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Mis caminos, vuestros caminos

Escrito por Comentarista 4 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La primera lectura de hoy, la del Libro de Isaías, contiene una de las frases más consoladoras de la Escritura. Aunque nos hemos encargado de malinterpretarla como lectores cerriles, contiene todo el alimento que necesitamos para vivir. El Señor dice “mis caminos no son vuestros caminos”. Arrojada así la frase, parece que Él va por un lado y nosotros por el nuestro. O lo que es peor, que si se nos ocurre ir por los caminos de Dios, nada tendrán que ver con los que a mí me apetecen, es decir, Dios es contrario al hombre y obedecerle es traicionar nuestra humanidad.

Pero la frase no termina ahí, Dios añade “mis caminos son más altos que los vuestros”. Para un lector judío de la época del profeta Isaías, quedaba conformada la condición de Altísimo del Dios de los padres. Pero cuando Dios se hace hombre en Cristo, los “caminos altísimos del Dios Altísimo” se hacen nuestros. Atención. Nuestros caminos se pueden hacer divinos, encumbrados, profundos. Con Cristo se inaugura santidad en el camino ordinario.

En traducción al formato del Nuevo Testamento, el Señor dice: “mira, tus caminos llevan a un callejón sin salida, a la repetición de todo, al precipicio de la muerte. Es verdad, piénsalo, no puedes dar vida a tu padre fallecido, no puedes evitar la rotura de cadera que te ocurrió ayer, no puedes quitarte el complejo de ser el tipo más bajito del trabajo. Si te tomas en serio tu camino, tendrás momentos fugaces de alegría pero, como eres hijo del tiempo, te acabarás desinflando hasta que la tierra te engulla. Propongo que tu camino sea más alto. En vez de volver a tener sed, te propongo un surtidor de agua dentro de ti que salte hasta la vida eterna. No está mal. Te propongo eterna proximidad en tu enfermedad, para que sientas que esa mano que te cuelga de la cama cuando sientes que a nadie alcanzas, termine en mí. ¿Y la muerte?, te propongo una intensidad de vida que no se agote y no canse”.

Esos son los caminos de Dios, a mí me parece que por inteligencia emocional deberíamos cotejar los nuestros y los suyos, y sacar conclusiones. Conozco a gente que ha optado en su vida por “caminar más alto” y es cierto, parece que marchan con alas. Una carmelita moribunda me dijo ayer con un rictus de seguridad en la comisura de los labios, “estoy preparada para el encuentro”. Esta mujer va por el camino ligera.

He nacido para producir el mejor vino

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El Evangelio de la semilla es un texto que da mucho juego, porque el concepto “semilla” es muy preclaro: una realidad ridículamente insignificante, escondida, inadvertida, puede crecer hasta extremos descomunales de altura. Y todo comienza con una especie de lenteja anodina que produce una revolución misteriosa y alquímica sin testigos. ¿Cómo el Señor se iba perder un ejemplo así para significar la presencia de Dios en el mundo, el desarrollo de nuestra propia vocación sobrenatural? Hasta yo mismo he de convertirme en un grano de trigo minúsculo, debo dejarme sembrar en la tierra, me tengo que dejar tomar por Aquel que sabe, no permanecer sellado en mi propia circunscripción, en mi vida privada. Recordemos esa frase del Señor que nos viene tan bien “el que quiera salvar su vida, la perderá”.

Qué desasosegante me resultó la lectura de una novela de Henry Miller en la que se definía a sí mismo como un ser que no tenía nada que aportar, “descubrí casi en seguida que nunca había vivido, esa es la cuestión, si no arriesgas nada, nada consigues. ¿Cuál es el dicho oriental? Temer es no sembrar a causa de los pájaros”. Pero desde el momento que asumo el reto de dejarme enterrar en la tierra (el riesgo de vivir de la fe en el Hijo de Dios) tendré que dejarme penetrar por las fuerzas de la tierra y del cielo.

En esto Benedicto XVI ponía muchas imágenes en sus homilías gracias a su extracción alemana, una vida pegada a la tierra y al vino. Decía que para que una uva pueda llegar a convertirse en un buen vino, tiene que haber acumulado mucho sol. Esta es nuestra tarea, afirmaba, asimilar mucho sol con el fin de llegar a ser buen vino. Exponernos una y otra vez al sol de la palabra divina, de la llamada divina, pero también a la tempestad, al viento y al agua, mediante los cuales nos convertimos en uva que alcanza su maduración y da buen vino. Cuanto más arriesgas, tu uva fermenta con mejores cualidades.

El Señor ha jurado sobre mi piel que si mi me abro como una flor de primavera, pondrá sobre mí el regalo de su inmortalidad. Pero no terminamos de creerlo. Preferimos movernos con los ojos cerrados y los oídos tapados, usamos a tientas escaleras, olvidando que tenemos alas, y rezamos a un Dios como si estuviera sordo y ciego. Qué mal habla de sí misma una semilla que no ha sabido enterrarse y dar de sí enteramente

El débil poder de Cristo

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¿A que oyes hablar del Reino de Dios y te entra así como una emoción épica entre los pulmones? Te vienen ganas de yelmo y caballo. Imaginas un Reino, con su árbol genealógico de apellidos cargados de números romanos y aristocracia de satén; y si encima es el reino de Dios, pues tendrá los rasgos de ser omnipotente, todopoderoso, implacable en la justicia y visible como una campiña al sol, sembrada de siemprevivas y jaramagos. Pero si el reino de Dios no es de este mundo, cosa dicha por el Maestro ante Pilato, surge una pregunta, ¿cómo se presenta su poder? ¿Están visibles la corona y el cetro, o enterrados?

Me impresionó la lectura reciente de una homilía pronunciada por Benedicto XVI en 1987, con motivo de las bodas de oro sacerdotales de un prelado. El título del sermón era “Ser testigos del débil poder de Cristo”. Débil poder parece un oxímoron, es como decir fuego frío. Pero curiosamente el Reino del que nos habla el Señor no consiste en proponer a los hombres seguridad, estructuras perfectas, bienestar, libertades absolutas. Cuando el Diablo propuso a un Cristo muerto de hambre la posibilidad de convertir las piedras en pan dijo que no, un no rotundo, no he venido a abastecer a la humanidad con comida. ¿Pero no es eso lo primordial para que un Reino sea estable, dejar que sus miembros tengan su sustento? Para el Señor los bienes básicos son la fe, la esperanza y el amor. Lo demás es añadidura que dura poco, como el placer de comer o dormir.

El Señor nos grita que antes de la comida el alma tiene ansia de un Dios amante, este es el inicio del Reino. Cuando a Pedro le llamó Satanás, fue porque el discípulo quería que su Señor no llegara al final de su entrega, hasta la cruz. Pero desde la cruz, desde esa debilidad visible y vergonzante viene el poder de nuestro Rey. Vale, que no se entiende, ya me lo esperaba, pero no hay otra salida. Todo el poder de la salvación de Dios procede de la cruz. Y sólo se entiende este darse hasta el extremo cuando uno ha hecho mucha amistad con el que primero se ha dado hasta el extremo. Rezando con Él, uniendo mi intimidad con la suya.

Y así se inaugura un Reino que va creciendo en el pecho, que no necesita yelmo ni caballo ni banda sonora épica, un Reino que se desarrolla más allá de la muerte. Apetece un Reino que no se desmorona, del que no se ven sus torres saqueadas por las fuerza contrarias sino que crece a golpe de las pruebas de amor inadvertidas que hacen los hombres de fe cuando nadie los ve.

Mateo, el apestado

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Mateo era un apestado, porque olía a dinero recaudado a los suyos, un mal tipo. Todos se fijaban en él para señalarlo, para acusarlo de maltratador del patrimonio de fe de Israel. Hay gente que por salvar el propio pellejo vende su alma, la de sus padres y la de sus primogénitos, así era Mateo, que por ganarse doble jornal, esquilmaba a los suyos. Pero el Señor lo miró con ternura y lo señaló, no para acusarlo sino para ganárselo.

Las cosas del Señor son siempre desconcertantes para el corazón humano, que se queda pequeño frente a la torrentera apasionada de Dios. Cuando el Señor decía que las prostitutas precederían a los hijos de la Ley en el Reino de los Cielos, afirmaba que para Dios no cuenta la realeza, la dignidad de la tradición, el pedigrí religioso o una presunta aristocracia espiritual, sino los actos de amor, capaces de arramblar con todo. Para el Señor nadie queda corrompido o condenado por sus acciones, un acto de amor basta para que todo su historial quede sanado.

Es el caso de Pedro, niega al mismo Maestro, pero este lo repara con una pregunta frontal, “¿me quieres?”. Antes de que María Magdalena conociera al Señor, tendría que estar destruida por el lastre de su propia vida, pero un pequeño detalle de amor hacia el Señor la restituye íntegramente, se recompone como sólo Dios puede hacer. ¿Y a Mateo?, le regala un puesto en la mesa de los doce. Me fascinan las historias que hablan más de la construcción milagrosa de lo humano por parte de la gracia, que las que hablan de la autodestrucción del hombre, los discursos cenizos, porque el Señor sopla y en décimas de segundo aviva el fuego.

De eso tiene mucha hambre el corazón humano, de que alguien se fije en él de una forma nueva, como le pasó a Jean Valjean en “Los miserables”. Roba los cubiertos y candelabros al sacerdote y cuando es apresado por la policía, les cuenta la milonga de que se los había regalado. Ya sabemos la historia de Víctor Hugo, cuando los guardias se marchan, el cura le dice a Jean Valjean que utilice el dinero que gane vendiendo sus regalos para convertirse en un hombre íntegro, un hombre de bien, porque esa es la vocación que Dios ha regalado a los hombres. Valjean rompe a llorar y en un segundo de gratitud pasa de ladrón a hombre transfigurado, deja atrás el mal que lo ha perseguido durante mucho tiempo y se decide por la justicia.

Aunque te sientas apestado, déjate mirar por quien sabe sacar se ti lo inesperado.

Hay cosas que no se solucionan, se reciben

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Hace unos años oí a un sacerdote sabio regalar a su auditorio una disertación sobre unas piezas de Bach que se interpretarían a continuación. Además de ministro de Dios, era un maestro consumado de música, tocaba el órgano e improvisaba como el mismo Buxtehude. Saludó a los aficionados con palabras que aún recuerdo, “queridos amigos, no habéis venido aquí a aprender la receta de la musaca, sino a recibir un regalo que no os manchará los dedos. ¿Cómo debemos disponernos a escuchar la música de los grandes maestros? Veamos, oír es siempre recibir, es su sinónimo perfecto. La gente dice que mejor que “oír” es la palabra “escuchar”, puede que tengan razón, es como poner más atención a lo que se nos dice. Pero oír es primordialmente recibir de otro.

Estamos acostumbrados a solucionar problemas en la vida, a quitárnoslos de encima. Hoy mismo le he mandado un mensaje a un amigo preguntándole cómo se encontraba, y me ha enviado una colección de emoticonos de un muñeco corriendo (el comentario provocó risas generales), no hizo falta que me dijera que estaba a mil gestiones. Pero hay cosas que no se s-o-l-u-c-io-n-a-n, sino que se r-e-c-i-b-e-n, como se recibe un hijo, una vocación o al Señor en la Eucaristía.

Dios no hizo el corazón humano, tan complejo y frágil, para poner embellecedores en los armarios, firmar ingresos en el banco, conducir por la cuidad, comprar palomitas, sino para dar y recibir, que son en sí acciones netamente divinas. En mi juventud estuve en el museo Dalí de Figueras, apenas recuerdo las obras que me marcaron, quizá aquel corazón púrpura pequeño, que latía en el interior de una vitrina, poc-poc, poc-poc. Era sorprendente el mecanismo que impulsaba a aquel pequeño corazón púrpura moteado de lagrimas de mercurio, poc-poc (y juntaba y separaba los dedos de su mano derecha).

El corazón humano, tan frágil, necesita cuidados amorosos, cuidados inteligentes. La música se oye en actitud de recibir, como todo aquello que Dios concede. Por eso la predisposición a la hora de escuchar música es igual que al inicio de la oración, es un “aquí estoy para ser colmado”, “estoy dispuesto a estar ante alguien que va a poner cerca de mí un pedazo de su alma”, ya sea la de Schubert, Schumann o Brahms.

Hoy vamos a escuchar al gran maestro de Leipzig, a Juan Sebastián Bach. Estad atentos, los compositores no reparan esfuerzos en dilapidar su alma en la música. Al igual que en la música en directo, estad atentos también en la oración. Cuando leáis el Evangelio escuchad las palabras que salen de la boca del Maestro, Él también dilapidó su vida en favor nuestro. Si aguzáis vuestro oído musical no os será difícil oír la voz de Dios en el silencio de lo cotidiano.

Y ahora, que suene la música”.

La divina empatía

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El espectáculo horripilante de ver a una viuda que va a enterrar a su hijo único, es demasiado para las dos naturalezas de Cristo. Ambas se conmueven profundamente, por eso le dice a la mujer “no llores”, por qué si no, el que se va a arrancar a llorar será Él mismo. Esto en lenguaje llano se denomina empatía. Recientemente he leído un texto maravilloso de Edith Stein, Santa Teresa Benedicta De la Cruz, su tesis doctoral que, precisamente, se llamaba así “Sobre el problema de la empatía”. Allí decía que la empatía es la puerta de acceso a la experiencia mística, el modo que tiene el creyente de captar el amor de Dios, y el modo como Dios capta la vida del hombre. Un Dios que se va a echar a llorar por el destino trágico de una viuda, es un Dios que muestra una profunda relación con nosotros.

La empatía de Cristo con los hombres de su tiempo provenía de su condición humana. Resulta importante recordar este detalle para caer en la cuenta de que siempre tenemos a mano la oportunidad de hacer la misma vida del Señor, porque Dios vivió humanamente. Yo no tengo un manual de aprendiz de brujo lleno de fórmulas y rarezas, sólo cuento con mi naturaleza humana, con la posibilidad de estar llena de Dios desde que el Verbo se hizo carne. La humanidad pura y dura queda apuntada por los evangelistas en muchas ocasiones, “se le removieron las entrañas”. El pasaje se refiere a otro encuentro, el de Cristo con un leproso. Toda su humanidad queda removida por un ser humano desesperado, al que en su día se le imputó de impureza y así permaneció, al margen de la vida. Resultaría amorfo un cristianismo que predicara ternura y nada humano se removiera. La empatía nace cuando hay verdadera humanidad.

Me he acordado de la cantidad de gente que ha venido a verme con heridas del pasado. Algunos me dicen que creen en Dios y no en la Iglesia, es una frase típica, a veces resulta un cliché cómodo para abandonar los compromisos que toda relación conlleva. Pero en muchos corazones ha nacido un primer brote de abandono cuando fueron a hablar con un sacerdote para descargar su conciencia. Quizás era la primera vez que se atrevían a mostrar su debilidad fuera del ámbito familiar, necesitaban un consejo sabio para volver a poner el eje existencial en su sitio. Y el sacerdote les atendió con zalamerías propias de la buena disposición, pero durante el rato de charla, la muestra de interés ofreció su verdadera naturaleza: la pose. El cura no mostraba ni una pizca de interés, miraba a todas partes, pensaba en sus asuntos de gestión, el pago de la luz de la parroquia, la reunión con los jóvenes que aún no había preparado, el funeral… Y delante de él se escapaba un alma, pagada con el desinterés, confundida por haberse mostrado confiada.

Tenemos la suerte de ser hombres, de tener tanto en común con Cristo, ojalá que nos peguemos a su divina empatía

Para aprender del centurión

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El centurión no se guarda el dolor, no quiere quedarse a solas con la tristeza, el sufrimiento no le hace crecer una armadura en la que se encierra a lamerse sus heridas. Ama mucho a su criado, no tolera un trato inconveniente con quien está a su cargo, es un criptocristiano que intuye la dignidad del hombre y la llamada a una hermandad, en la que ya no habrá ni judío ni griego, ni hombre ni mujer, ni esclavo ni libre. Tiene olfato para saber a quién se le puede confiar el propio dolor, porque las cosas del alma no se regalan a cualquiera. Es un buen político, sabe que su cargo es ponerse al servicio del bien común, cuando recibe la información de que el pueblo necesita una sinagoga, es el primero en tomar la iniciativa. Es un hombre con autoridad, acostumbrado a mandar, a dar órdenes, pero pone su privilegio al servicio de los demás. Es alguien bien informado, sabe que Cristo no es un vendedor de crecepelo que va de pueblo en pueblo embaucando a la gente para el propio beneficio. Intuye en Él a alguien que conoce al hombre desde dentro, y que su amor es capaz de llevarse el dolor y la muerte por delante.

El centurión es un hombre que confía, ¿no decía el Señor que si tuvierais fe como un grano de mostaza le diríais a esa montaña que se metiera en el mar y os obedecería? El centurión tiene claro lo que quiere, no busca probar a Cristo, sabe que Él puede hacerlo y sencillamente da por hecho su iniciativa. Como da órdenes a sus soldados, sabe que una orden no consiste en empujar con las dos manos al subalterno para realizar una misión, sino que la palabra tiene esa autoridad que mueve el corazón, lo mismo que mueven las manos la azada para hacer un buen surco. Con Cristo usa un método propio. Al igual que la voluntad de la Virgen zarandea el alma de Nuestro Señor en las bodas de Caná, dirigiendo ella misma la actuación del Hijo, ahora el centurión lleva la iniciativa amorosa de Cristo.

El centurión es un hombre profundamente humilde, es consciente de que la autoridad de Cristo es mayor que la suya, no es digno de su presencia en la propia casa. El centurión no pierde el tiempo, no quiere el estrambote de la llegada de multitudes a su hogar, atraída por el morbo del milagro. Es el hombre que Dios busca para poder hacerse con él. Qué frase la suya más hermosa para preparar el gran encuentro de la comunión

Venid a mí y os daré vida

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Se llamaba Thierry, me lo dijo nada más entrar por la puerta de mi despacho. No llegaba a los 50 años, era muy alto y casi tuvo que sortear el dintel para dirigirse a mí. “Me llamo Thierry y me han dado tres meses de vida, no soy creyente y me gustaría saber cómo vivir este tiempo de espera”. Así empezó todo. Me gustó esa exposición tan preclara, porque no me propuso cómo morir, sino cómo vivir. Más adelante sabría que era un hombre de una extraordinaria sensibilidad.

En un principio, Thierry y yo empezamos a vernos con tiento, adivinábamos con lentitud quién era quién, y qué se podía esperar del otro, porque lo nuestro no iba a ser un entretenimiento de sobremesa, sino la apuesta por una escalofriante sinceridad. Empezamos por la belleza de la música, hablamos de Schumann, Brahms, Beethoven, los clásicos franceses. Thierry era muy francés y le gustaba el impresionismo de Debussy. Compartíamos muchas aficiones, y la música siempre era tema recurrente. Poco a poco ascendimos por la ruta de la belleza, que siempre consigue guiar a nuevos miradores. Y en algunos descansos le hice saber de Dios, de la belleza que prima en la torrentera de cualquier caos.

Y así fuimos quitando follaje al bosque por donde nos adentrábamos. Y yo le decía, con la misma ausencia de énfasis con que la madre cede una pieza de fruta a su hijo, que esa belleza llevaba rostro humano y tenía un corazón que latía por él, por ti Thierry. Es conmovedor asistir a la capacidad de escucha de un ser humano cuando quiere con sinceridad una respuesta y no disfruta con el mejunje de la discusión. Aprendió a rezar, fue todo muy lento, porque tres meses son en el fondo muchos días y muchas noches.

Por el deterioro progresivo de su salud, dejó de venir a la parroquia, las conversaciones las teníamos en su casa. Al final hablábamos a los pies de su cama, donde le faltaba la respiración y todo se hacía más lento, quizá mucho más hermoso. Una tarde, sentado en el suelo, escuché su vida en confesión. En toda mi vida sacerdotal, jamás he oído una confesión tan llorada y tan esperanzadora. Cuando le di la absolución nos quedamos en el silencio de los que han andado mucho y, después de comer, apenas les queda hálito para pronunciar palabra. Yo le dije que afuera, detrás de la ventana de su habitación, hacía calor, que ya asomaba la primavera. Él me hizo un gesto con las cejas, las alzó levemente. Interpreté aquello como que había alcanzado tanta comprensión y tanta dulzura dentro, que lo de fuera, ¿dónde quedaba ya? Pusimos música y murió. Murió así, sin llamar la atención.

Thierry aprendió a vivir. Desde entonces, cada vez que hablo con un enfermo de cáncer siempre le pregunto cómo quiere vivir, porque para morir hay que pasar por una nueva vida.

Se acabó el peleón, vino nuevo

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Los curas bien sabemos que los funerales son ocasión de atención por parte de muchos que no han entrado en la iglesia en años. Son cabos de vela que pueden volver a prenderse. Todos somos así, llevamos una necesidad escondida de que alguien nos diga de qué va la vida, y el por qué de tantas alegrías y deterioros.

Preparar un funeral con los amigos o familiares del difunto no es fustigarse con la morriña de quienes lo quisieron. A mí me entusiasman las preparaciones, porque me encanta escuchar cuánto amor sale de la boca del ser humano, y porque el recuerdo de quien narra su historia personal con el difunto, continúa siendo un amor que no nació para morirse.

Leo a Franz Jalics y dice que el amor a Dios, el amor a mí mismo y el amor a los demás se pueden reconocer mutuamente. Lo atestigua esa frase del Señor tan deslumbrante: “Amarás al Señor tu Dios, y al prójimo como a ti mismo”. En un golpe de amor, nos mete a todos.

Ayer celebré el funeral de un anciano de 86 años que fue perdiendo al final de su vida la memoria, la conciencia, ese misterio del cableado interior que tanto nos sobrecoge. Su mujer pasaba de los 80, muy serena, muy guapa. Me cuenta 56 años de casados y siete de novios, como si tanto amor vivido pudiera resumirse. Hay algo que me sobrecoge, “el balance de nuestra vida ha sido positivo, yo lo volvería a repetir todo con él, aunque es evidente que teníamos nuestros defectos. Él me ha querido, como nadie y yo a él como nadie. Yo le decía todas las noches te quiero mucho, te he querido siempre y no te olvidaré, y él respondía “yo tampoco“.

Al sacerdote le impresiona el tamaño del milagro que se esconde en la sencillez, y que se dice en un tono que la mayoría de las veces pasa inadvertido.

Frágiles, pero con Él

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Cristo está en medio de nosotros, justo en ese centro en el que no se hace visible, pero está. No es una metáfora ni el brindis al sol de alguien que quisiera permanecer entre los suyos más allá de los límites de lo natural, como un padre que desde el lecho mortuorio dice a sus hijos que se acuerden de él, que no lo olviden. Cristo, al destruir la muerte, vive entre los hijos de los hombres, ha roto los límites del más allá y el más acá y no quiere perderse a los suyos. Es más, desde la Encarnación no se nos despega.

Pero, como dice el poeta Hugo Mugica “no sólo hay que abrir los ojos, también hay que abrir lo mirado”. Si el hombre no desvela la presencia de Dios en lo oculto de la realidad, nunca entenderá la vida, se la pierde. Los últimos Papas nos han recordado la necesidad de rezar en familia como un bien absoluto. Porque “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

Hay una capacidad humana que nos es todavía muy desconocida, la de provocar en Dios una atracción irremediable por nosotros. Y eso ocurre cuando entramos en comunión. Desde el momento en que los miembros tan diferentes de una familia se reúnen a rezar el rosario, o terminan el día dando gracias a Dios por todos los bienes recibidos, a Dios se le hace irresistible su presencia, ponerse en medio. Dios, que es el gran seductor del corazón humano, también es el gran seducido cuando sus criaturas lo buscan. Hablamos del hecho cristiano, por tanto, como la historia de un encuentro verdadero.

Aprender a rezar juntos puede que sea una de nuestra asignaturas pendientes, porque resulta más fácil proceder con Dios a bote pronto, un día me acuerdo de él en el coche o por la calle y creo que así llamo su atención. Pero Dios quiere verdad de trato, no la ligereza de la espontaneidad, los “de repentes” son muy frágiles. Y le apetece que los suyos lo busquen en racimos y concierten una cita con Él. Como los novios que se ponen de rodillas delante del sagrario o ese grupo de jóvenes que se juntan para leer unos textos de Santa Teresa.

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