La humildad es una virtud exclusiva del cristianismo. No se encuentra en otras religiones. Tampoco en el antiguo testamento, tal y como la vive y explica Jesucristo, quien es el modelo de humildad: hasta que no llega Él, no se pueden leer en profundidad pasajes como la primera lectura de hoy, del Eclesiástico.

El mal ego nos viene de fábrica y es la causa de la mayoría de nuestras desgracias y sufrimientos. Nos impide mirar a Dios con transparencia: es como si tuviéramos cataratas. Igual pasa en la relación con los demás y con uno mismo. Por esta razón, la propuesta de Cristo y su vida entera es una llamada a vivir del buen ego, de amor sano a uno mismo, donde la luz del amor de Dios y a los demás tienden a llenarlo todo.

Agostar el mal ego requiere un trabajo permanente y arduo. En esencia, la tarea de la humildad es poner nuestra vida constantemente a los ojos de Dios: “los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios”, como dice el salmo. Y busca que ante dicha presencia, corrijamos los desmanes del mal ego. Es decir: que la humildad implica esquivar los ataques del mal ego elevando nuestra mirada a fines más altos, más perfectos. Nuestras acciones buscan un gozo: servir al Señor es lo que más gozo genera; los gozos del mal ego son tremendamente efímeros.

En las lecturas de hoy aparecen varias propuestas que son interesantísimas respecto a la humildad. Propongo algunos ejemplos prácticos por si nos pueden ayudar.

  • “Hijo, actúa con humildad en tus quehaceres, y te querrán más que al hombre generoso”. Varios ejemplos: se trata de no buscar constantemente que reconozcan nuestros méritos. Otro: hacer bien el trabajo que uno tiene que hacer aunque el compañero sea un chapuzas o un vago redomao (esto vale muchísimo para las tareas domésticas).
  • “Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor.” Ejemplos prácticos: poner de fachada sin justificación el cargo de responsabilidad que uno tiene, o con quién se codea. Otro: evitar poner encima de la mesa sin que vengan a cuento los doctorados, masters, idiomas que uno sabe. Otro: juzgar mal a los demás comparándolos con las virtudes o cualidades mejores que uno tiene. Otro: dejarse llevar de la imaginación de ocupar puestos superiores. Otro: desear ascender para no tener que hacer trabajos que uno considera inferiores.
  • “Preparaste, oh Dios, casa para los pobres”. La pobreza evangélica radica en la realidad del pecado que nos hace vulnerables. La humildad nos lleva a sabernos siempre pobres ante el Señor, evitando juzgar si somos dignos o no, que suele ser la tentación frecuente del mal ego. Por ejemplo: pensar que nuestros pecados no merecen que yo me acerque a Dios. Otro: juzgando mi salud espiritual por la cualidad que veo que tiene mi oración (hoy estoy genial porque ha sido una oración súper afectuosa; hoy estoy peor porque ha sido como estar en los Monegros).
  • La segunda lectura alude a una tentación especial: buscar en la relación con Dios espectáculos de imagen y sonido: montes tangibles (cosas que puedo tocar), fuegos encendidos como el volcán Krakatoa, densos nubarrones o tormentas como la gota fría que ha azotado esta semana pasada media España; sonido de trompetas… Todos estos fenómenos eran considerandos en la antigüedad como lugares de manifestación divina. La tentación es buscar a Dios allí y no donde Él mismo ha querido revelarse: el monte Sión, donde ha muerto y ha resucitado. En el fondo es ver a Dios donde no está y no verle donde sí está. Otra vez el mal ego en acción.
  • “Ellos lo estaban espiando”. ¿Espiar a Dios? Jugar a pillarle en un renuncio. ¡Eso sí que es mal ego campando a sus anchas! A veces será dudando de su amor; o de su presencia; o de su omnipotencia. Suele pasar sobre todo en los momentos de turbación. ¡La gran tentación de juzgar a Dios, eso sí que es soberbia redomada!
  • ”Amice, ascende superius!” (“Amigo, sube más arriba”). En el lenguaje clerical esta expresión —positiva en el relato de Cristo—, se torna en sentido peyorativo para aludir a los trepas, a quien busca hacer carrera eclesiástica a costa de la Iglesia. Los tres papas que yo he conocido han cargado las tintas con este tema. Mal debe estar la cosa… Pero llevando el evangelio a diversos ámbitos: enfurecerse cuando ningunean nuestras capacidades o no las han considerado; o por no ocupar el puesto que uno cree; contrariarse si otra persona hace el trabajo que un ha hecho habitualmente (salvo que se trate de una injusticia manifiesta, claro); juzgar mal a otras personas por ocupar un puesto superior; tener envidia de otras personas que tienen algunas cualidades mejores que nosotros.

Como se puede ver en este pequeño bosquejo tomado de las lecturas de hoy, la humildad da muchísimo que hablar y sobre todo mucho en lo que luchar. ¡Ánimo!

En el Magníficat contemplamos como pórtico de entrada en la grandeza divina la humildad humana de María: “«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava»”.