Jesús recuerda a los judíos que la salvación es ofrecida por Dios a los hombres de todos los pueblos, venidos del norte, del sur, del este y del oeste. Y con ocasión de esto, nos dice también a todos nosotros que los últimos serán los primeros y los primeros los últimos. Vamos, que si buscamos ser los primeros en este mundo seremos los últimos en el Reino de los Cielos, pero que si nos unimos a los últimos de este mundo, podremos estar entre los primeros del Reino de los Cielos. El testimonio de Charles de Foucauld es uno de entre miles que nos enseñan que mereció la pena dejar de estar entre los primeros para unirse a los últimos:

El beato Carlos de Foucauld nació en Estrasburgo (Francia), en 1858. Sus padres y su abuela murieron en 1864. El abuelo se queda con sus dos nietos: Carlos y María. Después de dos años de estudios en la Escuela Militar, muere su abuelo y recibe, con 20 años, toda su herencia. Durante varios años, Carlos lleva una vida sin rumbo, de fiesta en fiesta, y pierde la fe.

En 1880, es destinado a Argelia y su interés por estas tierras le lleva a Marruecos y a otros lugares. Publica bajo seudónimo un diccionario tuareg-francés. Vuelve con su mujer y sus hijos a París, y con 28 años tiene una fuerte experiencia de Dios: “me encontré con personas muy inteligentes, muy virtuosas y muy cristianas. Entonces me dije que acaso aquella religión no era tan absurda. Al mismo tiempo me impulsaba una gracia interior muy fuerte: empecé a ir a la Iglesia sin tener fe, y no me hallaba bien más que allí, repitiendo durante largas horas esta extraña oración: Dios mío, si existes, haz que te conozca. Pero yo no Te conocía. ¡Oh Dios mío! ¡Cómo tenías tu mano sobre mí, y qué poco yo lo sentía! ¡Qué bueno eres! ¡Cómo me guardaste! ¡Cómo me guardabas bajo tus alas mientras yo ni siquiera creía en Tu existencia!”.

Carlos está muy apegado a su familia y a sus amigos, pero se siente llamado a dejar todo para seguir a Jesús. En 1890, entra en la Trapa, pero se siente llamado a la pobreza del desierto: “No puedo atravesar la vida en primera clase cuando Aquel a quien amo la atravesó en la última…”. En 1897 deja La Trapa y parte a Israel. Llega a Nazaret donde las Hermanas Clarisas lo toman como sirviente. Él quiere compartir esa vida de Nazaret con otros hermanos. Por eso escribe la Regla de los Hermanitos. En 1900, en un viaje de vuelta a París, es ordenado sacerdote. Y en 1901, se traslada a Béni Abbès. Se dedica a la contemplación. Se ofrece al obispo del Sahara para ir con los Tuaregs, en el desierto. A los pocos años la primera Guerra Mundial llega al Sahara. Una incursión de los rebeldes acaba con su vida en 1916. Fue beatificado por el Papa Benedicto XVI en 2005. En el desierto, con los últimos… ¡allí era feliz! Y tú, ¿dónde serías feliz?

Hoy, en todas las comunidades cristianas (católicas, protestantes, ortodoxas) se reza una oración suya que rezuma humildad y confianza:

Padre,
me pongo en tus manos.
Haz de mí lo que quieras,
Sea lo que sea, te doy gracias.

Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo,
con tal que tu voluntad se cumpla en mí
y en todas tus criaturas.

No deseo más, Padre.
Te confío mi alma,
te la doy con todo mi amor.

Porque te amo
y necesito darme a Ti,
ponerme en tus manos,
sin limitación, sin medida,
con una confianza infinita,
porque Tú eres mi Padre.