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Que la sal no viene de ti…

Escrito por Comentarista 4 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Ojo, que escuchas atentamente el Evangelio de hoy y te puede venir la tontería de creerte un superhéroe cuya fuerza nace exclusivamente de ti, y que cuanto tocas lo conviertes, como el rey Midas, en oro puro. Escuchas que eres la sal de la tierra y te dices, “es que soy así, no lo puedo evitar, voy sazonando el mundo con la verdad“. Esa chulería no te sienta nada bien, porque te separa de los demás por arrogancia y además por la falsedad de lo que crees. Si eres la sal de la tierra es por tu bautismo, no por tus cualidades, ¿sabes?, aquel día no te enteraste porque eras un bebé, bastante hacías con chillar y comer. Pero en aquel momento, cuya partida deberías tener enmarcada sobre el cabecera de tu cama, tus padres te hicieron el gran regalo de la dulce invasión de Dios en tu vida. De esa presencia interior, “más íntima que tu propia mismidad“, nace tu personalidad espiritual y la sal con la que estás dispuesto a sazonar el mundo entero.

Sí, dan ganas de sazonar este mundo con el calor de Nuestro Señor. A la vieja Europa, que después de la Segunda Guerra Mundial había ido construyendo su puzzle, le está llegando el momento de volver a desordenar sus piezas, acontecimiento que había previsto el San Juan Pablo II: del nacionalismo y de la ausencia de vertebración cristiana, el continente no se reconocerá y sólo quedará una estructura individualista dispuesta a rebañar el dinero propio, cada uno atendiendo a su negocio. Y la sal de la tierra es que la vocación política vuelve a servir al bien común.

Pero en tu trabajo ordinario puedes ser la sal de la tierra, porque tu cometido no es cumplir, sino vivir el trabajo con la misma pasión de Dios en el proceso de la creación del Universo. Y sazonas también el hogar de casa, no te contentas con preparar a tus hijos para el futuro laboral, sino para darles claves de advertir la presencia de Dios en la vida ordinaria.

Y tú como sacerdote no buscas facilitar cuatro palabras de cariño a los que acuden a ti, sino ofrecer la palabra del Señor. Contaba el entonces cardenal Ratzinger a un grupo de seminaristas, que en un campo ruso de prisioneros de guerra, un clérigo no católico se acercó a un sacerdote católico para confesarse, “¿y por qué?“, y el otro le respondió, “porque no necesito consuelo, sino absolución”. Es la palabra salvadora del Señor la que salva, no nuestros fáciles consuelos.

Piensa por tanto que ser la sal de la tierra es una nueva identidad que te ha sido regalada, no un logro personal.

“Tu esencia es dejarme hueco”

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El Evangelio de hoy produce mucha ternura en quien se pone a rezarlo. Los apóstoles se han puesto a hablar del Señor por todos los rincones, han hecho muchos signos, esos milagros que son consecuencia de andarse en la cercanía de Dios. No han parado, que es una frase muy española. Hay que imaginarse la cara de Jesús oyendo las historias que narraba cada uno, eran como niños, quitándose la palabra de la boca. Se les había concedido el regalo más grande que un ser humano puede tener en este mundo, tener al mismo Dios a su lado. Y a pesar de todo, se olvidarán de Él. Cuando llegue el momento de la verdad le dejarán solo, sudando sangre sobre la tierra, mientras ellos dormirán en la única noche verdaderamente importante de su vida. La naturaleza humana es así de olvidadiza y antojadiza.

Por eso el Señor tiene siempre una mirada de profunda piedad sobre el hombre, lo dice el final de la lectura de hoy, miraba a la multitud “como a ovejas que no tienen pastor“. Todos necesitamos una compañía de cerca en este mundo. Me fijo que últimamente los sacerdotes, a los que vienen a pedirnos cierto ánimo espiritual, no les tratamos como verdaderos pastores. Un pastor busca a la oveja para andarse con ella, saber de sus asuntos, poner aceite en las heridas, las cosas propias del pastor. Y en vez de enseñarles el placer de vivir con Dios en lo menudo, les redirigimos a cursos espirituales, a charlas de catequesis, que están muy bien, pero preferimos la comodidad de referirles a las grandes reuniones y no les sugerimos el acompañamiento personal, que es en el fondo lo que buscan. En el día a día de un cristiano hay muchos materiales grises con los que construir una monotonía que puede ser aún más gris. El sacerdote debe ser siempre la prolongación de la mirada del Señor sobre el mundo. Y el Señor trata muy de cerca, porque quiere de verdad.

Todo cristiano en el fondo es un testigo de la mirada de Cristo sobre él. Cada persona que reza en este mundo llena sus ojos de la misma piedad de los ojos divinos, y esto no es música celestial. El Señor quería que los suyos estuvieran advertidos de lo esencial, “veníos conmigo, si os pegáis a mí, haréis los mimos milagros que yo, miraréis como yo, vuestra esencia es dejarme hueco. Un enamorado sabe muy bien de estas intimidades. Uno de los pocos poemas en los que la enfermedad de Alejandra Pizarnik no le hizo mella, fue el dedicado al aniversario del amor con un chico. Le dice justo lo que Dios espera de mí, “recibe este rostro mudo, mendigo/ recibe este amor que te pido/ recibe lo que hay en mí, que eres tú

Va a depender de ti

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El Evangelio de hoy nos trae la archiconocida historia de la muerte del Bautista. Como el relato nos lo sabemos muy bien, y hasta Richard Strauss y Oscar Wilde le pusieron sus añadidos de música y ficción, prefiero referirme a la reacción de Herodes Antipas ante la persona del Señor al inicio de la lectura, es muy significativa. Ante una sorpresa tan inaudita como fue Jesucristo para los hombres de su tiempo, los contemporáneos se pusieron a encontrarle su casilla, eso se llama exactamente “encasillar. Tenía que ser un extraño espécimen espiritual o un profeta de los antiguos, como Elías. Herodes piensa que es el mismo Juan Bautista redivivo, porque en el fondo nunca pudo quitarse de la cabeza a su víctima.

Hay más personajes que aparecen en el Nuevo Testamento a quienes les llega la posibilidad de hablar de Nuestro Señor, como aquel ciego al que Jesús le hizo el milagro de ponerle barro en los ojos y pasar a la visión. Contestó así a los judíos que querían arrancarle su testimonio, “si es pecador, no lo sé; una cosa sé: que yo era ciego y ahora veo“. Es la respuesta más sensata de toda la Escritura. El ciego se remite a las pruebas que deja toda acción, en este caso las trazas de una inmensa bondad y de un inmenso poder. Pedro responderá desde la gracia de Dios al interrogatorio del Maestro, “tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo“. El pobre pescador, y aún así primer Papa de la Iglesia, se atrevió a decir tanto porque contó con la inspiración del mismo Dios. Nadie es capaz de subir tan arriba y ser tan atinado en su juicio si no existe una estrecha sintonía con el misterio de Dios.

Veamos por tanto las cartas que tenemos sobre la mesa. Herodes responde desde la insensatez, sus propios prejuicios, el atolondramiento, el desconocimiento, todo eso tan poco juicioso. El ciego desde el sentido común. Y Pedro desde la gracia. Hoy el Señor te podría hacer una propuesta, permíteme el atrevimiento de revelártela: que entres en una iglesia, la más próxima a tu casa o lugar de trabajo, y le digas mirándole más allá del sagrario quién es Él para ti. En tu respuesta se juega toda tu vinculación con el hecho cristiano. Todo va a depender de Él y de ti, de vuestras citas de reconocimiento, en las que el Señor también quiere proponer su definición de ti, “eres mi hijo, aunque te parezca que me escondo, te prometo que nunca he dejado de hablarte, no puedo mantenerme al margen de ti.

La duración y la esperanza

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Alguien tendría que narrar una biografía novelada del anciano Simeón. De él hay poca cosa, sólo conocemos una escena, es tan poca la información que habría que echarle mucha ficción al resto. Pero del Evangelio presumimos que era justo, piadoso y esperaba el consuelo de Israel. Son tres rasgos que si asemejáramos el hombre a un árbol, serían las tres ramas más importantes del tronco. Una justicia natural, una vida inmersa en Dios y una desmedida esperanza, porque la suya era ni más ni menos que la esperanza de la llegada del Mesías, no una esperanza low cost. Un hombre inadvertido, anciano ya, con las rarezas de quien lleva mucho tiempo sobre la tierra, que hacía vida en silencio hasta que el Señor pone en sus manos el regalo de su presencia.

Es lógico que casi todos los pintores barrocos se fijen en este personaje cuando la protagonista debería ser la pareja de jóvenes, la sagrada familia, que había ido al templo para cumplir con la ley. El cuadro de Rembrandt es el más conocido, el anciano mira sobrecogido al cielo, abraza al Niño como el que ha conseguido por fin la prueba de la propia existencia, “es cierto, Dios me hizo una promesa, Dios me la acaba de confirmar”. Hay en esta escena una enseñanza que no debemos olvidar, Dios siempre responde, no sólo escucha, responde. Sabe cuándo poner su mano en la tierra para que su sorpresa nos haga todo el bien que necesitamos.

A Dios le preocupa el “cuándo” del hombre, sabe que nos movemos en el desasosiego y eso le hace daño, porque un padre no espera que su hijo desconfíe de él. Igual que los niños caprichosos, nosotros queremos las cosas a golpe de doble click, y a Dios le asusta la inmediatez, porque sabe que la edificación espiritual se parece mucho a la edificación de castillos y pirámides. Trabajo previo, tiempo. La poetisa argentina Alejandra Pizarnik, que sufría un trastorno bipolar que le ahogaba las alegrías de lo cotidiano, dejó escrito una colección de diarios en los que narraba sus angustias. Una de ellas bien que la subrayó, “tengo comprobado que la duración me espanta“. Y sin embargo, la duración es posibilidad de ver a Dios en la tierra.

Querer las cosas “para ya” es apropiarse de Dios, servirse de Él como de un recadero. Embarcarse en la duración es vivir un estado de estrecha relación. Simeón debería ser el patrono de la respuesta de Dios en esa duración interminable que parece que es la vida.

Hoy mira a Simeón, pídele esas tres grandes virtudes: justicia, fe y una vida en esperanza. Y no le temas nunca al tiempo.

¿De dónde saca todo eso?

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Un periodista busca como un poseso las fuentes de un hecho, porque los cuentos no le valen. Una fuente no sirve, con dos se podría dar con cautela la información, con tres la fiabilidad es máxima, es la hora de la publicación. Todos llevamos guardada en algún rincón un olfato de periodista, queremos conocer la verdad de las cosas, los rumores no nos satisfacen, las verdades a medias nos dejan justamente así, a medias. Por eso al Señor, que estuvo cosido a la vida de familia durante su vida oculta, se le miraba con sospecha. Nadie podía entender esa sabiduría que le nacía de sí mismo. Dice Carlos de Foucauld que en la humilde casa de Nazaret vivía del trabajo de sus manos, humildemente, “la sabiduría divina oculta bajo la apariencia de un pobre”. No salió de su pueblo y parecía que conocía el alma humana como si hubiera viajado por continentes inexplorados.

Conocer la vida del Señor, conocerle a a Él a fondo, es inexcusable para un cristiano. Él se pronunció a sí mismo como camino, verdad y vida. Verdad es un término que el ciudadano contemporáneo entiende como agresivo y mira con recelo, porque el ciudadano está acostumbrado a consensos, a elecciones y primarias. Es normal, la vida secular tiene sus reglas. Pero el Señor dijo de sí mismo que su persona era una fuente preclara, y sus obras delataban cuanto decía. Cristo es el lugar donde toda alma de periodista bebe sin confusión, donde el enamorado sabe que tiene su corazón correspondido, donde el hombre que sufre recibe todo su consuelo.

A veces te entrará el veneno de la sospecha, “Dios entero no puede estar en un círculo de pan inerte”, “acaba de morir mi padre entre estertores, ¿por qué Dios se esconde?”, ” Dios no me oye, estoy seco, mi oración es un monólogo triste donde me escabullo ente mis pensamientos”. Al Señor no le incomodan nuestras vacilaciones, es más, cuenta con ellas. Que no te quepa la menor duda de que tus dudas no le hacen a Dios dudar de ti. El secreto de reconocer al Señor en el mundo, es mantener firme el amor hacia Él en medio de la incertidumbre. Si te sirves del silencio, de la oscuridad, del no saber, nacerá en ti esa posibilidad que se llama “la verdad de Dios”. Dejarás de sospechar, como hacían sus contemporáneos, y en vez de valerte de tus conclusiones, dejarías tus empresas cotidianas en sus manos.

¿De dónde sacaba el Señor cuanto decía y hacía?, de un corazón divino enamorado del hombre

Deprisa, deprisa

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El jefe de la sinagoga no puede más, se le está muriendo su hijita, por eso se echa a los pies de Cristo, se ha convertido en una criatura inconsolable,  una niña en agonía produce una tristeza que hace temblar a los árboles. Pocas cosas producen una sombra tan alargada. Quien se encuentra en un trance así, es capaz de lo que sea, los niños deberían vivir siempre, es más, alguien tendría que impedir que crecieran, porque los niños miran la realidad de esa manera divina que los adultos acaban por olvidar. Llevan en los ojos un punto de agradecimiento y asombro recién nacido. La ardilla que sube al árbol es la apoteosis de la belleza, nada les es ajeno, no juzgan lo que existe, lo veneran, saben intuitivamente que todo lleva noticias de un padre que juega a esconderse.

Por eso, una niña que se muere es un escándalo. El Señor se pone en marcha inmediatamente, al Maestro no le cuesta servir, ponerse en camino es la definición más propia de Dios. Cristo dirá más adelante, “para esto he salido“. La segunda persona de la Trinidad salió del Padre y ha venido al mundo para salir en busca del hombre, y si hay alguien que sufre o muere, la salida es aún más urgente. Esta puntualidad de nuestro Señor ante el dolor de quienes sufren es recurrente en los Evangelios.

A ti que lees estas líneas, te vendría bien una disponibilidad en salida tan acusada. Porque solemos ocupar nuestro tiempo en remolonear. Cuando tenemos algún enfermo de nuestra familia, que pide unos minutos de atención en el hospital, solemos organizarnos el día. Introducimos la visita en nuestro horario, cuando el enfermo debería ser la prioridad sobre la que girase el resto de la jornada. Nadie vive tan desatendido como el enfermo. Por mucho que las enfermeras rodeen su cama con visitas frecuentes, la desatención del enfermo se refiere a su alma, desea que alguien le explique qué le ocurre, capaz de regalarle tiempo para llevar a medias su desvalimiento.

El Señor va hacia la niña que se muere, el autor de la vida no puede dejar escapar la ocasión de mostrar que ha venido a traer vida y vida en abundancia. Y lo que resulta aún más novedoso es saber que a nosotros también nos ha regalado la facultad de poner vida donde la gente anda muriéndose, sólo quien ha aprendido a rezar sabe que la muerte se quiebra con la oración. Aún nos faltan los dos instrumentos básicos para vivir en verdad: la fe y la urgencia por servir. Hoy seguro que tienes a alguien que espera tu consuelo, no dejes que la tristeza le ronde, sé como el Maestro, deprisa, deprisa.

El enemigo de Dios no es el hombre

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Dios vs El Diablo

La historia que nos narra el evangelista Marcos hoy, es de película de terror, ríete tú del cine Night Shyamalan y sus estrategias de sustos imprevisibles. El endemoniado furibundo, con más posesiones diabólicas de las que los judíos vecinos habrían previsto, se enfrenta con Nuestro Señor. Y luego están los cerdos, que de hozar como cebones se lanzan en tromba acantilado abajo. Pasado el susto, el Evangelio es material imprescindible para saber que el enemigo de Dios no es el hombre, ni siquiera esa acendrada manera con la que los fariseos querían preservar sus privilegios y su hipocresía, ni son los asesinos, ni los cerriles que no quieren enmendar su conducta. Aquí hay un enemigo mayor del que los cristianos tenemos vaga noción y que persiguiera al Maestro durante toda su vida pública. Es el Diablo.

El Diablo se encontraba confuso con la humanidad y divinidad de Jesús. Le era desconcertante que el Enemigo (el Verbo hecho carne) bostezara como los hombres y tuviera que desayunar para afrontar la jornada. La batalla es mayor de lo que el cristiano de a pie imagina, por eso sería preferible no imaginarse mucho. Tras las bambalinas de nuestro proceder se mueve la cota de malla, la red de gladiador y la coraza del Diablo para echarnos en cara que la aventura de intimar en amistad con Cristo, es una aberración, además de una patraña de abuelita de cuento.

El papel del Diablo es acusar ante el tribunal de la gracia de Dios del proceder de los hombres, en muchas ocasiones lleno de mediocridad, reprochándole su falta de entusiasmo y amor, para que nuestro Señor se canse de una vez de nosotros y nos dé por imposibles. En el Apocalipsis hay una cita estremecedora sobre ese fiscal negro, que es denominado el gran Acusador, “Oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo, porque el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche, ha sido arrojado“. El Diablo ha perdido autoridad, aunque no su ruido, fanfarronea como todo espíritu vanidoso. Nuestro Señor, la Virgen, el corrillo de santos, todos nos quieren cerca de su morada para que llevemos salud espiritual en nuestro recorrido por la tierra.

Llevamos a nuestros aliados tatuados en nuestra piel, y no necesitamos más. Ni siquiera conocer a fondo quién es el Diablo, que a veces de tanto buscar información e interés, el alma se apega a lo escabroso. A los tufos del mal ni olerlos, bastante tenemos ya con pedirle perdón al Señor de nuestra propias miserias.

El Pantocrátor, donante perfecto

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img_2616La imagen que mejor habla de Cristo Rey es el famoso Pantocrátor. Es la figura de Cristo Creador y Redentor en actitud de bendecir al mundo. Lo está bendiciendo en presente continuo, como dicen los ingleses, sin que sea una respuesta a una petición del hombre. El Pantocrátor es donante perpetuo, donante universal, la iniciativa de Dios es bendecir. No hay condición expresa de fidelidad por parte del ser humano para que el Pantocrátor alce la mano o se la guarde. Qué bien atinó el apóstol cuando escribió que “somos herederos de una bendición”, bendición que se sigue manteniendo, por cierto, como nuestro único patrimonio. El hombre medieval, muchos mejor avezado que nosotros en estos conocimientos, bien sabía que su Dios se había entregado irremediablemente, hasta poner su alma en el trágico delirio de una condena a muerte. Antes de las acciones de cada día, nuestro “homo antecessor medievalis” sabía que Dios se le había adelantado en amor.

Rezar delante de una fachada medieval es un reto maravilloso pera el hombre del siglo XXI. Os propongo el pórtico de la iglesia de Santiago, en Carrión de los Condes (Palencia). Allí se expresa magníficamente la presencia del Señor en el trasunto de lo humano. De la iglesia ya sólo queda la fachada, lo demás se lo llevó un terrible incendio que pudo con la piedra. Debajo del tejadillo hay un friso con el Pantocrátor en el centro, rodeado de los doce apóstoles, muchos de ellos descabezados por el tiempo, el fuego y las guerras. Cristo está sentado en la postura tradicional, con las piernas flexionadas tal y como, por comodidad, se sientan los orientales en el suelo. La intención del rostro de todo Pantocrátor es transmitir sensaciones de equilibrio y serenidad perfecta. En las ocasiones donde la cara es adusta, al artista le pudo más la intención de destacar la naturaleza divina de Cristo, de ahí la impresión de un equívoco enfurruñamiento. En cambio, el Pantocrátor de Carrión es de una serenidad que no cansa. Hay en ese rostro una característica muy típica en todo el románico, la de querer llevarse al espectador a adentrarse en el misterio. No es un mero retrato en piedra, anodino. Se parece a la Palabra de Dios pronunciada en el templo, es el instante en que Dios suelta sus hilos de seducción para atraer al hombre hacia sí. Más abajo está la arquivolta, sólo una arquivolta, y me fijo en las figuras que están allí esculpidas en el arco de medio punto. Son hombres y mujeres que representan oficios ordinarios: forjador, hojalatero, acuñador de monedas, hay un tipo leyendo un libro, un músico, un panadero, una danzarina en el instante de llevar atrás la espalda. Bajo los capiteles de las columnas hay alusiones al más allá, la salvación, la vida eterna. Es decir, el hombre medieval llegaba cansado de cultivar las vides en la parcela del señor, con los aperos al hombro, y antes de entrar en la iglesia de Santiago a saludar al Señor de su vida, miraba la fachada de la iglesia y entendía su papel en el mundo.

Las labores del hombre sobre la tierra quedan santificadas por Cristo, los haceres inadvertidos del hombre llegan a tal altura, que sirven para honrar la casa de Dios. A Dios le importa el hombre, esta es la noticia. Dios no está aparte, no es un globo de helio que, si se nos va de las manos, la vida funcionaría de igual forma, con su importancia propia.

Todos vivos

Escrito por Comentarista 4 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

bobinEl Señor nos dice en el Evangelio de hoy que para el Padre todos estamos vivos. Si lo piensas bien, esto es algo muy audaz, porque nadie en la tierra es capaz de una mirada tan atrevida. Una madre siempre piensa en el mal que le puede suceder a su hijo, y no duerme de sólo pensar que pueda llegar más tarde de lo habitual, debido a un millar de problemas que ni se atreve a elucubrar. Es como si la muerte, o una vida incompleta, acecharan siempre al ser humano. En el día más importante de su vida, el día de la boda, los esposos saben que hay una presencia que arrebatará su unión definitivamente: se llama la muerte, y llega sin tarjeta de visita ni discurso altivo. Querer en profundidad a alguien es poder llegar a decirle: “tú no morirás nunca”, pero es que no puede ser. Los amigos, los esposos, todos se nos van de las manos. Hace bien poco tiempo me llamaron para dar una unción de enfermos. Mientras pronunciaba el salmo de consolación más hermoso de la Escritura, “el Señor es mi pastor, nada me falta”, el enfermo se me murió. De repente se fue, plaf. Así de fácil, así de misterioso. Respiraba y dejó de respirar. Desde ese instante empezaron las lágrimas de los suyos, era la confirmación de lo que sospechaban sin querer saberlo, el hombre es mortal a pesar de todo el amor que se ponga en él.

Pero he aquí que Alguien dice: “Para Dios todos están vivos”. La novedad significa que existe una Persona capaz de mirarme con la serenidad de saber que nada podrá arrebatarme la vida, y que además es capaz de proponerme más vida. Hoy un chaval joven, muy espabilado, extrovertido, listo como pocas veces he visto tan a flor de piel, me ha dicho muy aseverativo que es agnóstico. Después de hablarme de la curiosidad que siente por la vida, de que todo le parece poco para entrar con las dos manos a profundizar, me dice que Dios no tiene el atractivo suficiente para ir en su busca. Y me he llenado de tristeza, porque la propuesta de un Dios Dador de vida, debería tener más atractivo que todas las cosas que empiezan y acaban. Menos mal que me he acercado a la cama de un enfermo de ochenta años, que tiene un pie ya en el más allá, y me ha dicho desde esa posición tan incómoda, “yo creo, padre, que en la otra vida Dios nos tiene preparado un mundo por descubrir, igual que seguiremos descubriendo su propia Persona, Dios seguirá siendo a nuestros ojos igual de atractivo que lo fue mientras vivimos aquí en la tierra”. Yo creo en este entusiasmo del anciano al que es posible que ya sólo vuelva a verlo en la otra vida. Ha descubierto el secreto de la existencia: su Autor es atractivo, y merece la pena poner en marcha una galerna de entusiasmo por ir detrás de Él.

No hay paredes entre nosotros y Dios

Escrito por Comentarista 4 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

img_2615En Nuestro Señor se unía una desmesurada pasión por el hombre y un uso permanente del tono poético, “mirad los lirios del campo, ni tejen ni hilan, y ni Salomón en toda su gloria puede compararse a ellos”, “Jerusalén, Jerusalén, cuánto tiempo he querido guardaros como la gallina a sus polluelos y no pude”, “¿no valéis vosotros más que los pájaros?”, “mi casa es casa de oración y vosotros la habéis convertido en una cueva de ladrones”. Es imposible no estremecerse ante esta fusión de un corazón tan entusiasmado (sí, el corazón apasionado de Cristo) y una sensibilidad poética tan extraordinaria.

Hoy el Señor nos dice que el templo es un lugar de oración. Pero sabemos que todo lo que decía el Maestro escondía significados más precisos. El suyo era un discurso de matrioska, la muñeca mayor esconde otra y otra. Sus frases se parecen a ese personaje de la última novela de Jonathan Safran Foer, “Aquí estoy”, que comparte con su amigo un entusiasmo por las cosas que son más grandes por dentro que por fuera. Así era el Señor, siempre era mayor en el envés de su propuesta. Los judíos de su tiempo se quedaban con la fonética, con esa autoridad que tanto les incordiaba, no profundizaban jamás para que su vida no se viera sacudida.

El templo al que se refiere Cristo es su cuerpo, se refiere siempre a sí mismo, porque Él es la morada de Dios con el hombre. “Yo soy el lugar de la oración, conmigo hay verdadero encuentro con el Padre, vente y hallarás pastos”. Desde el nacimiento del Señor cualquier lugar es el lugar, el sitio del encuentro. Y el cuerpo del otro, del enfermo que necesita todo el cariño, se convierte en lugar sagrado, en ese otro templo que aguarda tus velas encendidas, tu recogimiento, tu dedicación. Es que es así, desde la Encarnación ya no hay paredes entre nosotros y Dios (Hildegard Jone). Los templos abandonan su ladrillo y su adobe, son templos de carne (el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor en la eucaristía, mi cuerpo es templo de Dios, y todo el que sufre es un templo vivo).

Marzo 2017
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