Me conmueve esta escena por lo que expresa: una situación siempre actual. Este personaje que salió al encuentro de Jesús por el camino es la viva imagen del hombre que trata en vano de satisfacer su deseo infinito con aquello que no lo puede saciar.

A lo largo de la conversación con Jesús descubrimos que era muy rico y, además, una persona extraordinaria. Desde niño había cumplido los mandamientos. ¿Entonces? ¡Hombre! Si la vida te sonríe y además personalmente eres extraordinario… ¿A qué viene esta manifestación de tu propia insatisfacción?

La descripción del encuentro; se acercó corriendo, se arrodilló y le preguntó por lo que tenía que hacer para lograr la vida; nos habla de que el hombre es consciente de que su felicidad consiste en algo más que todo eso. Su deseo le lanza a la carrera y le tira a los pies del “maestro bueno”. Por eso es tan conmovedor el gesto de Jesús, que se le quedó mirando con cariño y le dijo: una cosa te falta, “sígueme”.

Esta es la pretensión cristiana: la vida del hombre sólo llega a su plenitud en el seguimiento de Jesús, el Cristo.

De otros personajes del evangelio conocemos su nombre y sabemos más detalles de su vida pues respondieron a la llamada de Jesús y su vida no se quedó allí, en la estacada. A éste de hoy le llamamos, no con un nombre personal, sino con un nombre genérico: “el joven rico”. ¡Qué duro debe ser llegar a los ochenta años y seguir siendo para todos “el joven rico”! Como si te hubiera parado el reloj para siempre en esa hora. Este hombre ha pasado a la historia como aquel que desperdició la oportunidad de seguir a Jesús. Su media vuelta, la tristeza de su caminar pesaroso y el ceño fruncido son la expresión de su propio fracaso.

Lo que nunca se comenta suficientemente en esta página es la otra tristeza: la de Jesús. Él ha venida a traer a los hombres un modo de vida excelente, una novedad que solo es posible alcanzar adhiriéndose a él, que es la verdad y la vida que nos sale al encuentro en el camino. Y Jesús se entristece por la ocasión perdida. Como el padre de la famosa parábola ve partir hacia la nada al que había mirado con tanto amor. Había preferido sus baratijas y se había quedado sin el verdadero tesoro.

Hoy la “excelencia” es una categoría de moda. Las instituciones educativas presumen de ofrecer una formación para la excelencia. Pero nosotros sabemos que la verdadera excelencia es la vida de Cristo, una propuesta plenamente humana, la realización más perfecta del deseo del hombre. Por eso, ¡qué poco libre es aquel que no puede elegir a Jesús! ¡Qué poco dueño de sus cosas aquel que no puede desprenderse de ellas! ¡Qué poco señor de sí mismo el que no puede entregarse por amor a otro!

Así se entiende la advertencia de Jesús sobre el peligro de la riqueza. No se trata de una amenaza respecto de lo que podrá suceder en el futuro; se trata de una constatación de lo que sucede de hecho en el presente. Cuando uno no puede confiar en alguien que le ama, entonces se aferra a las cosas que atesora y le proporcionan una seguridad engañosa. Pero poner nuestra confianza en el dinero es un acto de fe más irracional que poner la confianza en Dios. Cuando estás hecho para volar, ¡de qué te sirve que sea de oro la jaula en la que tú mismo te encierras?

Si yo fuera aquel que se alejaba triste, escucharía la invitación que nos hace hoy la primera lectura: “Retorna al Altísimo, aléjate de la injusticia”. Pero ¿cómo digo “si yo fuera aquel”? Sé muy bien que ese hombre soy yo. Así que me daré la vuelta y volveré al Señor, le diré “Tú, eres mi refugio: me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación”.