“Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”. Jesús, hoy y cada día, no deja de mirarnos a cada uno con verdadera compasión, con ternura y misericordia eternas (cf. Sal 24). Se hace cargo de nuestras debilidades y sale a nuestro encuentro para sostenernos en nuestras dificultades y luchas personales. Por ello no tenemos motivos para dejarnos llevar por el desánimo o el pesimismo. ¡Cuánta paciencia tiene Dios con cada uno! Nos perdona una y otra vez porque se hace cargo de nuestra fragilidad, se compadece de ellas, porque nos ve extenuados y abandonados, como ovejas que no tienen pastor. No se cansa de ayudarnos a pesar de nuestras infidelidades, insiste amorosamente en sus llamadas…

En cambio, el enemigo, el demonio, quiere que nos paralice el desánimo. Lo único que necesita el mal para triunfar en el mundo es que los buenos no hagan nada, que no hablen. Pero Jesús ha vencido por nosotros en esta pelea y vuelve a “echar al demonio mudo”. Pablo VI nos recordaba en una Audiencia que el demonio es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos también que este ser oscuro y perturbador existe de verdad y que con alevosa astucia actúa todavía. Debemos recordar la parábola de la buena semilla y de la cizaña, y la explicación a la siembra de la cizaña: “el enemigo hizo esto” (Mt 13, 28) (Audiencia General, 15 de noviembre de 1972). San Juan Pablo II en una Homilía en la Isla de Madeira en mayo de 1985, nos ponía en guardia frente a las tácticas del enemigo: “La táctica que Satanás ha aplicado, y que continúa aplicando, consiste en no revelarse, para que el mal que ha difundido desde los orígenes se desarrolle por la acción del hombre mismo, por los sistemas y las relaciones entre los hombres, entre las clases y entre las naciones, para que el mal se transforme cada vez más en un pecado ‘estructural’ y se pueda identificar cada vez menos como un pecado personal”. Satanás actúa, pero actúa sobre todo en la sombra, para pasar desapercibido, actúa a través de los hombres y también a través de las instituciones.

En el Evangelio de hoy, Jesús nos invita a pedir al dueño de la mies que nos envíe operarios, pastores, que nos apacienten con sabiduría y paciencia porque el trabajo es mucho y los operarios pocos. Quiere contar el Señor con nosotros para vencer al mal, para ayudar a luchar a nuestros hermanos, para llenarles de esperanza recordando las enseñanzas de Cristo. Aunque no sean tiempos fáciles. “Cuanto mayor es la persecución, mayor puede ser el testimonio. Esta es la suerte de haber nacido en estos tiempos difíciles” (Fabrice Hadjadj, “La suerte de haber nacido en nuestro tiempo”). Y nos convertimos en testigos cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, se transparenta el rostro de Cristo, su vida y su gracia en nosotros. “El testimonio es el medio como la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente esta novedad radical. En el testimonio Dios, por así decir, se expone al riesgo de la libertad del hombre. Jesús mismo es el testigo fiel y veraz (cf. Ap 1,5; 3,14); vino para dar testimonio de la verdad (cf. Jn 18,37)” (Benedicto XVI, Exhortación Apostólica “Sacramentum caritatis” 85).

Que la Madre de Jesús, y Madre nuestra, nos alcance la gracia de sabernos constante cuidados y sanados por su Hijo para afrontar esta vida con una segura esperanza.