos cuenta a veces, pero Timoteo ha crecido y se ha convertido de esta manera a Cristo,  gracias a la ayuda del testimonio de su familia, de su abuela y su madre. El testimonio de nuestra fe no solo nos beneficia a nosotros, sino también, a los que comparten nuestra vida. Si dejamos de vivir la fe y de hacerlo con coherencia y naturalidad en todos los ámbitos de nuestra vida, pronto no habra ni abuela, ni madre, ni padre…, que de un testimonio que ayude a tantos que no conocen al Señor o que se tienen que iniciar cristianamente.

Jesús hoy nos enseña cual es la actitud con la que tenemos que vivir. Tenemos que ser tierra buena. En esta parábola nos ayuda a comprender la importancia de la Palabra de Dios y cómo nos tenemos que situar ante ella: escuchar, aceptar y dar fruto. El resultado de esta actitud ante su Palabra es una vida de conversión que es testimonio para los demás. Párate hoy a reflexionar sobre ello. Nos estamos jugando mucho  y nuestra persona puede estar en la actitud de “otros terrenos” y la Palabra de Dios no puede arraigar en nosotros, no avanzamos. Incluso, nos podemos estar enfriando y alejando, luchando inútilmente y viviendo una vida esquizofrénica. Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, todo lo contrario, nos ha dado un espíritu de energía, amor y buen juicioNo te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor.

Conversión

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El comienzo de un nuevo año es un momento en el que generalmente todos tenemos nuevos propósitos con los cuales queremos mejorar nuestras vidas. Después de la intensa y entrañable celebración de la Navidad, parece que el cambio de año nos trae nuevas energías y una oportunidad de mejorar como personas o cambiar algo que no nos gusta. Los gimnasios se llenan, las matriculaciones en cursos de formación se multiplican, muchos se ponen a dieta, otros hacen planes para ponerse manos a la obra en algún proyecto que llevan mucho tiempo queriendo empezar.

Todos queremos cambiar algo de nuestra persona o vida para mejorar. Somos seres en cambio constante, a medida que el tiempo pasa. La Palabra de Dios nos habla hoy de cambio. San Pablo nos comparte en la primera lectura su experiencia de fe que cambió radicalmente su vida. El evangelio nos habla de conversión, un cambio o un conjunto de cambios que salvan la vida de una persona.

El camino de la vida de fe es un camino de conversión, un proceso constante de cambio que transforma nuestra vida; algo necesario para todo aquel que quiera realmente seguir a Cristo, ser discípulo suyo. Jesús envía a los apóstoles con este mandato: ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. Les envía a provocar y proponer esta conversión a todos sin escepción. Esta es la voluntad de Dios que busca la participación de nuestra voluntad para acoger la llamada y responder libremente a ella, algo que tiene consecuencias: El que crea y se bautice se salvará.

Así se siente Pablo y lo experimenta a lo largo de su vida de fe, acogiendo la voluntad de Dios y llevando adelante su misión como testigo ante todos los hombres, de lo que ha visto y oído. Hoy nos podemos preguntar cuál ha sido nuestra experiencia de fe y cual es nuestra experiencia de conversión. Si acogemos con libertad y apertura de corazón este proceso de cambio continuo o nos cerramos en nosotros mismos y en lo que no nos terminamos de decidir para cambiar.

En este primer mes del año, aprovechamos para dar un impulso a nuestra propia conversión a Cristo. Hay que seguir madurando en la fe dando pasos para que cada día lo vivamos más cristianamente, más según Su voluntad. No dejes de convertirte, de dejar que Él te transforme dentro y fuera. Pero, no podemos olvidarnos que caminamos al lado de otros que también quieren cambiar o están cambiando y quizás quieren convertirse. Comparte este camino, ayudémonos los unos a los otros.

Lo importante

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¿Que es lo más importante para vivir cristianamente? Esta es la pregunta que me hicieron una vez en la reunión de una comunidad de adultos de mi parroquia. La respuesta la puse en manos del grupo y, en un dialogo participativo, unos dijeron que cumplir los mandamientos, otros que celebrar los sacramentos, otros que ir a Misa, etc. La respuesta la da el mismo Jesús hoy en el evangelio: El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre. Esto es lo más importante para un cristiano, es lo propio de los hijos de Dios. Todo lo demás nos ayuda a conocer esta voluntad y a vivirla en nuestra vida.

La verdad es que hay cristianos que se empeñan en hacer cosas muy raras o lo más complicado del mundo para vivir la fe. Otros se enredan en sacrificios físicos tabulados para realizar supuestas fórmulas. Otros lo interpretan de un modo reduccionista, viviéndolo solo desde la moral, o desde la piedad, o desde lo social-caritativo, o desde lo sacramentalista, etc. Pero, no es así.

«He aquí que vengo para hacer tu voluntad», así lo aprendieron los apóstoles y lo enseña San Pablo en su carta a los hebreos. Es la tarea fundamental de todo discípulo de Cristo y para ello Dios nos ha dado a través de su Iglesia todos los medios necesarios para poder hacerla. Nos ayuda a conocer su voluntad: escuchar, leer, meditar, interiorizar… la Palabra de Dios, hacer oración, acudir a los sacramentos, participar de la vida parroquial (compartir la fe en comunidad, formarnos en la fe, hacer revisión de vida en nuestro grupo cristiano de referencia, ayudar como agente de pastoral, etc).

Todos estamos llamados a la santidad porque es la meta de todo el que quiere seguir a Jesucristo, la forma más plena de vivir la vida cristiana; es nuestra vocación universal: Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación de cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre ¿Por qué nos perdemos por las ramas o nos empeñamos en complicarnos la vida? ¿Por qué nos cuesta tanto buscar la voluntad de Dios y cumplirla? Quizás porque es más fácil o menos comprometido cumplir ritos o normas a nuestra manera. Quizás porque queremos hacer nuestra voluntad y nos cuesta renunciar a ella. Hay que salir de nosotros mismos y encontrarnos con Él, buscarle, conocerle. Tenemos que repetirnos mucho más y poner voluntad en ello: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Dejar

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Normalmente las personas tenemos buenas intenciones y queremos hacer cosas para bien de los demás y del propio. Es algo que nos satisface y nos hace sentirnos bien en nuestro interior. Es verdad que hay algunas personas que no lo viven así, o sienten lo contrario: cuando realizan acciones que están mal. Pero, en mi experiencia estas personas son raras y suelen sufrir trastornos ocasionados por diversas causas derivadas de sus acciones anteriores o de las de otros que les han perjudicado. Pero sabemos que no solo basta con tener buenas intenciones para hacer buenas obras o el bien. Hay que tener voluntad y hacerlo, sin dejar pasar la oportunidad.

El Espíritu Santo es necesario para tener la clarividencia y la fuerza para pasar de las buenas intenciones a los actos. Es el que está moviendo y guiando a Jesús, por eso hace maravillas (nos dice el salmo 97), hace milagros y sus palabras transforman los corazones. Es algo que no querían ver los escribas en el pasaje de hoy de Marcos y por ello calumnian a Jesus. Los vicios generados en ellos por no haber pasado en muchas circunstancias de las buenas intenciones a los actos, haber hecho lo contrario, o haber dejado de hacerlo, es lo que no les deja ver. El Señor desmonta su tesis con estas parábolas que aplican sentido común a lo que El hace. El obedece perfectamente al Espíritu y su voluntad actúa sin demora conforme a la voluntad de Dios, por ello les hace caer en la cuenta de la gravedad de sus acusaciones.

Tan importante es saber reconocer la moción del Espíritu o movimiento en nuestro interior, en nuestra persona, como saberla reconocer en los demás. Porque no hacerlo es cerrarse a la acción divina, a su voluntad, y correr el peligro de rechazar al Señor o ignorarle.

Jesús actúa, vive, habla, siente, sacrifica, etc, y siempre desde el bien, con el bien y para el bien. La mayor prueba de la equivocación de sus detractores es su entrega hasta dar la vida por nosotros para salvarnos del pecado, de lo que nos impide pasar de las buenas intenciones a las buenas acciones. En Él vemos lo que puede hacer el Espíritu Santo y aprendemos a hacerle caso, a como tiene que ser nuestra actitud con Él. ¿Dejas entrar al Espíritu Santo en tu vida, en tu ser? ¿Lo sientes, le escuchas en tu conciencia? ¿Te dejas ayudar por el Espíritu? ¿Experimentas su fuerza salvadora? ¿A qué esperas?

 

Despreocupación

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Reunidos esta semana en uno de los grupos de jóvenes de la parroquia, me comentaban que todo va tan rápido hoy en día que no hay tiempo para parar, ni pensar. El ritmo de la sociedad, de la vida de la gente, parece que se acelera cada vez más. Todo tiene que ser inmediato. Si es para mañana, mejor; lo deseamos en un momento y tenemos que conseguirlo a continuación. No hay espera que valga, se esta perdiendo la habilidad de esperar, la paciencia para esperar, la generosidad de la espera. Y esto provoca que estemos tan preocupados por lo inmediato y lo particular, lo cotidiano, que pasamos por la vida y la vida no pasa por nosotros. Al final cada uno va a lo suyo y no le importa el de al lado. Este individualismo egocéntrico destruye lo común, a la sociedad y a las personas. Provoca una despreocupación por los otros, por el prójimo, por lo trascendente, por el futuro a largo plazo, por la meta o finalidad auténtica de nuestra vida. Se pierde la esperanza.

Las lecturas de este primer domingo del adviento nos llaman la atención sobre la despreocupación. Era la situación de los hombres en los tiempos de Noé y es sobre lo que San Pablo da consejos para salir de ella en la segunda lectura. Por tanto, estad en vela, nos dice el evangelio. Estad despiertos, esta es la actitud que Jesús nos pide para que la vida no pase, sino que se viva plenamente. La despreocupación por lo más importante, por lo auténticamente vital de nuestra vida es una negligencia y temeridad que nos adormece. Ese “estar dormido” de la Escritura es estar en lo superficial, sólo en lo material de la vida. Tenemos que despertar a nuestra “vida interior” donde el Espíritu Santo quiere habitar y nos abre los ojos para ser conscientes de nuestra realidad humana, que nos sorprende y nos proporciona certezas que parecen estar más allá de nosotros mismos, y lo están, lo son, la riqueza espiritual de la que es capaz el ser humano en el que Dios forma parte de su vida.

Pero, para despertar hay que “pararse” continuamente en nuestra vida y entrar en nuestra vida interior. La salvación es ya un hecho por Jesucristo y hay que sentirse salvados y vivir como tales. Como dice Pablo: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. No hay que dejar de actuar, no hay que mirar a otro lado, ni dejarlo para mañana. Nuestros buenos actos, como discípulos de Jesús, nos llevan a ser activos en esta espera creyente y alimentan nuestra esperanza. En el grupo de jóvenes nos hemos comprometido a abrir un hueco diario a la oración, al diálogo interior con el que nos trasciende y nos habita, para renovar nuestra esperanza en esta espera activa. El adviento ha comenzado, ¿te comprometes tú también? ¿Estas dormido? Despierta.

Cuidado

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Cuando trabajas y tienes una responsabilidad de equipo, o llevas adelante un proyecto, es muy importante sacarlo adelante y terminarlo. Si no, eres irresponsable y negligente. Puede haber un sin fin de causas y motivos que pueden dificultar la realización de un responsabilidad o un proyecto. Por ello, siempre se planifica y se tiene en cuenta que habrá imprevistos, afrontando todo lo que suceda. Todo esto cuesta esfuerzo y trabajo, y las personas ponemos en juego las capacidades y dones que tenemos.

En la vida, tenemos nuestro proyecto personal que sacamos adelante, nosotros mismos, con la ayuda del Señor y de los demás. Además, este proyecto esta enmarcado en otro más amplio que Dios tiene para el mundo. Ahora entendemos el pasaje de hoy del evangelio de San Lucas. En el, nos ayuda en esta tarea de vida advirtiéndonos de los peligros y tentaciones que nos pueden dificultar y hacer fracasar nuestra vida. Claro que se refiere a un proyecto personal de vida cristiana en el que reconocemos la acción salvífica de Dios y en el que hemos respondido con nuestro seguimiento comprometido. Los placeres de este mundo más superficiales y sus vicios correspondientes son los peligros más cotidianos que pueden desviarnos de nuestro camino y hacernos fracasar como hijos de Dios. Muchos hoy tienen una vida vacía, inestable y con una ansiedad de experiencias fuertes, por los desequilibrios que se producen como consecuencia de seguir una moral, de no tener límites o dejarse llevar por un edonismo egoísta. Ya nadie habla de pecados capitales, e incluso se carece de sentido de pecado, con lo que el mal se camufla, pasando desapercibido y causando daño sin freno.

También la falta de fe, de confianza en Dios, de visión sobrenatural de los sucesos y acontecimientos vitales, provocan el no manteneros en pie ante el Hijo del hombre cuando El vuelva.

Las virtudes que nos enseñan las Escrituras nos hacen fuertes y son parte de la ayuda que el Señor nos da para evitar caer en estas tentaciones. La laboriosidad, la pureza de corazón, la benevolencia, la generosidad, la humildad, la perseverancia y otras poderosas aliadas, forjarán en nosotros una personalidad que nos lleve a triunfar en el camino que Jesús nos propone en nuestra vida. Nos ayudan a crecer en fe, en la esperanza y en la caridad. Nos llevan a vivir que el Señor es la Roca que nos salva. No nos durmamos en los afanes de cada día, ni nos descuidemos, ¡cuidado! Vivamos el día a día conforme a la voluntad de Dios, en el Espíritu. Vamos hacia el paraíso, nuestro hogar, no te pierdas.

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