«Fiat lux!», ¡que se haga la luz! Y el universo comenzó su andadura. Para un freak de la ciencia ficción como yo, la relación entre el Génesis y los apasionantes descubrimientos de la ciencia nunca han estado opuestos. Son versiones diferentes de un mismo tema: el de hallar las respuestas a la inextinguible curiosidad del hombre por ir más allá, como el intrépido James T. Kirk.

Los conocimientos que vamos adquiriendo del macrocosmos (las galaxias) y del microcosmos (el coronavirus que nos trae de cabeza, por ejemplo) permiten también hacer “viajes en el tiempo” para ver cuál es su origen en el pasado y prever hacia dónde nos encamina el futuro.

El relato del Génesis se cepilla todo en siete días, cosa que se antoja imposible para la formación de una estrella. La ciencia nos permite conocer cada vez mejor el mundo creado, desarrollando una gran capacidad para estructurar la sociedad y el bienestar de las personas y la creación. En cambio, la ciencia —que nos permite ser “conocedores”—, no nos conduce necesariamente a ser sabios, en el sentido bíblico del término. Lástima que la ciencia se venda tanto como el único modo de interpretar la realidad; una visión tan reducida afecta a la misma ciencia y empobrece mucho al hombre en sus dimensiones más trascendentes. Además, estamos en pañales: pienso que dentro de dos siglos mirarán nuestros increíbles avances científicos (para muchos los únicos dioses en la cultura actual) como nosotros miramos la cirugía que hacían los babilonios.

El Génesis revela el origen del cosmos en Dios: el acto creador no es una descripción histórica de un proceso, narrada apoteósicamente con increíbles golpes de efecto propios de una serie de Discovery Max, sino la revelación de un designio divino que abarca a la humanidad entera, a la que el Señor, Creador omnipotente, va a regalar un sinfín de criaturas, como el gran decorador del escenario de la ópera definitiva.

¡Todo son dones!: la luz, el agua, la tierra, la flora y fauna, los astros. Hasta aquí el día cuarto; mañana nos acercaremos a la sección de complementos.

La gran revelación genesíaca pone rostro a nuestro origen y, lo más importante, le pone corazón. Benedicto XVI escribió la gran encíclica “Deus caritas est” para que no se nos olvide nunca el gran big-bang de la vida humana, aquello que no se descubre fuera, sino dentro de la conciencia, en la intimidad del alma: hemos sido creados, amados, esperados. Y todo lo que nos rodea nos habla de ese interés divino.

¿Estaremos solos en el universo? ¡No estamos solos! ¡La creación entera nos acompaña! Otra cosa es que existan los Klingon o E.T.