Comentario Pastoral

¿QUÉ SIGNIFICA ‘AMAR’?

La historia de la humanidad se podría definir como una búsqueda incesante del amor, llena de logros muy significativos y también de fracasos profundos. El amor es lo que domina la vida del hombre en la tierra.

Amar no es sentir simple afecto por otra persona. Amar no es sentirse emocionado por otro, desear a otro, buscar a otro. Amar no es un sentimiento, es una entrega, es un acto de voluntad, es una decisión consciente.

Por eso, a veces, en nuestro lenguaje religioso no hemos entendido bien a Dios porque lo poníamos en el plano del sentimiento, en el plano del afecto, en el plano de lo sensible. Si fuese así el amor, no podría ser objeto de un mandamiento. El amor es una virtud, es un logro, es una conquista diaria. Si los cristianos fracasamos, si en nuestra vida familiar nos falta amor, es quizá porque lo hemos cifrado en una realidad conseguida, y no en una meta.

De verdad que el amor, en este mundo, es en cierto modo inalcanzable, siempre está más allá de nuestra frontera, siempre está abierto a una mayor profundidad y a una mayor vivencia. ¿Hay alguien que se sienta satisfecho y que diga: “Yo amo”? Se conforma con un amor pequeño. Lo que había que decir es: “yo quiero amar, estoy dispuesto a avanzar en el camino del amor”. El amor es un camino que parte de nosotros y debe desembocar necesariamente en el otro.

Tenemos miedo a amar, creemos que es malo amar. Estamos todo el día sentenciando y juzgando situaciones de amor. Nosotros, los más impotentes para amar, para perdonar y para dialogar, juzgamos y nos erigimos en árbitros del amor. Nos metemos en profundidades, quizá sin la limpieza necesaria para hablar del amor. Primero amemos. Si amamos no condenaremos, no juzgaremos, comprenderemos todo, no reclamaremos nada.

Creemos que amar es signo de debilidad, cuando amar de verdad es signo de la total fortaleza.

Hacemos leyes para no querer al otro, para no comprender al otro. El amor, sobre todo -como nos dice Cristo en el Evangelio-, se hace fortaleza total y alcanza su plenitud, en el momento en que llegamos a amar, incluso a nuestros enemigos, incluso a los que nos hacen mal, a los que abusan de nosotros, a los que nos pegan en el rostro o en el espíritu, a los que nos dejan sin nada.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Samuel 26, 2 7-9. 12-13. 22-23 Sal 102, 1bc-2. 3-4. 8 y 10. 12-13
san Pablo a los Corintios 15, 45-49 san Lucas 6, 27-38

 

de la Palabra a la Vida

“Una medida generosa, colmada, merecida, rebosante”, esa es la sugerente propuesta que el Señor hace a sus discípulos en el evangelio de hoy para mostrar la sobreabundancia del amor de Dios, el negocio beneficioso en el que participa el que intercambia su pobre esfuerzo por hacer el bien al prójimo con la grandeza e inmensidad del amor de Dios. Porque esa medida generosa es el amor de Dios por los hombres, un amor compasivo, capaz de amar y de perdonar muy por encima de cálculos y poderes humanos. Esta medida tan generosa es, ciertamente, escandalosa, motivo de sorpresa indecente, pues queda fuera del alcance y de la fidelidad que el hombre pueda dar nunca por sí solo. Dios responde al pecado con santidad, responde al rechazo con amor, a la ofensa con complicidad.

La primera lectura quiere, entonces, ofrecernos un ejemplo gráfico, en el Antiguo Testamento, de cómo hace ese amor: es David, que, en su actitud no vengativa sino generosa con Saúl, que le persigue y le hace mal, manifiesta una enorme paciencia y comprensión. Una actitud así es profética: el rey se comporta como profeta, y desvela el inmenso amor con el que un hijo de David hará visible, en lo alto de una cruz, la inmensa caridad y generosidad del amor de Dios. Cristo hace visible el amor que predica, que pide, que da. Ante el misterio de la cruz se comprende bien cómo es posible algo que sólo puntual y condicionadamente nos parece realizable a nosotros, cuando Cristo ama, hace el bien, bendice, perdona.

Así, si Israel ha experimentado en su vida cómo Dios es compasivo y misericordioso, que repite el salmo de hoy, si David ha podido obrar de esa manera, habiendo conocido esa fidelidad de Dios desde que venció al gigante filisteo, el Dios hecho hombre no podía ajusticiarnos, tenía que darnos un amor aún más grande, un amor especial. Un amor con el que Cristo santifica la vida de la Iglesia, de tal manera que permite al que vive en ella, al que recibe ese amor, obrar con una caridad y dulzura tan delicadas como constructivas.

Son así porque, con ese amor, el Espíritu Santo nos predispone a obrar como Él. La celebración de la Iglesia es el signo de la compasión divina al alcance de nuestras manos cada día: en ella, Dios muestra que no se ha conformado con entregar su amor en el misterio pascual, sino que, además, ha guiado al hombre para que se coopere con esa acción, con ese perdón.

Cuando, en nuestra vida, actuamos con ese mismo poder de perdonar de Jesús, no solamente vencemos la tentación de la ira, de la división, sino también la del individualismo, de creer que vamos mejor por libre, y la de la desesperación, de creer que nunca vamos a poder amar y perdonar como Dios. De ahí a la vida el paso es evidente: el creyente, movido por el amor de Dios, perdona con una misma medida generosa.

¿Somos rápidos para perdonar? ¿Cuánto guardamos las ofensas, las verdaderas y las imaginarias? ¿Buscamos la medida generosa, o no tenemos vista para ella? Nada hace tan presente a Cristo en la vida como la capacidad de perdonar, porque nada, nada, debe hacernos caer en el engaño de creer que no es Jesús quien perdona, sino nosotros. Su medida es tan generosa en nosotros que es inconfundible: si tenemos la tentación de hacer así, es que Él ha llegado a nuestro corazón.

Diego Figueroa

al ritmo de las celebraciones

Algunos apuntes de la espiritualidad litúrgica

En realidad, toda la vida del hombre y todo su tiempo deben ser vividos como alabanza y agradecimiento al Creador. Pero la relación del hombre con Dios necesita también momentos de oración explícita, en los que dicha relación se convierte en diálogo intenso, que implica todas las dimensiones de la persona. El “día del Señor”, es, por excelencia, el día de esta relación, en la que el hombre eleva a Dios su canto, haciéndose voz de toda la creación.

Precisamente por esto es también el día del descanso. La interrupción del ritmo a menudo avasallador de las ocupaciones expresa, con el lenguaje plástico de la “novedad” y del “desapego”, el reconocimiento de la dependencia propia y del cosmos respecto a Dios ¡Todo es de Dios! El día del Señor recalca continuamente este principio. El “sábado” ha sido pues interpretado sugestivamente como un elemento típico de aquella especie de “arquitectura sacra”. del tiempo que caracteriza la revelación bíblica. El sábado recuerda que el tiempo y la historia pertenecen a Dios y que el hombre no puede dedicarse a su obra de colaborador del Creador en el mundo sin tomar constantemente conciencia de esta verdad.

(Dies Domini 15, Juan Pablo II)

Para la Semana

Lunes 25:

Eclo 1,1-10. Antes que todo fue creada la sabiduría.

Sal 92. El Señor reina, vestido de majestad.

Mc 9,13-28. Tengo fe, pero dudo, ayúdame.
Martes 26:

Eclo 2,1-13. Prepárate para las pruebas.

Sal 36. Encomienda tu camino al Señor, y Él actuará.

Mc 9,29-36. El Hijo del hombre va a ser entregado. Quien quiera ser el primero, que sea el
último de todos.
Miércoles 27:

Eclo 4,12-22 (gr. 4,11-19): Dios ama a los que aman la sabiduría.

Sal 118: Mucha paz tienen los que aman tus leyes, Señor.

Mc 9,38-40: El que no está contra vosotros está a favor nuestro.
Jueves 28:

Eclo 5,1-10. No tardes en volverte al Señor.

Sal 1. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

Mc 9,40-49. Más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo.
Viernes 1:

Eclo 6,5-17. Un amigo fiel no tiene precio.

Sal 118. Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos.

Mc 10,1-12. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Sábado 2:

Eclo 17,1-13. Dios hizo al hombre a su imagen.

Sal 102. La misericordia del Señor sobre sus fieles dura siempre.

Mc 10,13-16. El que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.