En este segundo domingo profundizamos en el significado del acontecimiento, de la mano de un evangelio que pertenece a la liturgia de la Navidad desde tiempos remotos, y en el que encontramos las palabras fundamentales para enunciar este misterio: et Verbum caro factum est, et habitavit in nobis (Jn 1,14). Una expresión que dice mucho más de lo que parece a primera vista. Porque en la navidad no estamos celebrando solo el nacimiento de un niño cualquiera, en ese caso igual que nos podemos alegrar con su nacimiento y su lozanía también tendríamos entristecernos con su decrepitud y su muerte. Pero no es ese el caso, porque este niño es Dios. Verdadero hombre y verdadero Dios. Dios – y – hombre verdadero. Con el credo Niceno lo confesamos como Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero…

Y en este contexto, Verbum, que traduce el termino griego Logos, es mucho más que Palabra, es la Razón que sostiene todo, principio y fundamento, es el sentido con mayúsculas: el Sentido. ¿Y quién no tiene necesidad de encontrar el sentido de su vida, el sentido de lo que hace y vive? El Sentido se ha hecho hombre y vive entre nosotros. Podemos conocerlo personalmente, es una presencia que nos interpela, que nos llama, que nos conoce a cada uno de nosotros en nuestra singularidad absoluta. ¿No es esto algo increíblemente bello? En una canción muy popular decimos: “Decidles a todos que vengan a la fuente de la vida. Hay una historia escondida dentro de este corazón. Decidles que hay esperanza, que todo tiene un sentido. Que Jesucristo está vivo, decidles que existe Dios”. En un canto que deja paz en el alma porque llena de esperanza al que lo escucha: “que todo tiene un sentido”. Que consuelo saber que detrás de todo el aparente caos de nuestra historia, hay un sentido. Y el sentido es Dios, que es poderoso y misericordioso. El eterno sentido ha entrado en la historia para tener espacio y tiempo para mí. ¿Será posible que nosotros no tengamos tiempos ni espacios para él?

Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Esto es lo dramático del asunto. Hoy diríamos: vino a los suyos y los suyos ni se enteraron, tenían demasiadas cosas que hacer y no le hicieron caso, estaban tan ocupados comprando cosas, preparando fiestas, buscando vestidos y eligiendo lugares para comer y el menú mejor… que ni se enteraron de que estaba ahí con ellos y para ellos. Es triste pensar que el mundo rechace a su Mesías, pero mucho más triste es que nosotros, “los suyos”, que en teoría no lo rechazamos, en la práctica le tratemos con tanta frialdad e indiferencia. El engaño de nuestra autosuficiencia, o lo que es peor, nuestra soberbia, cierra las puertas a Dios, y de paso también a nuestros hermanos los hombres, que vienen tras él. “Somos muy nuestros”, en todos los sentidos de la expresión, no solo quiero decir que seamos muy peculiares, sino también, tristemente, creemos que somos nuestros únicos dueños. La verdad es que, más que “suyo”, muchas veces mi vida expresa que me siento “mío”, que me pertenezco solo a mí mismo. Así, con este orgullo de mi parte, Dios poco podía hacer. “Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 1, 51s.). Herodes, poderoso, demasiado ocupado en sus cosas como para ir a Belén, será vencido y humillado; los pastores, pobres y humildes, que fueron corriendo a prisa a Belén, serán los que reciban el regalo del cielo: “Que lo vean los humildes y se alegren, que vivan los que buscan a Dios” (Sal 69, 33).

Y hemos visto su gloria. Ver para creer, o mejor, creer para ver. Porque creemos, tenemos la luz y la vida que él nos regala. “A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. Si conocemos a Dios es porque conocemos a Jesús. Como él mismo dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,25-27).

Hijo de Dios, Jesusito de mi vida, te pido que me hagas sencillo otra vez, haz que vuelva a ser niño como tú, para poder entrar en tu Reino. Revélanos al Padre para que vivamos como hijos suyos y como hermanos unos de otros. Que venga a nosotros tu Reino, tu Luz, Señor. Danos tu gracia y tu verdad. Santificado sea tu nombre, que es AMOR.