Comprendo la sorpresa de los que fueron llamados a trabajar a última hora del día. Después de todo el día de brazos cruzados sin que nadie contase con ellos, después de ver cómo otros eran preferidos, probablemente porque daban la impresión a simple vista de estar mejor dotados y preparados para el trabajo; cuando ya no tenía sentido darles la oportunidad, entonces el dueño de la viña les llamó: “Id también vosotros a trabajar a la viña”.

En tiempos “de vacas gordas”, de bonanza económica, no se entiende tan bien está parábola como podemos entenderla ahora en plena crisis económica como consecuencia del covid´19, cuando tantas personas están perdiendo sus trabajos y con ellos, la posibilidad de llevar un jornal a su casa. No es cuestión además solamente de economía de subsistencia, de renta básica, sino también de autoestima personal, de sensación de fracaso o de estigma por estar “parado”. Hoy, más que nunca podemos entender la grandeza de corazón, la magnanimidad de este “empresario” que pone por encima de su beneficio, y por tanto de la rentabilidad de su actividad, la necesidad imperiosa de aquellos jornaleros que habían sido descartados. Es un patrón que se preocupa profundamente del drama de los sin trabajo: “¿Cómo estáis aquí el día entero sin trabajar?”. He querido usar la palabra “empresario” porque algunos creadores de opinión demonizan demagógicamente este término en beneficio de su sinónimo “emprendedor” que goza de toda la popularidad del pensamiento dominante. La parábola del Señor ensalza la figura de este propietario que sabe usar de lo suyo para el beneficio de los demás.

Pero si ya era una alegría increíble que contaran con ellos a pesar de que sólo iban a trabajar una hora, la alegría llegó a ser desbordante cuando vieron que les pagaban el jornal completo. Eso sí que es generosidad. Es evidente que esta parábola en realidad es una alegoría, en la que la viña se refiere al pueblo escogido por Dios, el pueblo de su alianza, los primeros trabajadores, los que han cargado con el peso del día y el bochorno, es el pueblo de Israel y, los de la última hora son las naciones paganas, a quien también Dios quiere hacer “pueblo suyo”, beneficiarios de su alianza nueva, la que sella con la sangre de su Hijo. Es decir, para Dios nadie sobra en esta historia, la salvación es un don gratuito y absolutamente desproporcionado frente a nuestros pobres méritos humanos.

“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no tengo liberta para hacer lo que quera en mis asuntos? ¿o vas a tener tú envidia porque yo sea bueno?”. Esta es la respuesta tajante del dueño de la viña a los que se quejaban a él porque consideraban injusto que todos recibieran el mismo jornal. Quizá si no se hubieran puesto a negociar un “precio cerrado” al inicio de la jornada, se habrían encontrado con un incremento al final del día. Pero eso es lo que pasa cuando nos empeñamos en “negociar” con Dios, que perdemos. Porque él es infinitamente generoso y su bondad no está “limitada” por nuestros méritos, sino que da con largueza, sin calcular. De hecho, siempre “penaliza” al que se compara con los otros o se considera más digno de consideración que los demás. Eso entristece el corazón de Jesús que nos da su amor sin medida y espera que nosotros aprendamos a amar así también a los demás.

¿Es que no estamos pagados ya por el simple hecho de que Dios nos elija para trabajar en su viña? ¿Qué más podemos pedir que ser colaboradores de este Dios que quiso ponernos al hombre al cuidado del jardín de la creación y de la historia para que juntos lo lleváramos a su plenitud? ¿No es una locura de amor el simple hecho de que Dios nos confíe la obra de sus manos? Qué bien lo entendió esto san Pablo cuando exclamaba: “Porque si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, pues es un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara! Si lo hiciera por propia iniciativa, tendría recompensa; pero si lo hago por mandato, cumplo una misión encomendada. ¿Cuál es entonces mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, sin hacer valer mis derechos por el Evangelio. (1 Cor 9, 16-19). Su recompensa, su pago es anunciar y dar gratis lo que él había recibido gratis.

Necesitamos redescubrir esta “gratuidad” del amor y de la salvación de Dios para experimentar la alegría desbordante en el corazón y para salir a buscar a todos los caminos a todos los que se han sentido descartados y anunciarles que también ellos están llamados a ponerse “manos a la obra”. Dios no hace acepción de personas, no hay derechos adquiridos con él, ni privilegios que puedan dejar a nadie fuera de su corazón. Merece la pena dedicarse por entero a esta misión. Como dice un canto litúrgico: “que a jornal de gloria no hay trabajo grande”.