“Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos”.

Al hilo de estas preciosas afirmaciones de san Pablo, aprovecho para exponer algunas verdades de fe que están detrás de las costumbres funerarias cristianas, y de paso aportar un poco de luz sobre algunas costumbres paganas que se han introducido en la mentalidad de tantos católicos. Estos días, tan cercanos a la fiesta de todos los santos y la conmemoración de los fieles difuntos, son los más apropiados.

San Pablo afirma que somos propiedad suya: “somos del Señor”. Y por esta razón, los enterramientos deben manifestar esta fe que profesamos. Cuando un cristiano muere, la Iglesia le acompaña con la oración, y acompaña también a la familia.

1) La pertenencia a Cristo se realiza a través del sacramento del bautismo, y se simboliza especialmente en el rito de la crismación: somos ungidos en la cabeza con el óleo del Espíritu Santo. Este rito es una consagración de nuestro cuerpo y alma al Señor. Por esta razón, el cuerpo del cristiano es el primer camposanto, que al final de los tiempos será restaurado, resucitado por el poder de Cristo. Y por esta razón, el cristiano en realidad no “muere”: se “duerme en el Señor” esperando su gloriosa venida y la resurrección de la carne. De ahí que los cristianos primitivos cambiaran el nombre de “necrópolis” (“ciudad de los muertos”) por el término griego de “cementerio”, que significa “dormitorio”.

2) En segundo lugar, mediante la crismación, el Espíritu imprime en nosotros el rostro de Jesús. De este modo, el Padre ve siempre en nosotros el rostro de su Hijo amado. No sólo somos injertados: somos asemejados a Jesucristo. Este es el don de la filiación divina, que nos hace hijos adoptivos de Dios, y nos permite relacionarnos con Él con la confianza de poder llamarle “Padre”, o mejor aún: “Papá”, Abbà. De este modo se genera la Iglesia como la gran familia de los hijos de Dios. La muerte no nos deja solos: vivimos en comunión con Cristo y con la Iglesia, y morimos con Cristo y con la Iglesia. De ahí la costumbre de realizar los enterramientos dentro de la misma iglesia o alrededor de la iglesia parroquial. Y a esto se le llamó “camposanto”. Así se manifestaba que estamos unidos a Jesús y a la Iglesia tanto en vida como en muerte. Por motivos de salubridad, los cementerios se sacaron fuera de los pueblos y, aunque siguen estando consagrados a Cristo, este simbolismo se perdió. Sería maravilloso recuperarlo.

3) Por último, este “ser propiedad de Cristo” da sentido a que un cristiano se entierre en un camposanto, un lugar bendecido por la Iglesia, y no en cualquier parte. En el caso de la cremación, la dignidad del cuerpo crismado por el Espíritu Santo nos permite entender mejor que los restos mortales del difunto no se pueden esparcir por el mar, o la montaña, o el jardín. Tampoco se colocan en la chimenea de la casa, que no es un camposanto. Tampoco se transforman en un diamante o en yo que sé qué objeto. Tampoco se reparte un poco en una casa, otro poco en otra, y en otra… Todas estas costumbres paganizan nuestro corazón y olvidamos nuestra identidad más bella, tanto en vida como en muerte.

Somos del Señor. Somos de la Iglesia, que es nuestra madre. Y se manifiesta tanto en vida, como en muerte. Vivo en la Iglesia. Y espero morir rodeado y acompañado por ella, y descansar en ella cuando muera, en camposanto, esperando el retorno glorioso de Cristo al final de los tiempos. Entonces me despertaré, junto con tantísimos hermanos que tengo a mi lado, y entraremos juntos para siempre en el Cielo, mi hogar definitivo, la casa de mi Padre celestial.