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Vocación de teloneros de Dios

Escrito por Comentarista 4 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hoy es el día del santo que se alimentaba de saltamontes y miel silvestre, pero no te equivoques, no era un excéntrico. Juan Bautista, el primo del Señor, vino de telonero del Hijo de Dios y lo hizo bien, con esa palabra que perfila espléndidamente a los amigos de Dios: con santidad. No creas que es poco lo que podemos aprender de él, aunque su imagen nos recuerde más a los primeros eremitas del desierto que a los amigos de Dios que viven en el corazón de una ciudad poblada de rascacielos.

Desde luego su vida era una vida en Dios, y esto nos tiene que dar un aldabonazo en el pericardio a los que andamos “divertidos en varios cuidados y pensamientos, lejos de amar con verdad”, los que vivimos“despiertos al desasosiego de esta vida” (Fray Luis de León) . El ser humano intuye que vino a este mundo con una enciomienda, una encomienda vocacional, algo redondo para alcanzar una realización personal. No parece que hayamos venido al mundo para ejercer la glotonería, me refiero a glotonería en sentido amplio, a quedarnos satisfechos con saturar los propios sentidos, a llenarnos la barriga, a buscar la tibieza, a tirar para lo propio en todas las elecciones. Ni siquiera tener salud nos vale, porque cuando uno goza de buena salud se queda a medias, “¿y ahora qué hago con la salud?, ¿hacia dónde tiro?”.

Todos llevamos impresa una vocación de más allá, de entrega, de ponernos a disposición de los demás. Somos un poco como Juan Bautista, que allanaba el terreno a sus seguidores para facilitarles el acceso al Mesías. Eso hace justamente la madre de familia, regala a su hijo el equipamiento afectivo necesario para afrontar su futuro emocional. Toda madre es una “facilitadora” de elecciones futuras. También los voluntarios que se acercan a ver al enfermo que se duele en su cama de hospital, alivian su mal trago, dejándole conversaciones y distracción. Todos deberíamos visibilizar nuestra vocación de teloneros de nuestro Señor. Somos los que ponemos fácil el acceso del otro al corazón del Maestro, para que cuando se queden solos piensen, ¿de dónde les viene a Jaime, a Teresa, a Alfredo esa serenidad, esa especie de tiempo detenido que son capaces de dilapidar sin prisas? Juan Bautista no tenía más prisa que la del enamorado de las almas humanas que se pierden el amor más grande.

Piensa por un momento cuantas veces pretendes suplantar al Maestro cuando sólo eres su telonero. Alivia al que te pide ayuda, ponle cerca del sagrario, déjale enamorado de la eucaristía, y el Señor te recompensará con recompensa divina.

El que no recibe de Dios, no puede dar más que migajas de sí

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¿Dar gratis?, ¿pero no nos han educado en que lo que se da gratis pierde su valor? Incluso esos dispendios de ofertas en los establecimientos son señuelos para que sigas comprando, que ya nos lo sabemos. Si te dan dinero exclusivo de la tienda es porque buscan fidelizar a sus clientes. Que, como decimos en España, nadie regala duros a pesetas.

Por eso detrás de un regalo, salta la previsora sospecha de otra intención. Como esas madres listorras que por el tono de voz hipercariñoso de sus hijos saben que no necesitan su cariño sino que le van a pedir algo. Cuesta tanto la gratuidad que apenas nos fiamos de ella. No sé si el lector recuerda una ceremonia que practicaban los aborígenes del noroeste de los EEUU y que ha sido muy estudiada. Se denominaba el Potlatch. Era una fiesta de despiporre culinario, con mucha carne de foca y bisonte. El anfitrión tenía que mostrar su estatus y poderío por la calidad de sus regalos. Tantos regalos, tanto poder. Los regalos eran el papel de envolver el prestigio. Pero el Señor insiste en el Evangelio, “lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”. Ojo, que no se refiere a una propiedad, a un bien de consumo, al traspaso de una realidad con peso y medida. Aclarémoslo, lo que los discípulos recibieron del Señor fue la presencia misma de Dios, y ellos permanecieron como sus asombrados testigos.

Los acontecimientos que ocurren en la Sagrada Escritura no son más que la gran preparación al face to face de Pentecostés, cuando entendieron por fin todo lo que había pasado. La gracia de Dios les traspasó los costados y se llenaron del Otro. De lo propio, les quedaba un profundísimo amor por Aquel que había comido y bebido con ellos. Dios puso su presencia, ellos pusieron su entusiasmo, y si en nuestra vida no se da ese cruce al mundo le aportamos muy poco. El que no recibe de Dios, no puede dar más que migajas de sí. Todos tratamos de dar amor a quien se pone a nuestro lado, hacerle una vida más satisfactoria con mucha conversación, momentos de jarana, sacrificios amorosísimos, etc. Pero sin la fuerza de Dios, lo mucho es bastante poco.

Desde aquí se entienden entonces las palabras más oscuras del Señor, como aquellas en las que se antepone al amor del padre y de la madre. Es decir, si Dios no entra en nuestro pecho y no se pone a limpiar el fondo del terrario de nuestra alma, amaremos mal, incluso muy mal a nuestros padres. “El que se niegue a sí mismo, no puede ser discípulo mío”, claro, el que no recoge sus caprichos y los mete en el contenedor de reciclaje, no puede dejar pasar a quien tiene un poder real de transformación.

Y además su fuerza es gratis, sólo cuesta… un poco de amor.

Cuando lo grandioso encuentra su espacio en lo pequeño

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Cuando todos nos dimos cuenta de que habíamos nacido en el tiempo de las masas, fue demasiado tarde para recapacitar. Hemos dado demasiada importancia al número, nos hemos olvidado del peso de cada persona, de sólo una. La vida se cuenta en índices de audiencia y listas de censo. Hasta en el lenguaje de parroquia se dice “tenemos este año 100 parejas de novios, guau”. Nos deslumbra aquello que, curiosamente, para Dios no existe. Dios no crea miles de especies de pájaros, sino uno, cada uno cuenta con un diseño único. Y nosotros “¿no valemos más que ellos?”.

Me fascina una de las frases del libro “Homo sovieticus” de la Nobel de literatura Svetlana Aleksiévich “siempre me ha atraído ese espacio minúsculo, el espacio que ocupa un solo ser humano, uno solo… Porque en verdad, es ahí donde ocurre todo”. Ha llegado por fin el día tan querido en nuestra tradición cristiana de la Inmaculada Concepción. Celebramos un espacio humano único donde, en su pureza, tiene cabida la posibilidad de la Encarnación de Dios. El espacio de libertad más absoluto, capaz de confirmar al Altísimo su propuesta con una aceptación desde lo más profundo de las entrañas. María es el misterio más próximo al Misterio, nadie puede hablarnos mejor del Hijo que su Madre, y mejor del ser humano que la Madre del Hombre. En ella se quiebra la solidaridad humana del pecado original, por eso es la gran esperanza del hombre. Cuando pienses dónde está el ser humano que nació de las manos de Dios sin contaminación de burla del Diablo, la encontrarás a ella, a María.

Habría que revisitar el Evangelio cada día para meditar en el poder de su silencio y de su construcción interior. En ella nada es hacia fuera, nuestra Madre no es una fachada historiada, sino una pequeñísima capilla donde el Santísimo está expuesto día y noche. Hace unos años, una mujer me contó que se encontraba sola e incomprendida en la vida para tomar una resolución trascendental, pero que le animaba la vida de María: por su embarazo inaudito, por aquella salida de su pueblo natal y la escapada precipitada fuera del país, por el dolor perpetuo de ser la madre de aquel judío escandaloso que se decía Dios, “la mujer de la espada atravesada vivió con serenidad, y eso -me contaba aquella mujer- me ayuda“. No la pongas tampoco lejos de ti, ella sabe cómo concurren la vida de la criatura y la vida sobrenatural.

En una carta que redactó a su madre en la Navidad de 1909, Rilke escribe un texto maravilloso. “Nuestra vida es rápida y breve. Dios es en cambio, lento y sin fin. Por eso siempre surgen momentos donde lo uno no parece compatible con lo otro. Pero nosotros no deberíamos saber cómo se unen, sino solo estar ahí, con el corazón abierto ante el misterio de que lo grandioso encuentre su espacio en lo pequeño y de cómo en la intensidad de nuestra existencia puede condensarse un instante de eternidad que viene a coincidir con la ininterrumpida eternidad de Dios. Sean estos mamá querida, nuestros pensamientos comunes en la hora más espiritual de esta antigua y santa festividad, y que el ánimo y el valor fluyan hacia tu corazón en paz y plenitud”

Como el hacha en el mar congelado

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La lectura del Evangelio es una empresa arriesgada. Si las palabras del Señor no producen sacudida en la voluntad y los afectos, mala cosa, es que se las ha utilizado como entretenimiento espiritual. De por sí, toda lectura de un buen texto debería provocar la sacudida emocional que se produjo en Henry Miller cuando leyó a Dostoievski por primera vez, “fue un acontecimiento de absoluta trascendencia en mi vida, el primer acto consciente que tuvo sentido para mí. Fue mi primer vislumbre del alma del hombre, ¿o debería decir que Dostoievski fue el primer hombre que me reveló su alma?”. Si hasta ese extremo revelador llega a tener fuerza la ficción, como para quedarnos quietos y no comernos las palabras que salieron de los labios del Señor. Los textos de la Escritura son carne para digerir, trotan como becerros en la plaza, no se quedan quietas en el papel. Es la inocencia misma de Dios batiendo con sus puños de niño todas las puertas del barrio, a ver quién le abre.

Hoy dice el Señor que no es de recibo leer y no cumplir, es decir, no vale saltarse la vida. Elogia a quien ha escuchado las palabras que acababa de pronunciar y las pone en práctica. Porque las suyas no tienen la misión de ir al mármol o permanecer pintadas en la cenefa de una bóveda. Tienen la misma vocación de la carne, que no se queda quieta hasta que no anida en otra carne que le promete una vida para siempre. El encuentro esponsal habla perfectamente de lo que es la lectura de la Escritura y su puesta en marcha. Cuando se acaba de hacer la proclamación del Evangelio en la celebración de la eucaristía, y oímos al sacerdote decir “Palabra del Señor”, respondemos” “gloria a ti Señor Jesús”. Pero la glorificación se hace con la vida, no con las palabras, qué fácil sería responder y sentarse. El esposo glorifica a su mujer cuando la escucha con meticulosidad y experimenta con ella la complicidad de una vida compartida. Hoy no podemos oír con “corazón extraviado” al sacerdote, porque todo cuanto está escrito en ese Leccionario rojo nos pone en marcha hacia la Navidad.

Te dejo una frase feliz de Kafka que le viene al pelo a esa provocación perpetua que es la Palabra de Dios, “necesitamos libros que surtan sobre nosotros el efecto de una desgracia muy dolorosa, como la muerte de alguien al que queríamos más que a nosotros, como un destierro en bosques alejados de todo ser humano. Un libro ha de ser un hacha para clavarla en el mar congelado que hay dentro de nosotros”.

El otro milagro

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En torno a Él se daban cita hombres y mujeres heridos en su propia existencia, los que se experimentaban a medio hacer, los lisiados, cojos, ciegos, aquellos que veían el mundo como un panorama sombrío donde aguantarse los dolores. Porque el que sufre sin remedio, la vida es un irremediable dolor. Sólo les quedaba el recurso ultimísimo de ponerse cerca de aquel Hombre cuya presencia podía curarlos. La del Señor no era magia de curandero, sino una manifestación de la propia autoridad. La fuerza no llegaba del conjuro, sino de su mano; no era una fórmula, sino su voluntad. No debe extrañarnos que ante los milagros que hacía, como la tempestad calmada, los suyos se preguntaran “¿quién es éste…?”. El interrogante no recaía en el método que usaba para imponerse a la naturaleza, sino en su persona.

Pero el milagro de una pierna nueva no es la respuesta que el hombre necesita de Dios, porque lo que necesita es una nueva actitud para entender la propia existencia. Aunque vayas tuerto por la vida, si el Señor te concede el milagro de la conversión, verás con nitidez de una vez por todas, y los prójimos serán próximos de verdad. Aquella ciega octogenaria, vecina de casa, me decía con frecuencia “no necesito ver aquello que me da la felicidad”. Había llegado a una comprensión más amplia del sentido de la vista sin buscar otros ojos.

Quizá andemos torpes a la hora de entender la providencia de Dios. Creemos que Dios se manifiesta providente cuando nos provee de cuanto le solicitamos. Más que buscar un Dios providente, buscamos una cuenta bancaria de la que sacar fondos sin límite. La providencia de Dios se produce en toda circunstancia de nuestra vida cuando le dejamos dilatar nuestro deseo de Él. Hoy he tenido la suerte de dar la unción a un moribundo cuya oración ha querido expresarla en voz alta, “Señor, me voy a morir y tengo miedo. Te quiero, pero no me abandones ahora. Has sido tan bueno siempre conmigo…” Y así estuvo un buen rato. He de subrayar que no hablaba de un historial de milagros, sino de amistad. Me puse muy cerca de su oído derecho, porque había perdido la audición del otro, y le dije “calma, calma, no pienses ahora en nada. Estás en las manos de Aquél que tanto te ha acompañado, nada va a cambiar de ahora en adelante”. Y para agradecerme las palabras, me abrazó con la hermosa debilidad de los que están a punto de morirse.

Por eso el Evangelio de hoy no trata de “milagrosos milagros”, sino del otro milagro, el de la Eucaristía. Nuestro Señor no multiplicó los panes y los peces para solucionar el hambre en el mundo, sino para anunciar que Él mismo se multiplicaría en alimento para todo creyente. Porque cuando uno ve saciada su hambre, sigue con las mismas preguntas existenciales de siempre. Pero cuando es Dios quien sacia con la Eucaristía, sobreviene un primer apunte de eternidad.

La prudencia temeraria

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Sí, porque se puede pecar de prudente. Los hay que por no meterse en líos ni un paso de mínima osadía se atreven a dar. Un amigo le comentó a su abuela que se iba a la India a pasar un verano con los más pobres. Ella le contestó , “hijo, pudiendo no ir, ¿por qué te vas?”. Es verdad que si no se toman iniciativas, uno no se complica. Pero si mi padre no hubiera perseguido a mi madre por la calle cuando la vio por primera vez, yo no estaría escribiendo estas líneas. Y si Pedro no hubiera dejado las redes para seguir al Maestro, habría terminado sus días como la de cualquier pescador de Cafarnaum. Y si Nuestra Madre no hubiera aceptado con inusitada valentía el reto del ángel, el Verbo no habría tocado tierra y nuestra salvación seguiría pendiente.

El Señor dice hoy en el Evangelio que el Padre ha escondido las cosas del Cielo a los sabios y prudentes. No es que el Señor camufle sus secretos a la gente, sino que el tuétano de su mensaje pasa inadvertido a los que desconocen el riesgo. Para ser de los suyos hay que ser diestro en amores, y las palabras que peor visten el amor son: moderación, prudencia, cálculo, sobriedad, mesura, contención. No me imagino una propuesta amorosa de por vida con estos sustantivos de por medio. Nadie se gana el corazón de otro diciéndole “cariño, tú sabes que te quiero prudentemente”.

No fue prudente el paso al frente de Maximiliano Kolbe en Auschwitz, no señor, se jugó la vida por salvar la de un hombre a quien esperaban mujer e hijos. Es imprudente el Papa Francisco, que se va a tierras donde sólo el uno por ciento de la población es cristiana, y además se juega el pellejo en sus discursos si se sale del vocabulario oficial. No es prudente el joven universitario cuya familia de empresarios le augura un futuro consolador, cuando decide hacer unos ejercicios espirituales porque se está pensando la vocación sacerdotal.

Le hemos cogido miedo a un Dios que juzgamos extorsionador del hombre, al que pedirá cuentas de su rendimiento, como al becario en manos de un jefe implacable. Por eso escogemos la prudencia y guardamos el talento, para que nadie nos lo quite, a ver si lo vamos a perder. Pero el que no arriesga no vive. Y nuestro Señor sólo nos pide esa bendita imprudencia del amor.

¡No te prepares en Adviento!

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No sé tú, pero a mí me empieza a cargar el ejercicio de la gran preparación al encuentro del Señor, lo digo porque los mejores encuentros son los que apenas se programan. Si piensas montar una fiesta por tu 40 cumpleaños crees que, para que todo salga bien, necesitas una organización escrupulosa, casi similar a un plan de negocios: asegurar que el catering sea de fiar, tener al día la lista de invitados, limpiar a fondo la casa, hablar con los vecinos para que no se te aloben por la posible subida de decibelios pasada la medianoche, etc. Lo paradójico es que la impecabilidad de la preparación no te garantiza el éxito, el resultado de cualquier encuentro humano es un acontecimiento que se nos va de las manos. A veces los curas cojeamos del espíritu de entrenador de fútbol. “Hay que prepararse a conciencia -decimos-, hay que hacer mucho ejercicio interior antes de salir a la intemperie de la Nochebuena, dispuestos a ganarle al Señor el corazón”. Igual el alpinista, con su estado de forma y sus aparejos.

Acabo de llegar de Tierra Santa. Los días previos pensé mandar un lote de mensajes al grupo de whats up, para que los peregrinos fueran abriendo boca. Pero después de una tarde de oración pensé, el éxito vendrá de la mano del encuentro con Él allí. Nuestro guión sólo sería el del turista inadvertido, que se tropieza con la belleza de los sitios que descubre. Ya en Tierra Santa el Señor esperaría. Y así ocurrió.

¿En Adviento? Poner atención al día, poco más, porque entre las voces de los días laborables el Señor llega con la suya y sus matices, y sólo la atención detenida la reconoce. El mejor ejemplo de Adviento me viene de la mano de un amigo que está a punto de morirse. Llevaba días con dolores e incómodo, le diagnosticaron cáncer de páncreas y metástasis de la que sólo se espera un milagro. Para estas cosas no hay preparación que valga. Pero dijo a los suyos que estaba dispuesto para el encuentro con el Señor, porque su vida había sido justamente esa preparación para la cita. La vida es eso, un espacio lujoso en el que el Señor se guarece de las distracciones y superficialidades para hacerse el encontradizo.

Si convertimos lo cotidiano en una subida al pico K2 , matamos lo ordinario, y el Señor se encuentra tan cómodo aquí… viéndote desde lo escondido… No te prepares, vive sólo lo que la Iglesia ha preparado para ti en la liturgia de hoy, y notarás otra presencia.

Mis caminos, vuestros caminos

Escrito por Comentarista 4 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La primera lectura de hoy, la del Libro de Isaías, contiene una de las frases más consoladoras de la Escritura. Aunque nos hemos encargado de malinterpretarla como lectores cerriles, contiene todo el alimento que necesitamos para vivir. El Señor dice “mis caminos no son vuestros caminos”. Arrojada así la frase, parece que Él va por un lado y nosotros por el nuestro. O lo que es peor, que si se nos ocurre ir por los caminos de Dios, nada tendrán que ver con los que a mí me apetecen, es decir, Dios es contrario al hombre y obedecerle es traicionar nuestra humanidad.

Pero la frase no termina ahí, Dios añade “mis caminos son más altos que los vuestros”. Para un lector judío de la época del profeta Isaías, quedaba conformada la condición de Altísimo del Dios de los padres. Pero cuando Dios se hace hombre en Cristo, los “caminos altísimos del Dios Altísimo” se hacen nuestros. Atención. Nuestros caminos se pueden hacer divinos, encumbrados, profundos. Con Cristo se inaugura santidad en el camino ordinario.

En traducción al formato del Nuevo Testamento, el Señor dice: “mira, tus caminos llevan a un callejón sin salida, a la repetición de todo, al precipicio de la muerte. Es verdad, piénsalo, no puedes dar vida a tu padre fallecido, no puedes evitar la rotura de cadera que te ocurrió ayer, no puedes quitarte el complejo de ser el tipo más bajito del trabajo. Si te tomas en serio tu camino, tendrás momentos fugaces de alegría pero, como eres hijo del tiempo, te acabarás desinflando hasta que la tierra te engulla. Propongo que tu camino sea más alto. En vez de volver a tener sed, te propongo un surtidor de agua dentro de ti que salte hasta la vida eterna. No está mal. Te propongo eterna proximidad en tu enfermedad, para que sientas que esa mano que te cuelga de la cama cuando sientes que a nadie alcanzas, termine en mí. ¿Y la muerte?, te propongo una intensidad de vida que no se agote y no canse”.

Esos son los caminos de Dios, a mí me parece que por inteligencia emocional deberíamos cotejar los nuestros y los suyos, y sacar conclusiones. Conozco a gente que ha optado en su vida por “caminar más alto” y es cierto, parece que marchan con alas. Una carmelita moribunda me dijo ayer con un rictus de seguridad en la comisura de los labios, “estoy preparada para el encuentro”. Esta mujer va por el camino ligera.

He nacido para producir el mejor vino

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El Evangelio de la semilla es un texto que da mucho juego, porque el concepto “semilla” es muy preclaro: una realidad ridículamente insignificante, escondida, inadvertida, puede crecer hasta extremos descomunales de altura. Y todo comienza con una especie de lenteja anodina que produce una revolución misteriosa y alquímica sin testigos. ¿Cómo el Señor se iba perder un ejemplo así para significar la presencia de Dios en el mundo, el desarrollo de nuestra propia vocación sobrenatural? Hasta yo mismo he de convertirme en un grano de trigo minúsculo, debo dejarme sembrar en la tierra, me tengo que dejar tomar por Aquel que sabe, no permanecer sellado en mi propia circunscripción, en mi vida privada. Recordemos esa frase del Señor que nos viene tan bien “el que quiera salvar su vida, la perderá”.

Qué desasosegante me resultó la lectura de una novela de Henry Miller en la que se definía a sí mismo como un ser que no tenía nada que aportar, “descubrí casi en seguida que nunca había vivido, esa es la cuestión, si no arriesgas nada, nada consigues. ¿Cuál es el dicho oriental? Temer es no sembrar a causa de los pájaros”. Pero desde el momento que asumo el reto de dejarme enterrar en la tierra (el riesgo de vivir de la fe en el Hijo de Dios) tendré que dejarme penetrar por las fuerzas de la tierra y del cielo.

En esto Benedicto XVI ponía muchas imágenes en sus homilías gracias a su extracción alemana, una vida pegada a la tierra y al vino. Decía que para que una uva pueda llegar a convertirse en un buen vino, tiene que haber acumulado mucho sol. Esta es nuestra tarea, afirmaba, asimilar mucho sol con el fin de llegar a ser buen vino. Exponernos una y otra vez al sol de la palabra divina, de la llamada divina, pero también a la tempestad, al viento y al agua, mediante los cuales nos convertimos en uva que alcanza su maduración y da buen vino. Cuanto más arriesgas, tu uva fermenta con mejores cualidades.

El Señor ha jurado sobre mi piel que si mi me abro como una flor de primavera, pondrá sobre mí el regalo de su inmortalidad. Pero no terminamos de creerlo. Preferimos movernos con los ojos cerrados y los oídos tapados, usamos a tientas escaleras, olvidando que tenemos alas, y rezamos a un Dios como si estuviera sordo y ciego. Qué mal habla de sí misma una semilla que no ha sabido enterrarse y dar de sí enteramente

El débil poder de Cristo

Escrito por Comentarista 4 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

¿A que oyes hablar del Reino de Dios y te entra así como una emoción épica entre los pulmones? Te vienen ganas de yelmo y caballo. Imaginas un Reino, con su árbol genealógico de apellidos cargados de números romanos y aristocracia de satén; y si encima es el reino de Dios, pues tendrá los rasgos de ser omnipotente, todopoderoso, implacable en la justicia y visible como una campiña al sol, sembrada de siemprevivas y jaramagos. Pero si el reino de Dios no es de este mundo, cosa dicha por el Maestro ante Pilato, surge una pregunta, ¿cómo se presenta su poder? ¿Están visibles la corona y el cetro, o enterrados?

Me impresionó la lectura reciente de una homilía pronunciada por Benedicto XVI en 1987, con motivo de las bodas de oro sacerdotales de un prelado. El título del sermón era “Ser testigos del débil poder de Cristo”. Débil poder parece un oxímoron, es como decir fuego frío. Pero curiosamente el Reino del que nos habla el Señor no consiste en proponer a los hombres seguridad, estructuras perfectas, bienestar, libertades absolutas. Cuando el Diablo propuso a un Cristo muerto de hambre la posibilidad de convertir las piedras en pan dijo que no, un no rotundo, no he venido a abastecer a la humanidad con comida. ¿Pero no es eso lo primordial para que un Reino sea estable, dejar que sus miembros tengan su sustento? Para el Señor los bienes básicos son la fe, la esperanza y el amor. Lo demás es añadidura que dura poco, como el placer de comer o dormir.

El Señor nos grita que antes de la comida el alma tiene ansia de un Dios amante, este es el inicio del Reino. Cuando a Pedro le llamó Satanás, fue porque el discípulo quería que su Señor no llegara al final de su entrega, hasta la cruz. Pero desde la cruz, desde esa debilidad visible y vergonzante viene el poder de nuestro Rey. Vale, que no se entiende, ya me lo esperaba, pero no hay otra salida. Todo el poder de la salvación de Dios procede de la cruz. Y sólo se entiende este darse hasta el extremo cuando uno ha hecho mucha amistad con el que primero se ha dado hasta el extremo. Rezando con Él, uniendo mi intimidad con la suya.

Y así se inaugura un Reino que va creciendo en el pecho, que no necesita yelmo ni caballo ni banda sonora épica, un Reino que se desarrolla más allá de la muerte. Apetece un Reino que no se desmorona, del que no se ven sus torres saqueadas por las fuerza contrarias sino que crece a golpe de las pruebas de amor inadvertidas que hacen los hombres de fe cuando nadie los ve.

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