San Pablo expone a los corintios que “Dios, […] nos capacitó para ser ministros de una alianza nueva: no de la letra, sino del Espíritu; pues la letra mata, mientras que el Espíritu da vida”.

Con “la letra” hace referencia a la ley, justo el mismo tema tratado hoy por Cristo en el Evangelio. Ya sabemos que san Pablo aborda en numerosas ocasiones esta cuestión, puesto que muchos de los primeros cristianos provenían del judaísmo y tenían ciertas dificultades para pasar definitivamente página de las costumbres anteriores. Es como empecinarse en tener fijo en la era del móvil.

El problema no era tanto la Ley en sí misma, que por ser revelada por Yahveh y entregada a Moisés, adquiere una trascendencia única. La dificultad es que la historia del pueblo judío se teje con el entramado de interpretaciones y escuelas que surgen en torno a la aplicación de esa ley, su explicación. Y acabó por transformar en muchas ocasiones algo divino en preceptos humanos.

Lo denuncia muchas veces Cristo: una ley vacía de lo esencial, el amor. La caída en el legalismo ahoga la libertad humana porque absorbe el amor que lleva dentro. Lamentablemente ha sucedido y sucederá también en la historia de la Iglesia. Forma parte de nuestra debilidad humana. Nos encantan las normas para no salirnos de la raya o evitar que nos piten “¡fuera de juego!”; también porque está más a mano “controlar” mi cuenta personal, cumpliendo la ley mínima para sacar un 5 y poder asegurar mi entrada en la champions del cielo —sin la reventa del purgatorio—. Además se añade un morbo propio de los omnipresentes reality televisivos: hacer de jueces de los demás. ¡Vaya millonada que mueven ese tipo de programas! Es un consumo de Tv que nos está verdaderamente consumiendo.

El Señor no anula la Ley revelada por Él mismo a Moisés (Dios no puede contradecirse): trae en realidad la llave que permite abrir la ley a un sentido pleno que antes quedaba oculto. La novedad de esa llave no está en el texto, sino en la persona que la dicta. Este es el giro copernicano: la ley nueva es una persona, Cristo mismo.

Y por eso Cristo alude a que viene a dar plenitud a la ley: porque Él es el legislador, quien nos explica la ley nueva del amor. Así está estructurada la tercera parte del Catecismo de la Iglesia Católica, que expone los Mandamientos: no expone directamente los diez mandamientos. Primero explica quién es el legislador y cómo legisla: la vida en Cristo y la vida en el Espíritu Santo. Es una ley nada legal, nada legalista. Es una ley sobre todo personal, de personas divinas que viven en nuestro interior humano para transformar nuestros deseos, nuestras tendencias, nuestro conocimiento y guiarlo a la plenitud divina.

La “plenitud” a la que se refiere Cristo hoy en el evangelio es esa: Él hace morada en nosotros, vive en nosotros por la fuerza del Espíritu Santo. Y desde dentro, nos guía y nos transforma.