Domingo de la 20ª semana de Tiempo Ordinario. – 20/08/2017

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Comentario Pastoral

FE Y DIÁLOGO

Después de leer el evangelio de la mujer cananea y escuchar la alabanza de Jesús “Mujer ¡qué grande es tu fe!”, todos sentimos una interpelante llamada a examinar el nivel, compromiso y vivencia de nuestra fe cristiana. Porque la mujer cananca, pagana, al pedir la curación de su hija, se convierte en ejemplo y modelo de confianza en el Señor.

A todos conmueve la profundidad y constancia de la cananea, que manifiesta una creciente actitud y testimonio de fe en Jesús; primero le reconoce como Señor e Hijo de David, después le suplica compasión y pide socorro, para finalmente mendigar ser aceptada en “la casa del amo” corno un perrito que come las migajas que caen de la mesa.

Al conceder Jesús la curación de la hija de la mujer pagana, so afirma el gran principio revolucionario de que la salvación va no es resultado de la simple pertenencia a la raza de Abrahán, sino la capacidad ¿e creer en Jesús como el Señor. Viendo este comportamiento de Cristo y apoyados en él, los apóstoles se lanzan a la conquista del mundo pagano, dando la primacía de la salvación a la fe, como adhesión a Cristo, Palabra de salvación que Dios ha dicho en favor de todos los hombres.

Junto al tema de la fe, en este domingo sobresale el tema del diálogo con otras religiones. El mensaje cristiano es amor y respeto a todo hombre, no es elitista ni racista, está abierto a todos los valores de la humanidad, evitando los escollos del rigorismo integrista y del sincretismo indiferente.

El diálogo que provoca el mensaje cristiano supone paciencia y espera, reconociendo que los tiempos y los caminos de Dios a veces no son coincidentes con nosotros y nuestras impaciencias. Y es búsqueda amorosa y constante signo de humildad y de apertura interior, que permite reconocer a los otros como compañeros de viaje, si no es posible que sean compañeros de habitación.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 56, 1. 6-7 Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8
san Pablo a los Romanos 11, 13-15. 29-32 san Mateo 15, 21-28

 

de la Palabra a la Vida

Al igual que el domingo pasado, en el que Pedro se atrevía a intentar caminar sobre las olas, también un evangelio tan diferente como es el de hoy es una invitación aprender a vivir en el misterio de Dios. Todo sucede a la luz de un diálogo amargo, extraño, entre Jesús y una mujer cananea que aparece a importunarle mientras recorre Tiro y Sidón. En ese diálogo resuenan las palabras de la primera lectura, de la profecía: “A los extranjeros los traeré a mi monte santo…” ahora el monte es el Señor, que atrae a la mujer extranjera sin necesidad de estar en Jerusalén. La encarnación del Verbo conlleva que el Señor a todos los ha hecho algo suyo, y ahora no son sólo los sacrificios y las ofrendas de Israel las que se elevan hasta Dios, sino todas aquellas que son presentadas con verdadera fe en el Hijo de Dios, el Verbo encarnado.

En la mujer extranjera y su diálogo con Jesús se desvela el plan de Dios, plan misterioso; y es que el deseo de Jesús sucede misteriosamente: su deseo de que se realice esa llamada a los de todos los pueblos que está profetizada en la encarnación se va a realizar a través de sus aparentes negativas, de su actitud esquiva. La reacción de Jesús a la petición de la mujer parece contradictoria: ¿no quiere cumplir la profecía? ¿no ha venido a revelar la salvación a todos? ¿a qué espera para aprovechar la situación con esta mujer cananea? En realidad, solamente quien persevera junto a Jesús en actitud de confianza, de reconocimiento de que “realmente es el Hijo de Dios”, que decía Pedro el domingo pasado, puede descubrir la intención profunda de Dios, su misterio de salvación. Jesús no quiere negar la salvación a nadie, pero su ofrenda de salvación sigue caminos misteriosos, incluso de aparente negación de la voluntad de Dios. ¿Cómo hacer cuando a la primera la respuesta es negativa? La mujer permanece en el misterio, reconociendo la divinidad del Señor, madurando en el corazón la acogida del don de salvación. El diálogo con Él va a ratificar su voluntad de que todos los pueblos alaben al Señor. También Tiro y Sidón van a contemplar el poder de Dios, también los cananeos van a beneficiarse del poder de Dios. Si estos pueblos también reciben “de la mesa del Señor”, si las migajas son para todos, no sólo para un pueblo sino para todos, nos encontramos entonces ante las primicias de la salvación para todos. “Algunos” ya han comenzado a recibir salvación: es el principio de “todos”. Por eso, sentarse a la mesa del Señor, recibir de su salvación, es ser “signo” de su voluntad de salvación de todos.

Así pues, cuando el Señor nos da de su alimento, nos convierte en un signo, pues nuestra comunión con Él, nuestra participación en la eucaristía y en los sacramentos, les dice a los otros a lo que están llamados: si yo comulgo, entonces tú estás llamado a comulgar también. Pero ese deseo de Dios se hace misteriosamente, como misterio de negación aparente, como Jesús con la mujer del evangelio de hoy: en la perseverancia se desvela su amor misericordioso, no su amor caprichoso, no su amor voluble, sino un amor fiel, que sabe lo que nos conviene y cómo nos conviene pedirlo y lucharlo. La liturgia de la Iglesia nos hace signo, signo que anima a otros a acercarse al Señor, igual que aquellos discípulos animaron a la mujer cananea a intentar acercarse y obtener la curación de su hija.

¿Me veo signo para los demás? ¿Explico a los que me ven lo que significo, que no es por mérito mío, sino por voluntad de Dios expresada en los profetas? Cuando en mí se cumple la profecía, en otros aparece el signo que yo soy, que es la Iglesia. La perseverancia y la fe son la que abren la puerta a no desanimarnos, sino a vivir en el misterio, donde todo tiene su momento, pero todo nos conduce a salvación.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal
Prefacio de la Virgen María, reina del universo

En verdad es justo darte gracias, y deber nuestro glorificarte,
Padre santo, por Cristo, Señor nuestro.
Porque, con tu misericordia y tu justicia
dispersas a los soberbios y enalteces a los humildes.
A tu Hijo, que voluntariamente se rebajó hasta la muerte de cruz,
lo coronaste de gloria y lo sentaste a tu derecha, como Rey de reyes y Señor de
señores;
y a la Virgen, que quiso llamarse tu esclava
y soportó pacientemente la ignominia de la cruz de tu Hijo,
lo exaltaste sobre los coros de los ángeles, para que reine gloriosamente con él,
intercediendo por todos los hombres como abogada de la gracia y reina del
universo.
Por eso, con todos los ángeles y santos,
te alabamos proclamando sin cesar:
Santo, Santo, Santo…

 

 

Para la Semana

Lunes 21:
San Pío X, papa. Memoria.

Jueces 2,11-19. El Señor suscitó jueces, pero tampoco les escucharon.

Sal 105. Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo.

Mateo 19,16-22. Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, así tendrás un tesoro en el cielo.
Martes 22:
Bienaventurada Virgen María, reina. Memoria.

Jueces 6,11 24a. Gedeón, salva a Israel, yo te envío.

Sal 84. Dios anuncia la paz a su pueblo.

Mateo 19, 23 30. Mas fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios.
Miércoles 23:
Jueces 9,6 15. Pedisteis que os gobernara un rey, cuando vuestro rey era el Señor.

Sal 20. Señor, el rey se alegra por tu fuerza.

Mateo 20,1 16a. ¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?
Jueves 24:
San Bartolomé, apóstol. Fiesta.

Ap 21,9b-14. Sobre los cimientos están los nombres de los doce apóstoles del Cordero.

Sal 144. Tus santos, Señor, proclaman la gloria de tu reinado.

Jn 1,45-51. Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.
Viernes 25:

Rut 1, 1.3 6.14b I 6.22. Noemi, con Rut la moabita, volvió a Belén.

Sal 145. Alaba, alma mía, al Señor.

Mateo 22,34 40. Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo.
Sábado 26:
Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, virgen. Memoria.

Rut 2,1 18 11; 4,13 17. El Señor no te ha dejado sin protección. Fue Padre de Jesé, el padre de David.

Sal 127. Esta es la bendición del hombre que
teme al Señor.

Mateo 23, 1 -12. Ellos dicen, pero no hacen.

Domingo de la 19ª semana de Tiempo Ordinario. – 13/08/2017

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Comentario Pastoral

LAS TEOFANÍAS DE DIOS

E1 profeta Elías sube al monte Horeb, el monte de Dios, repitiendo el itinerario y el gesto de Moisés en el Sinaí. A Moisés le habló Dios en el Siriaí entre truenos y temblor. A Elías le habla ya no desde el viento huracanado, sino en leve susurro, a modo de la suave brisa que le hacía presente en el paraíso. Elías se cubre el rostro porque ningún hombre puede ver a Dios y seguir vivo, pero experimenta la dulce presencia del Señor.

Aguardar al Señor en el monte o en la llanura, saber esperarle con paciencia sin que el ánimo decaiga, tener fe en el Señor que va a pasar y se nos va a hacer cercano y presente es importante para vivir en cristiano.

El Señor quiere que sepamos embarcamos en la vida, que avancemos hacia la otra orilla, que lo precedamos, que sepamos aguantar las tormentas del desconcierto, los vaivenes de la tentación, el naufragio de la fe, las olas de la desconfianza. Porque no estamos solos. Porque viene a nuestro encuentro.

La narración materna del evangelio de este domingo tiene el transfondo de las apariciones pascuales; “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. La ayuda misericordiosa y la presencia de Cristo resucitado son indispensables para salvar a la Iglesia, siempre que viva un momento o circunstancia de crisis. La mano que extiende Jesús a Pedro no sólo es su salvación, sino la nuestra.

El camino del creyente puede ser muchas veces un camino inestable, camino sobre el mar del mal. ¡Cuántas veces nos hundimos! El miedo es compañero de viaje, porque dudamos, porque tenemos poca fe.

A Dios le encontramos y le conocemos en la calma, en la tranquilidad, en la paz, en la dulce simplicidad.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Reyes 19, 9a. 11-13a Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14
san Pablo a los Romanos 9, 1-5 san Mateo 14, 22-33

 

de la Palabra a la Vida

El pasaje de Elías de la primera lectura, siempre sugerente, siempre reconfortante, nos introduce en una pregunta misteriosa: ¿es que Dios puede hacerse presente en una suave brisa? El evangelio responde a esa pregunta: Claro, igual que puede hacerse presente en medio de la fuerza del oleaje, de la inestabilidad del mar. Tanto en la brisa como en las olas, el corazón creyente está capacitado para aceptar: “realmente, eres el Hijo de Dios”. Sí, no es solamente que Dios pase por nuestra vida, es que lo hace para cuidarnos, en la brisa y en La tempestad. Nosotros vivimos acostumbrados a una búsqueda de Dios generosa y valiente, pero calculada: “Si eres Tú, mándame ir a tí…”. Pero el cristiano tiene que descubrir que su fuerza no es suya, que es del Señor. Por eso, la Iglesia nos hace repetir con el Salmo: “Muéstranos, Señor, tu misericordia”, porque es tu misericordia, tu consuelo, tu presencia constante la que nos tiene que introducir en una forma diferente de vivir la vida: la vida es el marco oportuno y adecuado para que se haga presente el misterio de la cercanía y la presencia de Dios. No es que en la vida sucedan cosas, es que la vida es para que sucedan cosas. Y estas no son elegidas por nosotros, no son calculadas en función de nuestro atrevimiento o de nuestra timidez, sino que forman parte de una voluntad misteriosa de Dios que estamos llamados a acoger.

Las lecturas de hoy, por tanto, nos invitan a entrar en el misterio de la voluntad de Dios sin plazos, sin prisas, sin nuestros prejuicios o medidas, sino confiados en la misericordia de Dios: Pedro, que aprendió a echar las redes fiado no en su cálculo sino en la palabra del Señor, tiene que seguir avanzando por ese camino de amor fecundo de Cristo, basado en la confianza en el que tiene poder sobre los elementos de la naturaleza. Sí, reconocer que Cristo es todopoderoso, que el poder último no está en las fuerzas de la naturaleza sino en la fuerza de Cristo, que no vivimos a merced de los elementos sino bajo el manto misericordioso de Dios, es consolador. Y es un estilo de vida propio. Dios puede mostrarse en la brisa o en el oleaje, pero en cualquiera de esas circunstancias, “salud o enfermedad, honor o deshonor”, su presencia nos agarra del brazo para que no nos hundamos sino que experimentemos su cuidado. Esta forma de pasar que tiene el Señor, estos cuidados suyos, se aprenden desde la experiencia de la liturgia. En ella Cristo se acerca a nosotros en el silencio y en la discreción de humildes gestos, pero también en lo solemne y grandioso. No solamente lo hace de una forma, sino de una y de la contraria, para que no pensemos que lo dominamos, que ya sabemos por dónde va a venir, para que no lo tratemos de forma calculadora, sino creyente. Esto es una actitud propia de Jesucristo: es león y es cordero, es rey y es siervo. Y es así para que no olvidemos que, de suyo propio, Él está fuera de nuestro alcance. Pero se acerca, en la brisa y la tempestad, y sólo espera una fe dispuesta a recibir al Señor como venga, como hace Elías, que espera en la tempestad y espera en la brisa.

¿Quiénes somos nosotros, acaso, para decirle a Dios cómo y cuándo? Marcarle el camino es, como en el caso de Pedro, dudar: “¿Por qué has dudado?” tantas veces en la celebración de la Iglesia participamos creyendo saber ya de antemano lo que Dios nos tiene que decir y de qué manera tiene que aparecer, bajo qué signo, con qué palabras… Un corazón valiente es el que espera siempre, y no le marca un camino a Dios, sino que lo espera en su venida. Pedro es cabeza de la Iglesia también en su impulsividad generosa, decidida, necesitada de aprender. La liturgia nos dice: no busques a Cristo donde lo quieres, deja que su misericordia te enseñe dónde es donde más lo necesitas encontrar. Ten la paciencia suficiente para no perderlo con tu cálculo… Y el Señor te dará su misterioso conocimiento, su perfecta comunión.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal
Prefacio de la Asunción de la Virgen María

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo Señor nuestro.
Porque hoy ha sido elevada a los cielos la Virgen, Madre de Dios;
ella es figura y primicia de la Iglesia, que un día será glorificada;
ella es ejemplo de esperanza segura y consuelo del pueblo peregrino.
Con razón no quisiste, Señor,
que conociera la corrupción del sepulcro
la que, de modo admirable, concibió en su seno al autor de la vida, tu Hijo
encarnado.
Por eso, unidos a los coros angélicos,
te alabamos proclamando llenos de alegría:
Santo, Santo, Santo..

 

Para la Semana

Lunes 14:
Deuteronomio 10,12 22. Circuncidad vuestro corazón, Amarás al emigrante, porque emigrantes fuisteis.

Sal 147. Glorifica al Señor, Jerusalén.

Mateo 17,22 27. Lo matarán, pero resucitará. Los hijos están exentos de impuestos.
Martes 15:
Asunción de la bienaventurada Virgen María. Solemnidad.

Ap 11,19a; 12,1-6a.10ab. Una mujer vestida de sol y la luna bajo sus pies.

Sal 44. De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

1Co 15,20-27a. Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo.

Lc 1,39-56. El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: enaltece a los humildes.
Miércoles 16:
Dt 34,1-12. Allí murió Moisés como había dispuesto el Señor, y no surgió otro profeta como él.

Sal 65. Bendito sea Dios, que me ha devuelto la vida.

Mt 18,15-20. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Jueves 17:
Josué 3,7 10a.11.13 17. El Arca de la Alianza del Dueño va a pasar el Jordán delante de vosotros.

Sal 113. Aleluya

Mateo 18,21 19,1. No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Viernes 18:
Josué 24,1 13. Yo tomé a vuestro padre del otro lado del río; os saqué de Egipto, os llevé a la tierra.

Sal 135. Porque es eterna su misericordia

Mateo 19,3 12. Por la dureza de corazón permitió Moisés
repudiar a las mujeres; pero, al principio, no
era así.
Sábado 19:
Josué 24,14 29. Elegid hoy a quien queréis servir.

Sal 15. Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

Mateo 19,13 15. No impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos.


Domingo de la 18ª semana de Tiempo Ordinario. La Transfiguración del Señor – 06/08/2017

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Comentario Pastoral

TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Esta fiesta invita a una grandiosa contemplación de Cristo. Como en el ábside de las iglesias bizantinas, brilla la figura del Cristo Pantocrator, es decir, Señor del tiempo y del espacio. La Transfiguración, junto con el bautismo y la crucifixión, es uno de los puntos decisivos de interpretación del misterio de Jesús de Nazaret.

Pero la Transfiguración no sólo revela el misterio de Jesús, sino que desvela también el destino y el misterio del cristiano, destino de comunión con Dios. Ser cristiano no es ser simplemente hombre religioso, sino testimonio de Cristo y de su amor por medio de una genuina experiencia de fe.

La Transfiguración es una anticipación pascual del misterio del Hijo predilecto del Padre. Tiene lugar a mitad de su itinerario terreno en medio de nosotros y debe movernos a una constante transfiguración de nuestra vida cristiana, en medio de la simplicidad de las cosascotidianas.

La Transfiguración no sólo está proyectada sobre la futura Pascua, sino también sobre el pasado salvífico, sobre Moisés y Elías, sobre la Ley y los Profetas, sobre el Sinaí y Sión. Toda la Escritura resuena como Palabra de Dios en la Transfiguración, que es iluminación de la Biblia entera.

Todos los símbolos del relato de la Transfiguración nos ayudan a entrar y profundizar el misterio que se revela.

La montaña alta evoca la gran aparición sinaítica, raíz de la alianza entre Dios y el pueblo. Para ver a Dios hay que dejar las mediocridades de las hondonadas de una vida espiritual mediocre.

La luz y el resplandor del rostro de los vestidos de Jesús son una explícita referencia a la gloria del Señor, a su presencia luminosa y trascendente.

La voz divina que define a Jesús como “Hijo amado y predilecto” es una invitación a la escucha de su palabra, a la comprensión del evangelio como alimento de la fe.

En la celebración de la Transfiguración los cristianos, peregrinos en la tierra, vislumbramos a la luz y en la fidelidad a la Palabra, nuestro destino glorioso

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Daniel 7, 9-10. 13-14 Sal 96, 1-2. 5-6. 9
San Pedro 1, 16-19 San Mateo 17, 1-9

de la Palabra a la Vida

La reflexión acerca de las parábolas de estos evangelios dominicales se ve interrumpida por la festividad que hoy celebra la Iglesia, la Transfiguración del Señor.

Misterio luminoso de la vida del Señor, que permite a tres privilegiados discípulos contemplar su gloria, su luz, la pureza de su divinidad y la fuerza de su santidad, que van a quedar velados por la cercanía de la Pasión, por el sufrimiento y muerte. Dentro del camino de seguimiento de Cristo, la revelación de su gloria debe ir siempre unida a la revelación de su abajamiento. Por eso, cuando Cristo muestra hoy toda su luz se sirve para ello de su profunda humildad. La humildad, lejos de velar el poder de Dios, lo transparenta. Así sucede en el monte Tabor, pero así sucederá también en el monte Calvario.

De esta forma Cristo aparece ante los discípulos como el que cumple lo que estaba escrito: lo de Daniel en el Antiguo Testamento fue una visión, creía algo que aún no estaba, que tenía que suceder, pero los discípulos contemplan con sus propios ojos la realidad, a su Maestro como esa “especie de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano venerable y llegó hasta su presencia. A él le dio poder, honor y reino”. Que los discípulos tuvieron que aprender de aquello, que no comprendieron lo vivido hasta más tarde, lo testimonia hoy la segunda lectura: “no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza”.

Sin embargo, el plan de salvación de Dios contempla que los testigos reciban la gloria que han observado. El plan divino no sólo muestra lo que Cristo es, sino también lo que la Iglesia tiene que ir siendo. No cabe pensar en una transfiguración por parte de la Cabeza que no conlleve también una transfiguración del Cuerpo. No cabe. Por lo tanto, el misterio del Tabor es también misterio para la Iglesia, que por su comunión con Cristo recibirá también la comunicación de la gloria.

¿Qué nos hace esa gloria? Sí, esa gloria hace algo, no es un adorno, es la divinidad, y eso significa que tiene el poder de transformarnos.

¿Cómo lo hará? Lo hará en la celebración de la Iglesia, en la liturgia: en ella, la transformación
del Cuerpo ha comenzado ya por obra de la gracia que se derrama, que baja de la Cabeza al Cuerpo. El Tabor no es un misterio al margen de la vida de la Iglesia: es el reflejo en el que mirarnos para saber lo que nos sucede cuando nos mostramos dispuestos a acoger la voluntad de Dios, voluntad que tiene un camino de cruz y resurrección.

Así, no es difícil asumir que con la gloria del Tabor, de la liturgia, confirmados por la Escritura, por la ley y los profetas, se baja a Jerusalén a entregar la vida, entrega en la que “no luce” la gloria, pero salva. ¿Aceptamos el misterio de la gloria como precedido de la pasión? A diario, los cristianos seguimos luchando por evitar la cruz, a pesar de que esta es la llave que abre la puerta de la felicidad: ¿Entramos en los sacramentos para que suceda todo este misterio en nosotros? ¿Comprendemos cual es el camino que Jesús ofrece a sus discípulos?

Las tres tiendas que Pedro quiere poner, anuncio de la venida final del Mesías, significan quedarse en el camino, no querer avanzar. ¿Cómo busco progresar en mi camino de fe, no por donde yo deseo sino por donde Cristo va iluminando? Providencialmente, en mitad del verano, la Iglesia nos recuerda con esta fiesta de hoy qué va sucediendo y cómo en nuestro seguimiento de Cristo: la transfiguración de todo, camino de la gloria del Padre, ha comenzado ya, y se da en Cristo, en los santos, en la eucaristía… la dinámica es imparable, entremos en ella.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
Prefacio de la Transfiguración del Señor

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor Nuestro.
El cual manifestó su gloria delante de unos testigos predilectos,
y revistió con gran esplendor
la figura de su cuerpo semejante al nuestro,
para arrancar del corazón de los discípulos
el escándalo de la cruz
y manifestar que, en el cuerpo de la Iglesia entera,
se cumplirá lo que, de modo maravilloso,
se realizó en su Cabeza.
Por eso, con las virtudes del cielo,
te aclamamos continuamente en la tierra
alabando tu gloria sin cesar:
Santo, Santo, Santo…

 

Para la Semana

Lunes 7:
Santos Justo y Pastor, mártires. Memoria.

Núm 11,4b-15. Solo no puedo cargar con este pueblo.

Sal 80. Aclamad a Dios, nuestra fuerza.

Mt 14,13-21. Alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición y dio los panes a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente.
o bien:

Mt 14,22-36. Mándame ir a ti sobre el agua.
Martes 8:
Santo Domingo de Guzmán,presbítero. Memoria

Núm. 12,1-13. No hay otro profeta como Moisés; ¿cómo os habéis atrevido a hablar contra él?

Sal 50. Misericordia, Señor, hemos pecado.

Mt 14,22-36. Mándame ir a ti sobre el agua.
o bien:

Mt 15,1-2.10-14. La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz.
Miércoles 9:
Santa Teresa Benedicta de la Cruz, virgen y mártir. Fiesta.

Os 2,16b.17.21-22. Me desposaré contigo para siempre.

Sal 44. Escucha, hija, mira, inclina el oído.

Mt 25,1-13. ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!
Jueves 10:
San Lorenzo, diácono y mártir.

2Cor 9,6-10. Dios ama al que da con alegría.

Sal 111. Dichoso el que se apiada y presta.

Jn 12,24-26. A quien me sirva, el Padre lo honrará.
Viernes 11:
Santa Clara, virgen. Memoria.

Dt 4,32-40. Amó a sus padres y elogió a su descendencia después de ellos.

Sal 76. Recuerdo las proezas del Señor.

Mt 16,24-28. ¿Qué podrá dar un hombre para recobrar su alma?
Sábado 12:

Dt 6,4-13. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón.

Sal 17. Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.

Mt 17,14-20. Si tuvierais fe, nada os sería imposible.


Domingo de la 17ª semana de Tiempo Ordinario – 30/07/2017

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Comentario Pastoral

SABIOS PARA LO ESENCIAL

Alcanzar la verdadera sabiduría ha sido y es un empeño constante del hombre gobernante y del creyente auténtico. Salomón es prototipo perfecto de hombre sabio y de monarca que al comienzo de su reinado pidió a Dios el discernimiento para escuchar y gobernar. La fama de Salomón cundió de tal modo que todos deseaban aproximarse a él para comprobar la sabiduría que Dios había puesto en su corazón, dándole autoridad en temas sociales, en problemas políticos y en el vasto campo filosófico y teológico.

La sabiduría es discernimiento en el juicio, distinción clara entre lo bueno y lo malo. En un mundo como el de hoy, con tantas confusiones ideológicas y oscuridad de criterios, se hace urgente y casi imprescindible alcanzar la recta sabiduría, superadora de necesidades fáciles que desembocan en una vida sin esfuerzo. La sabiduría que proviene del Espíritu que nos ha dado y que es fruto de las enseñanzas del evangelio, vuelve dócil e inteligente al corazón. Así el creyente alcanza madurez humana y talla espiritual, libertad de decisión e inteligencia crítica para descubrir los valores caducos.

Las dos primeras mini-parábolas del evangelio sobre el tesoro escondido y la perla del gran valor hacen referencia a lo que en la opinión popular se considera como más deseable y precioso; para conseguirlo se deben sacrificar todas las otras cosas con prontitud y habilidad financiera.

Descubrir un fabuloso tesoro escondido es encontrar el Reino de Dios, que se nos es ofrecido como ocasión única. Para no perderla, si es necesario, se deben empeñar todos los medios y posibilidades que están a nuestra disposición. La sabiduría que nos propone Jesús es ser capaces de subordinar todo el nuevo tesoro descubierto desde la fe, que supera todo bien efímero y hace superfluo lo restante.

El esfuerzo de la elección de lo esencial no defrauda y comunica una gran alegría. Optar por el Reino de Dios exige inteligencia y no sólo coraje, e implica tener la simplicidad de la paloma y la astucia de la serpiente. Los verdaderos sabios son los que al final son salvados por el juicio divino y no según esquemas humanos.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Reyes 3, 5. 7-12 Sal 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130
san Pablo a los Romanos 8, 28-30 san Mateo 13, 44-52

Comprender la Palabra

Desde el actual Yemen, la reina de Saba quiso visitar Jerusalén para conocer la fama de sabio que tenía el rey de un pequeño pueblo, en la tierra de Canaan. Era el rey Salomón, del que escuchamos hoy en la primera lectura, al subir al trono pide a Dios que le conceda espíritu de discernimiento, un corazón dócil para poder ver la voluntad de Dios en un mundo en el que como escuchábamos en el evangelio del trigo y la cizaña el domingo pasado, se han juntado lo bueno y lo malo.

El discernimiento, por tanto, no se hace desde el equilibrio más separado de la realidad, sino desde su más profundo misterio: el amor a la voluntad de Dios. Para poder tomar las decisiones adecuadas con respecto a la propia vida -más aún si, como el rey Salomón, tenía que decidir sobre otros- es necesario un profundo amor al que nos pone en la situación y con la autoridad para decidir. Pues esas decisiones correctas parten del conocimiento de Dios y se afrontan con una gran confianza en Él. Porque sé quién eres, Señor, tomo esta decisión.

Elegir entre todo lo que tengo y el tesoro escondido en el campo puedo hacerlo si sé quién me ofrece ese tesoro. Si sé a quién me une esa elección. Por eso, el discernimiento es una forma de sabiduría que permite reconocer “una gran alegría” y apostar por ella. Lo permite incluso cuando las cosas aparecen de forma sorprendente, inesperada, como aparece ese tesoro, que no es fruto del trabajo previo. Permite no actuar de malas maneras, de forma “ilegal”, pues, en la parábola, el que descubre el tesoro no lo coge sin más, sino que vende primero lo necesario para poder comprar el campo; es decir, obrar con sabiduría es siempre obrar con alegría y rectitud, a pesar de la dificultad de las decisiones que hay que tomar en la vida. Y es que cuando alguien encuentra algo tan valioso, ningún precio nos parece mucho; hasta el Yemen está cerca de Israel, si se trata de conocer una inmensa capacidad para elegir lo mejor.

Así ocurre con el Reino de Dios: la Buena Noticia de la llegada del Reino tiene que producir una alegría tal al corazón que, con sabiduría, decidamos apostar por él. Y la apuesta por el Reino tiene una forma propia de hacerse: es el seguimiento de Cristo. En el seguimiento de Cristo se aprende a valorar lo que Dios ha ido ofreciendo desde siempre y lo que nos ofrece hoy, lo viejo y lo nuevo. No hay ideologías de por medio, sólo un deseo de beneficiarse de ese tesoro escondido, con “un corazón dócil”, como pedía Salomón, para decidir.

Por esto mismo, la Iglesia canta con el salmo de la Ley de Dios: “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!” Deleitarse en esa voluntad divina, en el brillo de ese tesoro, nos permite caminar por la vida siguiendo al Señor. Aunque cada día experimentemos la tentación de hacer nuestro camino, de elegir nuestra voluntad en autonomía, al margen de Dios, la experiencia primera del amor de Dios nos lleva a la decisión correcta: “amo tu voluntad”. ¿Pedimos al Señor ese espíritu de discernimiento para amar su voluntad? ¿cómo reaccionamos cuando no queremos lo que Dios quiere, con un corazón dócil o con un corazón duro?

Aquel “dame lo que me pides y pídeme lo que quieras” del santo de Hipona es la forma de responder a la certeza de la compañía divina y de la luz que nace de su tesoro. En él está la sabiduría de Salomón, la del padre de familia del evangelio de hoy.

Diego Figueroa

 




al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal:
Prefacio IX dominical del tiempo

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y, eterno.
Porque nos concedes en cada momento lo que más conviene
y diriges sabiamente la nave de tu Iglesia,
asistiéndola siempre con la fuerza del Espíritu Santo,
para que, a impulso de su amor confiado,
no abandone la plegaria en la tribulación,
ni la acción de gracias en el gozo, por Cristo, Señor nuestro.
A quien alaban los cielos y la tierra,
los ángeles y los arcángeles
proclamando sin cesar:
Santo, Santo, Santo…

 


Ángel Fontcuberta

Para la Semana

Lunes 31:
San Ignacio de Loyola, presbítero. Memoria.

Ex 32,15-24.30-34. Este pueblo ha cometido un pecado gravísimo haciéndose dioses de oro.

Sal 105. Dad gracias al Señor porque es bueno.

Mt 13,31-35. El grano de mostaza se hace un árbol hasta el punto de que los pájaros del cielo
anidan en sus ramas.
Martes 1:
San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor. Memoria.

Ex 33,7-11;34,5b-9.28. El Señor hablaba con Moisés cara a cara.

Sal 102. El Señor es compasivo y misericordioso.

Mt 13,36-43. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos
Miércoles 2:

Ex 34,29-35. Vieron a Moisés la piel de la cara y no se atrevieron a acercarse a él.

Sal 98. ¡Santo eres, Señor, nuestro Dios!

Mt 13,44-46. Vende todo lo que tiene y compra
el campo.
Jueves 3:

Ex 40,16-21.34-38. La nube cubrió la Tienda del Encuentro y la gloria del Señor la llenó.

Sal 83. ¡Qué deseables son tus moradas, Señor del universo!

Mt 13,47-53. Reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Viernes 4:
San Juan María Vianney, presbítero. Memoria.

Lev 23,1.4-11.15-16.27.34b-37. En las festividades del Señor convocaréis asamblea litúrgica.

Sal 80. Aclamad a Dios, nuestra fuerza.

Mt 13,54-58. ¿No es el hijo del carpintero? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?
Sábado 5:

Lev 25,1.8-17. El año jubilar cada uno recobrará su propiedad.

Sal 66. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

Mt 14,1-12.Herodes mandó decapitar a Juan, y sus discípulos fueron a contárselo a Jesús.


Domingo de la 16ª semana de Tiempo Ordinario – 23/07/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

LA MOSTAZA, LA LEVADURA Y LA CIZAÑA

E1 evangelio que se lee este domingo también va de parábolas. Nada menos que tres. La central es la de la cizaña, seguida de dos semejanzas paralelas: el grano de mostaza y la levadura, finísimos símbolos de las características del Reino instaurado por Jesús.

La fuerza de las imágenes está en el contraste entre la semilla casi microscópica o lo exiguo de la levadura y la inmensidad del árbol o de la masa fermentada. El Reino de los cielos ha comenzado de manera insignificante con un “pastor” contestado y crucificado, y un pequeño rebaño; pero con una fuerza capaz de alterar y revolucionar la historia. El crecimiento es su dinamismo eficaz desarrollado en medio de luchas dramáticas. En el campo de la historia se contraponen el amo y el enemigo, el grano y la cizaña, el arrancar o el dejar sobrevivir hasta el final.

La parábola de la cizaña muestra dos enseñanzas fundamentales: la presencia del maljunto al bien, la necesidad de la paciencia. Los puritanos, los fogosos, los intransigentes quieren que el mal desaparezca, que llueva fuego sobre los perversos, que el hacha corte el árbol sin frutos. Esto es un peligro que puede derivar hacia un fariseísmo cristiano, que sueña comunidades perfectas y separadas. Es conveniente vivir de frente o al lado del mal sin pensar obsesivamente en su destrucción; recuérdese que Jesús fué amigo de publicanos y pecadores, que dialogó y comió con ellos y con personas justas y piadosas. En toda circunstancia fué más médico que juez.

La misteriosa mezcla de bien y mal, de esplendores y de miserias que es la historia y la humanidad, es también el campo para una paciente acción del Reino y de la Iglesia. No todo desembocará en ruina, sino en una triunfal “cosecha” de Dios, que hará brillar todo el bien diseminado en los siglos y en las tierras diversas de nuestro mundo.

No deja de ser interpelante comparar la paciencia de Dios, libre de intransigencias y radicalismos, con la impaciencia de muchos creyentes, que se hacen jueces implacables para defender la pena de muerte y la tortura con fines ejemplares.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Sabiduría 12, 13. 16-19 Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a
san Pablo a los Romanos 8, 26-27 san Mateo 13, 24-43

de la Palabra a la Vida

Comentar todas las parábolas del evangelio de este domingo excede estas líneas, pero podemos fijarnos especialmente en la primera de las parábolas, ya que la primera lectura de este domingo la señala directamente: la fuerza y la moderación de Dios ante el juicio iluminan la actitud del sembrador cuando el trigo y la cizaña aparecen juntos: ¿qué hacer? No es momento de la siega aún, así que conviene esperar.

Esa espera es una puerta abierta al pecador para que se convierta, advierte el libro de la Sabiduría. Aunque el sembrador claramente no ha sido el que ha hecho aparecer la cizaña sino “un enemigo”, la cizaña debe quedar en pie hasta el momento oportuno, el de la siega. Sí, sin duda es una referencia al tiempo final, otra parábola que tiene que ver con la separación que sucederá al final, cuando la luz de Cristo ilumine los corazones de todos para separar a unos y otros.

Ciertamente, lo bueno y lo malo se han mezclado, pero, entonces, ¿por qué esperar para separarlos? En la parábola encontramos dos motivos preciosos: el primero es que el hombre no está en situación de hacer esa tarea. Son tan iguales trigo y cizaña que pueden confundirse, y hay que esperar a que se distingan. Igual sucede con verdaderos y falsos creyentes. Pueden parecer iguales, pero cuando el Señor ilumine los corazones de cada uno, sabremos separarlos con acierto. Sí, nosotros no podemos ver el corazón, pero el Mesías sí: Él hará a su tiempo la separación. Un segundo motivo es que Dios ha marcado el momento, la hora de la separación, la hora de la siega. No podemos precipitarla ni pasarla por alto. Es necesario rechazar todo falso celo, y dejar abierto el plazo a la penitencia: “Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan”. El salmista sabe que es bueno esperar en Dios, confiar en Él, pero no de forma pasiva, sino obrando la propia conversión.

La vida de la Iglesia, de los que seguimos al Señor, es compleja en este sentido, pero esta parábola nos ayuda a comprender que siempre ha sido así. Ni todo el mundo sigue al Señor con la misma confianza, ni con la misma decisión, ni en la misma verdad: es por eso que uno puede tener la tentación de “pasarse de la raya” y, por buscar la conversión de todos al Señor, algo positivo, hacer un daño irreparable al camino de cada uno, algo negativo. Por eso la paciencia del Señor. ¿Qué veo en mi comunidad cristiana, en mi parroquia, en mi iglesia diocesana o en la católica, que no está bien? ¿Abro la puerta a la conversión o me precipito en el juicio? ¿Qué nos enseña esta parábola?

No hace falta que vayamos muy lejos para decidir qué es mejor hacer: nos basta la mirada a la propia debilidad, a los propios pecados, al camino de conversión que cada uno de nosotros llevamos día a día, paso a paso, y que está pudiendo hacerse porque el Señor es “lento a la ira”: sin la clemencia del Señor, ya seríamos nada.

Seguir al Señor por la vida de fe supone aceptar que ese proceso se está dando en nosotros. Que no queremos esperar pasivamente, pero que tenemos que ser pacientes. Dios mira y espera, porque ama espera. Quizás creciendo en el amor, también nosotros aprendamos a esperar como Él. Si, tal y como decía la primera lectura, “Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia”, la misión de la Iglesia es acoger la forma de hacer de Dios, sembrador paciente, y si los sacramentos nos llenan de amor de Dios, hacer de ellos instrumento que nos ayuda a acoger la forma de hacer de Dios, que discierne las cosas y las lleva a cabo en el momento oportuno.

Diego Figueroa

 





al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
Prefacio de Santiago, apóstol

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte siempre gracias y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios Todopoderoso, Pastor eterno.
Porque Santiago, testigo predilecto,
anunció el reino que viene
por la muerte y resurrección de tu Hijo,
y, el primero entre los apóstoles,
bebió el cáliz del Señor:
Con su guía y patrocinio, se conserva
la fe en los pueblos de España y en los pueblos hermanos
y se dilata por toda la tierra,
mientras tu apóstol alienta a los que peregrinan
para que lleguen finalmente a ti, por Cristo, Señor Nuestro.
Por eso, Señor, con todos los ángeles,
te alabamos ahora y por siempre,
diciendo con humilde fe:
Santo, Santo, Santo..

 


Para la Semana

Lunes 24:

Éxodo 14,5 18. Así sabrán que yo soy el Señor, cuando me haya cubierto de gloria a costa del faraón.

Salmo. Ex 15,1-6. Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria

Mateo 12,38 42. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará.
Martes 25:
Santiago, apóstol. Solemnidad.

Hch 4,33;5,12.27-33;12,2. El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago.

Sal 66. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

2Cor 4,7-15. Llevamos siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús.

Mt 20,20-28. Mi cáliz lo beberéis.

Miércoles 26:
Santos Joaquín y Ana, padres de la Bienaventurada Virgen María. Memoria.

Éxodo 16,1 5.9 15. Yo haré llover pan del cielo.

Sal 77. El Señor les dio pan del cielo.

Mateo 13,1 9. Cayó en tierra buena y dio grano.
Jueves 27:

Éxodo 19,1 2.9 11.15 20b. El Señor bajará al monte Sirraí a la vista del pueblo.

Salmo. Dan 3,52-56. ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!

Mateo 13,10 17. A vosotros se os ha concedido conocei los secretos del reino de los cielos y a ellos no.
Viernes 28:
San Pedro Poveda Castroverde, presbítero y mártir. Memoria.

Éxodo 20,1-17. La ley se dio por medio de Moisés.

Sal 18. Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

Juan 20,1 11. Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?
Sábado 29:
Santa Marta. Memoria.

Ex 24,3-8. Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros.

Sal 49. Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza.

Jn 11,19-27. Creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.

o bien:

Lc 10,38-42. Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas.


Domingo de la 15ª semana de Tiempo Ordinario. – 16/07/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

LO IMPORTANTE ES SEMBRAR

Jesús fue un predicador fascinante por la elementalidad de los símbolos y la espontaneidad de las referencias a la naturaleza y al trabajo palestino. En la parábola del sembrador, que se lee en este decimoquinto domingo del tiempo ordinario, encontramos una semejanza incompresible a primera vista para la mentalidad actual, que consideraría insensato a un agricultor que siembre a lo largo del camino, entre piedras y entre espinas. En realidad, en la antigua Palestina este procedimiento era habitual: se sembraba no después, sino antes de la “arada”, que tenía como finalidad quitar los obstáculos y enterrar la semilla. A pesar de todas las adversidades, la cosecha será abundante allí donde la semilla ha crecido. Lo mismo sucederá al final con el Reino de Dios.

La explicación de la parábola del sembrador es como una homilía, que pasa el acento desde Dios al hombre, de la semilla al terreno, de la contemplación de fe al empeño moral y existencial. El tema central de esta interpretación está ligado al binomio “escuchar comprender”, es decir, a la adhesión y aceptación de la Palabra de Dios y del Reino.

Los pájaros que devoran la simiente manifiestan un corazón poseído por el maligno, que arranca todo lo que ha sido sembrado. El terreno pedregoso que sólo permite que brote un tallo débil hace referencia a los inconstantes y débiles, que se abaten en la primera prueba. Las espinas son el símbolo de los superficiales y de los inestables, atados al bienestar y al orgullo. Los que se convierten a la Palabra de Dios son terreno fértil y fructífero.

En la parábola se sugiere un contraste duro entre la acción de Dios (semilla y sembrador) y el fallo humano (terrenos improductivos). La Palabra tiene como suerte más común el rechazo. La historia de la siembra es una alegoría de la libertad humana y de la eficacia del Reino, que es acogido en el corazón de unos “pocos”. El pequeño grupo de los creyentes es el fermento que ayuda al mundo y a la entera humanidad a liberarse de los desequilibrios y a orientarse según los planes que Dios ha trazado. El cristiano debe acogerse y dejarse invadir por la semilla fecunda de la Palabra de Dios.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 55, 10-11 Sal 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14
san Pablo a los Romanos 8, 18-23 san Mateo 13, 1-23

de la Palabra a la Vida

Con el evangelio de este domingo comienza un bloque que nos lleva a profundizar en los próximos domingos en una de las partes más conocidas y particulares de la enseñanza de Jesús: la que realiza por medio de las parábolas. Con las parábolas trata de explicar acerca del Reino de Dios pero, además, trata de hacerlo de una forma cercana por los ejemplos empleados y a la vez misteriosa porque no es accesible a todos.

Por eso, para poder escuchar con gusto y comprender la enseñanza de las parábolas, conviene en primer lugar que sepamos situarnos: el Señor nos reúne a sus amigos, a sus discípulos, para ofrecernos una enseñanza privilegiada, una lección desde lo más habitual de nuestra vida de lo más misterioso y extraño a nosotros.

Hoy se nos introduce en este arcano saber por medio de la parábola del sembrador.
Este sembrador es un personaje confiado en su tarea, que realiza con decisión y gran esperanza. Jesús habla de él casi con alegría, como si compartiera su esperanza. La tarea de la siembra es ardua, no resulta fácil, los terrenos en los que sembraban los que escuchaban a Jesús no eran lugares fáciles ni muy fértiles, pero él sigue adelante con su acción. Incluso siembra en lugares aparentemente difíciles, en un esfuerzo que casi podría ahorrarse… el caso es que al final obtiene fruto. La parábola resulta ser una advertencia escatológica (sobre los tiempos finales).

No es difícil imaginar las situaciones que llevaron a Jesús a expresarse con esta historia: la misión con Jesús comienza como algo apasionante, su irrupción en las aldeas de Galilea es de gran éxito, pero poco a poco el rechazo crece y los fracasos, propios y de los discípulos, también, ¿esta predicación, como esa semilla, tiene éxito? Y he aquí el motivo de la alegría de Jesús: Él sabe bien que sí, que “como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, así será mi palabra”. Ha llegado la hora del Reino, y los frutos serán inmensos, aunque ahora pueda parecer lo contrario en la hora de la siembra. El discípulo, aquel que sigue a Cristo, no puede desanimarse, sino perseverar, seguir sembrando, y sonreír confiado en la acción del Padre.

Por eso la Iglesia repite, aprendiendo de la seguridad del Maestro, en el Salmo: “La semilla cayó en tierra buena y dio fruto”. De unos tiempos de poca esperanza para los que siembran, se dará origen a unos tiempos de inmensos frutos. El discípulo tiene que levantar la mirada hacia el Señor, y fundamentar su propia espera en el éxito final en el sembrador que no se ha desanimado. No viene mal a los cristianos recordarnos el poder de Dios y la seguridad del Hijo en la acción del Padre: la tentación del desánimo en la misión, de no confiar en el éxito, puede incitarnos al pesimismo o a la rendición. Hay que volver a mirar al Señor, no a los frutos porque de algo que parezca inútil el Padre hará brotar un fruto insospechado. ¿Dudamos del éxito de Dios? ¿Pensamos nosotros a veces que se ha podido equivocar?

Quizás pueda ayudarnos verlo como ese sembrador que confía en su manera de trabajar, en su buen hacer, en el clima traicionero tantas veces… Es un domingo este para ver en qué nos desanimamos, en qué no pensamos que la Iglesia pueda obtener el fruto deseado, y entonces, mirar al sembrador. Ejemplo de serenidad y confianza, de alegría e ilusión. Dios lleva su misión de forma sabia: su palabra hará su voluntad y cumplirá su encargo

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones

De la oración litúrgica a la oración personal:
Prefacio de Santa María Magdalena


En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
aclamarte siempre. Padre todopoderoso,
de quien la misericordia no es menor que el poder,
por Cristo, Señor nuestro.
El cual se apareció visiblemente en el huerto a María Magdalena,
pues ella lo había amado en vida,
lo había visto morir en la cruz,
lo buscaba yacente en el sepulcro,
y fue la primera en adorarlo
resucitado de entre los muertos;
y él la honró ante los apóstoles
con el oficio del apostolado
para que la buena noticia de la vida nueva
llegase hasta los confines del mundo.
Por eso, Señor,
nosotros, llenos de alegría,
te aclamamos con los ángeles y con todos los santos, diciendo:
Santo, Santo, Santo…


 


Para la Semana

Lunes 17:

Ex 1,8-14.22. Obremos astutamente contra Israel para que no se multiplique más.

Sal 123. Nuestro auxilio es el nombre del Señor.

Mt 10,34-11,1. No he venido a sembrar paz sino espada.
Martes 18:

Ex 2,1-15a. Lo llamó Moisés, pues lo había sacado del agua.

Sal 68. Los humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Mt 11,20-24. El día del juicio les será más llevadero a Tiro, a Sidón y a Sodoma que a vosotras.
Miércoles 19:

Exodo 3,1 6.9 12. El ángel del Señor se apareció en una llamarada entre las zarzas.

Sal 102. El Señor es compasivo y misericordioso.

Mateo 11,25 27. Has escondido estas cosas a los sabios, y se las has revelado a la gente sencilla.
Jueves 20:

Ex 3,13-20. Yo soy el que soy.

Sal 104. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

Mt 11,28-30. Soy manso y humilde de corazón.
Viernes 21:
Ex 11,10-12.14. Mataréis al cordero al atardecer, cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante
vosotros.

Sal 115. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Mt 12,1-8. El Hijo del hombre es señor del sábado
Sábado 22:
Santa María Magdalena. Fiesta

Cant 3,1-4b. Encontré al amor de mi alma.

o bien:

2Cor 5,14-17. Ahora ya no conocemos a Cristo según la carne.

Sal 62. Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.

Jn 20,1-2.11-18. Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?


Domingo de la 14ª semana de Tiempo Ordinario. – 09/07/2017

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Comentario Pastoral

GENTE SENCILLA

En muchas situaciones de la vida, la verdad y la sencillez forman la mejor pareja. Por eso no es de extrañar que los hombres grandes sean sencillos, sin ampulosidad ni artificios. El seguidor de Jesús de Nazaret pertenece a la clase de la “gente sencilla% que vive coherentemente la fe del Evangelio, sin obcecarse en el orgullo de sabidurías humanas. Los sencillos son los que pueden ser llamados “necios” con criterios mundanos, porque siguen el camino de los verdaderamente sabios delante de Dios. No en vano dice el refranero: “Más vale sencillez y decoro que mucho oro”.

Son sencillos los que saben tolerar los golpes duros, la propia debilidad, la insuficiencia de los medios, la inseguridad económica, la incomprensión de los intransigentes, las prisas pueriles, las exigencias, los desfallecimientos o la inexperiencia de los que mandan, la abundancia de leves fracasos, las oposiciones de dentro y de fuera, las noticias molestas, el asalto de los inoportunos, el tiempo perdido en atender a los empalagosos. La verdadera sencillez es una señal de alma enérgica que se domina perfectamente.

Los cristianos, por su sencillez, deben ser mansos y humildes de corazón, a ejemplo del Maestro. Por eso cargan con su yugo, es decir, con su cruz. A causa de la semejanza externa del madero transversal, el yugo de los animales de tiro se convirtió en cruz en la boca del pueblo, y con toda razón, en la predicación cristiana. Los discípulos o creyentes tenían que llevar la cruz con su Señor y Maestro que había escogido este camino. La cruz no es yugo que oprime e insoportable, sino llevadero desde el amor y ligero por la esperanza.

No es fácil vivir como gente sencilla. Muchos días nos podemos sentir cansados y agobiados, porque la vida soñada no viene y los esfuerzos de cada jornada parecen inútiles. A veces no se sabe por qué causa uno está harto de casi todo. Los días son demasiado iguales y pesan demasiado. En estas circunstancias es precios pensar bien, alcanzar el conocimiento de la gran revelación que hace Jesús, para encontrar sentido y rumbo a la propia existencia, que ha sido salvada por el yugo suave de la cruz.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Zacarías 9, 9-10 Sal 144, 1-2. 8-9. 10-11. 13cd-14
san Pablo a los Romanos 8, 9. 11-13 san Mateo 11, 25-30

de la Palabra a la Vida

En pleno verano nos encontramos con una profecía sorprendente en la primera lectura. No tanto por la profecía en sí, sino más bien porque estamos acostumbrados a relacionarla con la Natividad del Señor o con el Domingo de Ramos. El profeta Zacarías anunció con gran alegría la restauración del Templo. Esta se haría por medio de un misterioso rey que no emplearía la fuerza ni la violencia para conseguir su triunfo: “modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica…dictará la paz a las naciones”. En su libro repite una y otra vez la expresión: “¡Alégrate!” Por un camino misterioso, el camino de la paz, un rey va a llevar a cabo la conquista de la ciudad de Dios, de la ciudad de grandes e invencibles murallas.

Sin embargo, este pasaje en el que la Iglesia sin duda ha visto a Jesucristo realizando su victoria, hoy nos desvía la atención hacia otro lado por medio del evangelio: “los humildes y sencillos”, aquellos a los que el Señor ha revelado su victoria, son los que han aceptado esa humildad de su rey. Solo desde la humildad se consigue seguir al Señor. San Agustín dice que “no siendo humilde, no puede entenderse la humildad de Dios”: la humildad abre puertas que ni las armas más poderosas podrían destruir, pero esto merece ser bien entendido, sobre todo porque el mundo en el que vivimos casi demuestra lo contrario cada día.

El conocimiento de Dios, el gran misterio de la historia de la salvación, el plan providente de Dios sobre cada uno de nosotros, el sentido de la vida…todo eso encuentra respuesta por medio del Hijo, y por lo tanto haciendo como el Hijo. En un principio, el hombre de Iglesia no debería tener dificultad para abrir paso en su corazón a semejantes conocimientos, pues es el creyente el que reconoce al Mesías como el que viene pobre y humilde, es el creyente el que acepta que en dos signos tan pobres y humildes como el pan y el vino es el mismo Cristo el que viene…ya solo le queda vivir su propia vida, a imagen del Maestro, como un constante abajamiento, en el que va recibiendo la verdad sobre Dios a la vez que va rechazando las armas del mundo.

La enseñanza de este domingo es tumbativa: el camino con Cristo se realiza haciendo de nuestro corazón uno como el suyo, sabiendo cuales son las puertas que nos abre un corazón así y a la vez cuales son las puertas que renunciamos a que se nos abran. No podemos pretender seguir al Señor a la vez que haciendo violencia sobre la realidad. La verdad sobre Dios la revela Dios, Él permite verla. ¿Qué puertas de la ciudad quiero que se me abran cada día? ¿Hasta dónde me deja entrar Cristo en sus misterios? ¿Descubro en ese camino de humildad el medio de comunión con Cristo y de revelación de sus misterios?

La violencia es lo contrario del descanso. La celebración de la Iglesia es siempre una invitación a entrar en el descanso de Dios, a entrar en su forma de dar al hombre sus más preciosos tesoros, el don de la gracia. Las puertas del cielo se abren para el que confía en el poder de Dios, que vence a nuestras formas de hacer cada día.

En el verano, en el Tiempo Ordinario, la Iglesia nos recuerda una actitud necesaria para poder seguir a Cristo sin sofocos: la imitación del que es “manso y humilde de corazón”, imitación que nace de la revelación histórica, mediante su abajamiento, del amor de Dios.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal:
Prefacio III dominical del tiempo ordinario

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque reconocemos como obra de tu poder admirable
no solo socorrer a los mortales con tu divinidad,
sino haber previsto el remedio
en nuestra misma condición humana,
y de lo que era nuestra ruina
haber hecho nuestra salvación,
por Cristo, Señor nuestro.
Por Él los coros de los ángeles
adoran tu gloria eternamente, gozosos en tu presencia.
Permítenos asociarnos a sus voces
cantando con ellos tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 10:
Gén 28,10-22a. Vio una escalinata apoyada, y ángeles de Dios subían y bajaban, y Dios hablaba.

Sal 90. Dios mío, confío en tí.

Mt 9,18-26. Mi hija acaba de morir, pero ven tú, y vivirá.
Martes 11:
San Benito, abad. Fiesta.

Prov 2,1-19. Abre tu mente a la prudencia.

Sal 33. Bendigo al Señor en todo momento.

Mt 19,27-29. Vosotros, los que me habéis seguido, recibiréis cien veces más.
Miércoles 12:

Gén 41,55-57; 42,5-7a. 17-24a. Estamos pagando el delito contra nuestro hermano.

Sal 32. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de tí.

Mt 10,1-7. Id a las ovejas descarriadas de Israel.
Jueves 13:

Gén 44,18-21.23b-29; 45,1-5. Para preservar la vida me envió Dios delante de vosotros a Egipto.

Sal 104. Recordad las maravillas que hizo el Señor.

Mt 10,7-15. Gratis habéis recibido, dad gratis
Viernes 14:

Gén 46,1-7.28-30. Puedo morir, después de haber contemplado tu rostro.

Sal 36. El Señor es quien salva a los justos.

Mt 10,16-23. No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre.
Sábado 15:
San Buenaventura, obispo y doctor. Memoria.

Gén 49,29-32; 50,15-26a. Dios cuidará de vosotros y os llevará de esta tierra.

Sal 104. Los humildes buscad al Señor y revivirá vuestro corazón.

Mt 10,24-33. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo.


Domingo de la 13ª semana de Tiempo Ordinario. – 02/07/2017

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Comentario Pastoral

CRISTO Y LA LEY NUEVA

La hospitalidad para el oriental es la expresión de un diálogo, de una apertura, de una atención hacia quién está solo, vagabundo o abandonado. Nuestra sociedad occidental, en cambio, valora como más positivo el encierro en la propia casa, refugio que nos libera de las inseguridades de recibir a un desconocido. Sin embargo, basándonos en las lecturas de este domingo decimotercero del tiempo ordinario, hay que coincidir en que “acoger” es abrirse desinteresadamente a los demás, superando conceptos egoístas y prácticas insolidarias. El calor humano de la acogida es siempre la base para alcanzar el amor fraterno.

La finura de la escena descrita en el libro de los Reyes (1ª lectura) resalta la delicadeza que la mujer de Sunem dispensa al profeta Eliseo, que en medio de su nomadismo encuentra una casa, en la que han preparado una habitación pequeña con cama, mesa, silla y candil. De este modo el profeta puede retirarse y encontrar el ambiente silencioso para su reflexión y el descanso físico y síquico para reemprender su camino misionero. ¡Qué importante es saber acoger sencilla y espontáneamente a los hermanos que están solos, porque trabajan en bien de todos!

Es mejor dar que recibir. La fuente de la alegría está cuando se pasa de una acogida, fruto de la caridad y de la filantropía, a la convicción de que detrás del rostro de toda criatura se esconde el rostro de Cristo. Por eso lo sencillo puede ser importante, y un vaso de agua fresca, por encima de ser una urgente y sencilla necesidad corporal, se puede convertir en una cooperación evangelizadora, digna de la recompensa divina.

Acoger, en terminología cristiana, es ser digno de Cristo. La acogida de la cruz no es un puro ejercicio ascético ni una abnegación masoquista de fanáticos; es un perder para encontrar, es un sepultarse con Cristo en la muerte para ser despertado de entre los muertos. Para encontrar la verdadera vida hay que superar muchas indignidades, hay que renunciar a muchas comodidades, hay que vencer muchos egoísmos. Siendo generoso, solidario, y desprendido se es ciudadano del nuevo mundo que quiere Jesús de Nazaret

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

2 Re 4, 8-11. 14-16a Sal 88
Romanos 6,3-4.8-11 san Mateo 10,37-42

de la Palabra a la Vida

En Eliseo la gente veía a un santo de Dios, al quien en cuya vida encontraban, dentro de sus humanas limitaciones, las huellas del Dios de Israel: Eliseo hablaba palabras de Dios, curaba como curaba Dios, se preocupaba por los pobres y los débiles como el Dios de Israel había hecho con ellos en su esclavitud. El discípulo del gran profeta Elías recorría las aldeas llamando a la fidelidad con Dios. De eso hablaba, y por eso hablar de Eliseo era como hablar de su misión y del fin de la misma, obedecer a Dios para agradarle.

Cuando encontramos a alguien cuya vida nos habla de Dios, lo menos que queremos hacerle es una habitación en nuestro corazón, porque sabemos que esa persona va a poner nuestra vida, nuestras preocupaciones e intenciones, en relación con Dios, que nos va a ayudar a interpretar lo que a nosotros nos cuesta. Por eso, el vínculo del discípulo con Cristo es también de una transparencia sorprendente: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a aquel que me ha enviado”.

Pero esa tarea requiere primero preferir a Cristo sobre todo. El seguimiento de Cristo en el Tiempo Ordinario busca mover nuestro corazón día a día, domingo a domingo, de tal forma que también nosotros pongamos al Señor lo primero, que seamos capaces de cumplir con el primer mandamiento. No basta con quererlo: para quererlo hay que “no querer” que otras muchas cosas, situaciones, personas…ocupen ese lugar. El sí al Señor del discípulo va realizando un camino de configuración con Jesús que se trabaja en las pequeñas elecciones, todas ellas con la cruz a cuestas.

Sin embargo, las lecturas de hoy nos muestran también la belleza de ser acogidos: el que busca transparentar a Cristo encontrará también un lugar donde alojarse, donde descansar, aunque el Señor mismo no tuviera “donde reposar la cabeza”. Cristo nos acompaña con la caridad de los hermanos para la difícil misión de ser profetas, de transparentar a Dios.

La celebración de la liturgia es el lugar precioso en el que la Iglesia nos enseña a recibir a Cristo. Cada vez que escuchamos “el Señor esté con vosotros” se nos está advirtiendo: el Señor pasa. Si aquellos habitantes de Sunem reconocían algo en Eliseo, la Iglesia reconoce cada día al mismo Señor. Es necesario que nuestro corazón tenga la mirada de fe que permite identificarlo y la caridad que permite abrirle las puertas de casa.

No siempre es fácil recibir a Cristo, a menudo sus palabras son desconcertantes, e incluso a aquellos que le acompañan cada día, les descoloca con sus propuestas exigentes o, como en el caso del profeta Eliseo, responde con promesas inesperadas a los que le quieren acoger. ¿Busco seguir al Señor cuando viene a mí? ¿Cómo reacciono ante la presencia del Señor que quiere un seguimiento difícil? La humildad del discípulo le permite dejarse llevar por el Señor. La falta de fe es un obstáculo que impide coger la cruz bajo apariencia de acierto, de lo razonable, como le sucede a la mujer de la primera lectura de hoy.

Aceptar el seguimiento del Señor es una invitación constante a reconocer las maravillas del Señor. Solamente quien busca cada día ese reconocimiento puede abrir el corazón a la fe, a esperar de Dios algo sorprendente, pues sorprendente es todo lo que rodea al discípulo de Cristo. La Iglesia nos enseña a alabar al Señor cada día por sus grandes obras con el Magníficat, el canto de María: sólo un corazón abierto a la fe como el de ella puede cargar con la cruz del Señor y dar precioso testimonio del amor y la santidad de Dios.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal:
Prefacio VII dominical del tiempo ordinario

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque tu amor al mundo fue tan misericordioso
que nos enviaste como redentor a tu propio Hijo,
y en todo lo quisiste semejante a nosotros,
menos en el pecado,
para poder así amar en nosotros
lo que amabas en él.
Con su obediencia has restaurado aquellos dones
que por nuestra desobediencia habíamos perdido.
Por eso, Señor, nosotros, llenos de alegría,
te aclamamos con los ángeles y con todos los santos diciendo:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 3:
Santo Tomás apóstol. Fiesta.

Ef 2,19-22. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles.

Sal 116. Id al mundo entero y proclamad elevangelio.

Jn 20,24-29. ¡Señor mío y Dios mío!
Martes 4:

Gén 19,15-29. El Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego.

Sal 25. Tengo ante tus ojos tu bondad, Señor.

Mt 8,23-27. Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma.
Miércoles 5:

Gén 21,5.8-20. No va a heredar el hijo de esa criada con mi hijo Isaac.

Sal 33. El afligido invocó al Señor y él lo escuchó.

Mt 8,28-34. ¿Has venido aquí a atormentar a los demonios antes de tiempo?
Jueves 6:

Gén 22,1-19. El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe.

Sal 114. Caminaré en presencia del Señor en el país de los vivos.

Mt 9,1-8. La gente alababa a Dios, que da a los hombres tan potestad.
Viernes 7:

Gén 23,1-4.19;24,1-8.62-67. Isaac, con el amor de Rebeca, se consoló de la muerte de su madre.

Sal 105. Dad gracias al Señor porque es bueno.

Mt 9,9-13. No tienen necesidad de médico los sanos; misericordia quiero y no sacrificios
Sábado 8:

Gén 27,1-5.15-29. Jacob suplantó a su hermano y le quitó su bendición.

Sal 134. Alabad al Señor porque es bueno.

Mt 9,14-17. ¿Es que pueden guardar luto mientras el esposo está con ellos?


Domingo de la 12ª semana de Tiempo Ordinario. – 25/06/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

LOS MIEDOS DE HOY

Están cambiando tanto las cosas y surgen tan vertiginosamente las inseguridades en el mundo de hoy, que por doquier crece el miedo. Para muchos esta época está siendo un terremoto. La tierra firme se ha convertido en un mar alborotado y lo inexpugnable se ha caído.

El miedo es legítimo. Nace del instinto de conservación, de defensa del medio vital y del deseo de permanecer en una seguridad, que anteriormente se ha disfrutado. El sentimiento del miedo surge desde la amenaza y desde la pérdida. Hay cosas que es necesario conservar y que en el diluvio del cambio han quedado soterradas. Resistirse a que desaparezcan, padecer temor por perderlas, es bueno. Lo malo es cuando el miedo nos paraliza y nos avasalla, impidiendo emprender el camino de la reconstrucción y de la apertura al futuro.

Ni en la Biblia ni en la liturgia encontramos un texto en el que al expresar el fiel su temor ante los peligros de este mundo, no exprese también al propio tiempo su confianza en Dios.

Existe un miedo ilegítimo, que nace del deseo desenfrenado de seguridad. Algunas estructuras sociales y religiosas se consideran un refugio. Se buscan brazos poderosos para que protejan. Por eso la seguridad muchas veces es evasión, huida, miedo a tomar decisiones y responsabilizarse con ellas.

La vida es inseguridad, búsqueda, riesgo, camino sobre el mar, sospecha, intuición, palpar entre sombras. La verdadera actitud vital no es la seguridad, sino la fe, la confianza, la lucha contra la duda, la superación de la indecisión. Huir de la realidad y cerrar los ojos es no tener fe. El evangelio (el texto que se lee en este domingo es una maravilloso ejemplo) está lleno de invitaciones a no temer.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Jeremías 20, 10-13 Sal 68, 8-10. 14 y 17. 33-35
san Pablo a los Romanos 5, 12-15 san Mateo 10, 26-33

de la Palabra a la Vida

Es difícil para nosotros, cristianos, al escuchar la profecía de Jeremías de la primera lectura de hoy, no ser llevados con las alas de la fe hasta el mismo Cristo, modelo del justo perseguido. Jesús nos ha advertido en el evangelio de algo que ya hemos visto en sus “primeros discípulos”, los profetas: igual que Él ha sido perseguido, también lo serán los suyos.

Después del tiempo de Cuaresma, de la Pascua y de las fiestas dominicales del Señor, el primer mensaje que recibimos en el domingo es éste. Es claro su sentido: os quedan veinte semanas por delante, un largo trecho hasta que vuelva al adviento, así que sabed lo que os espera en el seguimiento del Maestro y sed fuertes. Este camino del Tiempo Ordinario no es un camino de flores y alabanzas, sino que es exigente en todos los momentos y muy duro en muchos otros. Porque a alguien que no trata de vivir las cosas con una recta moralidad, a alguien que no busca seguir a Dios, es difícil tener un criterio desde el que pueda dejarse corregir, pero a quien trata de seguir al Señor, pronto habrá quien le busque el error, la equivocación o el pecado para echarle en cara su buen deseo y evitar que pueda reprochar al que yerra. “Mis amigos acechaban mi traspié” significa eso mismo, que estaban esperando mi error para denunciar mi incoherencia.

Por desgracia para el cristiano, el anuncio y la fe en Jesucristo tienen que ir seguido de una santidad de vida que produce no pocos disgustos por la propia debilidad: ¿Quién no ha tenido que escuchar aquello de: “tú mucho ir a misa pero luego…”? Esa búsqueda de hacernos daño en la propia debilidad no debe producirnos miedo. Ni nuestro acierto provoca alegría al mundo, ni le interesa, sino que aumenta el deseo de apagar esa luz que supone siempre la búsqueda del bien.

Dos razones nos muestra el Señor en el evangelio de hoy para no tener miedo: la primera que, “hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados”, es decir, que Dios sabe bien de nuestra capacidad y aguante, que nunca serán superados por mucho mal que nos ataque. La segunda, que siempre que nos declaremos discípulos de Cristo, sabemos que podremos contar con su ayuda y defensa. “Que me escuche tu gran bondad” es una invitación a perseverar en nuestro testimonio, en el fondo, en nuestra vida. Nuestro testimonio, por lo tanto, no debe verse intimidado por las amenazas ni escondido por nuestras debilidades: “nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, y nos hacemos siervos vuestros por amor a Jesús” (2Co, 5).

Sí, hablamos del Señor. Él es bueno, él nos cuida. ¿Dónde puede la Iglesia aprender a ofrecer semejante testimonio, decidido, sereno, ardiente? Sin duda, lo aprende en la celebración de la eucaristía, en la liturgia de la Iglesia. En ella empleamos palabras que no son nuestras. Recibimos fuerzas que no son nuestras. No somos enviados por decisión nuestra. Es Cristo el que hace, nosotros los que aprendemos lo que Él quiere que hagamos. ¿Acepto aprender a dar testimonio en cómo la Iglesia lo hace conmigo? ¿Recuerdo siempre, en el éxito y en el fracaso, que hablo de Cristo, que mis palabras son de Cristo?

En el camino de la vida, como en el del Tiempo Ordinario, no tenemos que dudar: Cristo nos hace capaces de anunciarlo, ya cuenta con nuestra debilidad, que si los adversarios la esperan para atacarnos, Cristo la acoge con cariño para hacerse presente por medio de ella.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal: Prefacio de los santos apóstoles Pedro y Pablo

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque en los santos apóstoles Pedro y Pablo
has querido dar a tu Iglesia un motivo de alegría:
Pedro fue el primero en confesar la fe;
Pablo, el maestro insigne que la interpretó;
aquel fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel;
este fue maestro y doctor en la vocación de los gentiles.
Así, por caminos diversos,
congregaron la única familia de Cristo;
y una misma corona asoció a los dos,
a quienes venera el mundo.
Por eso, con los santos y con todos los ángeles,
te alabamos, diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 26:

Génesis 12,1 9. Abrahán marchó como te había dicho el Señor.

Sal 32. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Mateo 73 5. Sácale primero la viga del ojo.
Martes 27:

Génesis 13,15 18. No haya disputas entre nosotros dos, pues somos hermanos.

Sal 14. Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

Mateo 7,6.12 14. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten.
Miércoles 28:
San Ireneo, obispo y mártir. Memoria.

Gén 15,1-12.17-18. Abrahán creyó a Dios y le fue contado como justicia; y el Señor concertó alianza con él.

Sal 104. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

Mt 7,15-20. Por sus frutos los conoceréis.
Jueves 29:
Santos Pedro y Pablo, apóstoles. Solemnidad

Hch 12,1-11. Ahora sé realmente que el Señor me ha librado de las manos de Herodes.

Sal 33. El Señor me libró de todas mis ansias.

2Tim 4,6-8.17-18. Me está reservada la corona de la justicia.

Mt 16,13-19. Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos.
Viernes 30:
Gén 17,1.9-10.15-22. Sea circuncidado todo varón como señal de la alianza. Sara te va a dar un hijo.

Sal 127. Esta es la bendición del hombre que teme al Señor.

Mt 8,1-4. Si quieres, puedes limpiarme.
Sábado 1:

Gén 18,1-15. ¿Hay algo demasiado difícil para el Señor? Cuando vuelva a visitarte, Sara habrá tenido un hijo.

Sal. Lc 1,46-55. El Señor se acuerda de su misericordia.

Mt 8,5-17. Vendrán muchos de oriente a occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob.


Domingo de la 11ª semana de Tiempo Ordinario. Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – 18/06/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

EL BANQUETE DE LA EUCARISTíA

La primacía del banquete y del sacrificio eucarístico y la preeminencia del altar brilla significativamente en el rito sacramental que actualiza el misterio de Cristo. Los cristianos, obedientes al mandato del Señor, se reúnen para la acción de gracias, la oblación y la cena santa.

En esta solemnidad del Corpus volvemos a recordar que los actos redentores de Cristo culminan y están compendiados en su muerte y resurrección, que se actualizan en la eucaristía, celebrada por el pueblo de Dios y presidida por el ministro ordenado. Por eso, redescubrir la eucaristía en la plenitud de sus dimensiones es redescubrir a Cristo.

La Iglesia da gracias por la donación de Cristo, que nos convida a su mesa y se queda presente entre los hombres en el Santísimo Sacramento. La comunidad cristiana se reune para que el Señor se manifieste y entregue su Cuerpo y su Sangre. No se trata, pues, de asistir a misa, sino de revivir los gestos del Señor. No se trata de embriagarse de emociones, sino de celebrar consciente, plena y activamente.

La comunidad cristiana se construye a partir del altar, que es el hogar de la vida comunitaria. Nuestros altares son ara, mesa y centro, triple funcionalismo que concreta y expresa la triple acción de sacrificar, alimentar y dar gracias.

La Eucaristía es síntesis espiritual de la Iglesia, banquete de plenitud de comunión del hombre con Dios, fuente de los valores eternos y experiencia profunda de lo divino. Participar en la eucaristía dominical es signo inequívoco de identidad cristiana y de pertenencia a la Iglesia. Por eso la Misa es momento privilegiado que posibilita el encuentro con Dios a niveles de profundidad de fe y de compromiso humano.

El Cuerpo de Cristo, pan bajado del cielo, es el definitivo maná, que repara las fuerzas del pueblo creyente en su caminar por el desierto de este mundo hacia la casa del Padre. Es pan de vida verdadera, es decir, de vida eterna. participando del cuerpo del Señor, y compartiendo su cáliz, los cristianos se hacen “un solo cuerpo”.

Andrés Pardo

 

 

 

Palabra de Dios:

Deuteronomio 8, 2-3. l4b-l6a Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20
san Pablo a los Corintios 10, 16-17 san Juan 6, 51-58

de la Palabra a la Vida

Antes de regresar totalmente al Tiempo Ordinario, también en el ritmo dominical, la Iglesia nos ofrece hoy la oportunidad de reflexionar sobre el alimento que nos permite seguir siendo Iglesia, que nos permite seguir al Señor por la vida. ¿Es este alimento un pan, así como el maná que comió el pueblo de Israel en el desierto? No, no es ese, aunque el maná fuera un don de Dios a su pueblo, ese don sirvió para mantener vivo al pueblo, para manifestar la alianza que Dios había hecho con Israel por medio de su siervo Moisés.

Por eso, la liturgia de la Iglesia nos recuerda hoy aquel pan sin cuerpo: Dios se ha preocupado desde antiguo de alimentar a los suyos, como ha considerado oportuno por su misericordia. A partir de la venida de Cristo, “el pan vivo que ha bajado del cielo”, el maná ha pasado a ser un anuncio del alimento verdadero. Verdadero significa que es el pan para siempre. El maná pasó, después de haber cumplido con su misión, pero el pan de la eucaristía no pasará. Esa cualidad, la eternidad de ese pan, hace que el que lo coma se vuelva también eterno.

Por lo tanto, para seguir al Señor por el Tiempo Ordinario, por el camino de la vida, necesitamos un alimento perenne, “el pan de los fuertes”. La presencia de Cristo en la eucaristía es presencia permanente que no busca sólo alimentar, sino más bien unirnos a Él, como la vid y los sarmientos. Esa unión nos va haciendo ser Él, y entonces capaces de vivir como Él.

Sin embargo, el misterio eucarístico no es sólo misterio de comunión con Jesús, sino también entre todos los que lo reciben. La eucaristía, alimento “hecho” por el cuerpo, se convierte en hacedora de la Iglesia, en elemento de unidad entre todos los que reciben el mismo alimento. Inseparablemente, no sólo nos une con el Señor, sino también con toda la Iglesia. San Pablo lo expresa de esta forma en la segunda lectura: “así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”. La eucaristía no sólo hace de nosotros fuertes para avanzar en el seguimiento de Jesucristo, sino que nos fortalece formando parte de un cuerpo.

Así, nosotros, débiles por nosotros mismos, por la eucaristía somos doblemente fortalecidos: con el don divino y con la Iglesia. El cristiano que verdaderamente aprecia y valora el alimento eucarístico es aquel que aprecia y valora también el cuerpo de Cristo, porque la eucaristía no nos separa de los hermanos, nunca busca hacernos al margen de los otros, sino que nos anima a seguir a Cristo como parte de un pueblo. El maná era el alimento del pueblo, no para quien se alejaba del mismo.

Por eso, la Iglesia nos ofrece la oportunidad con estas lecturas de volver la mirada sobre la eucaristía como alimento para la vida eclesial y para la vida eterna. ¿Vivo en la Iglesia el don de la eucaristía como signo y llamada de Cristo a seguir a su lado? ¿Y a seguir junto a los hermanos? ¿Me acerco a comulgar consciente de que lo hago en una fila, como miembro de un pueblo, a imagen de aquellos israelitas por el desierto? Comulgar la eucaristía supone querer vivir en la Iglesia, querer relacionarme y fortalecerme en ella, pero también vivir el amor a la Iglesia y a los hermanos al salir de la celebración, pues la eucaristía nos compromete al amor fraterno, es “sacramento de caridad”. El mandato de Cristo “tomad, comed” de la última cena es la invitación a la vida, ya que “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”: hasta entonces, en la fraternidad de los cristianos se reconoce lo que comemos, ¿soy capaz de reconocer en los que comulgamos esa inclinación a vivir en comunión, a hacer crecer la Iglesia en el mundo?

Diego Figueroa

 





al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal:
Prefacio I de la Santísima Eucaristía

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias
siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
El cual, verdadero y único sacerdote,
al instituir el sacrificio de la eterna alianza
se ofreció el primero a ti como víctima de salvación,
y nos mandó perpetuar esta ofrenda en memoria suya.
Su carne, inmolada por nosotros,
es alimento que nos fortalece;
su sangre, derramada por nosotros,
es bebida que nos purifica.
Por eso, con los ángeles y los arcángeles,
con los tronos y dominaciones, y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo…


Ángel Fontcuberta

 

Para la Semana

Lunes 19:

2Cor 6,1-10. Nos acreditamos como ministros de Dios.

Sal 97. El Señor da a conocer su salvación.

Mt 5,38-42. Yo os digo que no hagáis frente al que os agravia.
Martes 20:

2Cor 8,1-9. Cristo, siendo rico, se hizo pobre por vosotros.

Sal 145. Alaba, alma mía, al Señor.

Mt 5,43-48. Amad a vuestros enemigos.
Miércoles 21:
San Luis Gonzaga, religioso. Memoria

2Cor 9,6-11. Dios ama “al que da con alegría”.

Sal 111. Dichoso quien teme al Señor.

Mt 6,1-6.16-18. Tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.
Jueves 22:
2Cor 11,1-11. Anunciando de balde el evangelio de Dios para vosotros.

Sal 110. Justicia y verdad son las obras de tus manos, Señor.

Mt 6,7-15. Volsotros orad así.
Viernes 23:
Sagrado Corazón de Jesús. Solemnidad

Dt 7,6-11. El Señor se enamoró de vosotros y os eligió.

Sal 102. La misericordia del Señor dura siempre, para aquellos que lo temen.

1Jn 4,7-16. Dios nos amó.

Mt 11,25-30. Soy manso y humilde de corazón.

Sábado 24:
Natividad de San Juan Bautista. Solemnidad.

Is 49,1-6. Te hago luz de las naciones.

Sal 138. Te doy gracias porque me has escogido portentosamente.

Hch 13,22-26. Juan predicó antes de que llegara Cristo.

Lc 1,57-66.80. Juan es su nombre.


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